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Amir Hamed
ISSN 1688-1672

 



KOLLONTAI, ALEXANDRA - FETICHE - TEORÍA DEL VASO DE AGUA - PENE ANAL - ESTILO - TRABAJO/CAPITAL -

Trabajo, fetiche, capital (I)*

Roberto Echavarren
Si bien el fetiche puede ser descrito con palabras, y además, como el ejemplo traído por Freud, vacila en las redes de una traducción, creo que vale antes que nada como imagen, como imagen muda y tangible, o como sonido, en el caso de que se trate del grano de cierta voz

Trabajo

Cierta teoría corrió en los medios revolucionarios en Rusia alrededor de 1917. Se refería al sexo, y era la teoría del "vaso de agua". Propiciaba la libertad sexual en tanto afirmaba que tener sexo es como tomar un vaso de agua. Deberíamos saciar el apetito sexual del mismo modo simple y directo, acostándonos con quien queramos y con la mayor facilidad.

El que tiene sed bebe agua, el que tiene un deseo se calma con una relación sexual. No sé quién formuló esta teoría, o más bien, cocinó esta metáfora, y cómo se puso en circulación. Los artículos y escritos que conozco se deben a autores que más bien tratan de contrarrestarla.

Uno de ellos es Alejandra Kollontai, quien fue una colaboradora de Lenin del primer momento, y uno de los pocos antiguos bolcheviques que sobrevivieron a Stalin.

Un artículo de la Kollontai, "Eros con alas",
(1) objeta, en contra de la teoría del vaso de agua, que cuando uno se acuesta con alguien tiene que haber algo más que la mera operación fisiológica, que ese Eros debe tener "alas", es decir un aura, un interés más amplio, algo relacionado con los sentimientos, con cierto trabajo compartido y un cambio de conciencia política. Pero ella sí estaba de acuerdo con el sexo libre, porque pensaba que con la Revolución Bolchevique iba a desaparecer la familia, ya que las mujeres se integrarían a las tareas de producción junto con los hombres, y los niños iban a ser cuidados en las creches, unas guarderías infantiles que el Estado iba a instalar por todas partes.

De manera que la familia ya no sería una institución necesaria o justificable. Para Kollontai las relaciones eróticas son inestables, si no fugaces: tiende a configurarse un triángulo, una pareja abierta o con alguna línea de fuga, la posibilidad de situaciones triangulares dentro de un dinamismo de pasajes.

Siguiendo planteos del autor decimonónico Alejandro Herzen en su novela ¿Quién tiene la culpa?, Kollontai admite que es legítimo mantener relaciones al menos con dos personas al mismo tiempo si, por motivos distintos, vienen a colmar aspectos de la personalidad. Kollontai expone la libertad erótica, se mueve dentro de ese marco, aunque subordina el impulso a los requisitos de un contexto, piensa que las "alas" de Eros lo visten con el talante de una cultura y de una ética revolucionarias.

Pero su adversario en este campo era Lenin, quien no sólo se oponía a la Kollontai, sino sobre todo a la teoría del vaso de agua. Según él no era adecuado - en ese momento en que se abolían grupos y clases sociales y se reorganizaban las relaciones económicas y la producción - dar importancia a las cuestiones eróticas, o debatirlas.

Si los jóvenes se obsesionaban con el sexo, argumentaba, iban a perder fuerza para las tareas productivas y el desarrollo del nuevo estado de los Soviets. Era un tema que sobraba, del cual no había que hablar. Lenin creía en ciertos valores tradicionales acerca de la unión conyugal. Estuvo unido durante décadas y hasta el fin de su vida con la Krupskaia. Mantuvo, al costado de este arreglo, otras relaciones amorosas, algunas de cierta duración, como su vínculo con Inessa Armand.

Pero tal comportamiento se afiliaría a una tolerancia decimonónica hacia el adulterio, como válvula para mantener una unión estable. No compartía la actitud más osada y abierta de Alejandra Kollontai, y mucho menos la metáfora del vaso de agua. En su entrevista con la comunista alemana Clara Zetkin expresó enfáico rechazo a la estrategia por parte del Partido Comunista alemán de aceptar que las prostitutas se asociaran, dentro del Partido, en una organización autónoma, como un gremio del trabajo, de acuerdo a su actividad, y tuvieran un periódico propio. Exigió de parte de Zetkin un compromiso para disolver ese grupo.
(2)

Con esto quiero indicar que lo que se va consolidando dentro de la ideología bolchevique de los primeros años revolucionarios es la noción de que el sexo es una distracción banal en vista del imperativo de crear la andadura económica y política (en un sentido estricto) de una sociedad nueva. La planificación debe ocuparse de organizar las actividades productivas que lleven a satisfacer necesidades.

Hay que desarrollar la capacidad de la gran industria, asegurar la alimentación y la manufactura de bienes que sirvan a la producción, como tractores, además de bienes de consumo, relegados, éstos, al último escalón de prioridades, y siempre escasos, si no ausentes. Se ha desmantelado el proceso y se ha perdido el conocimiento de cómo hacerlos al ser desplazados o quedar sin trabajo los operarios entrenados en esas tareas. No sólo hay un rechazo del lujo.

Se retacea aún aquello que es la propia necesidad, la necesidad de cada hombre en particular y en concreto, más allá de las necesidades macroeconómicas de la infraestructura (la industria pesada, la electrificación, los armamentos) o de las necesidades macropolíticas de la superestructura (educación y propaganda).

Se trata, al menos en principio, de alimentar a la gente, vestirla, darle casas. Pero si un deseo triunfa en la Revolución Bolchevique, es negado en aras de la necesidad.

De todos modos, en los primeros años de la Revolución la política erótica fue relativamente abierta, el divorcio fácil. Pero Stalin se encargó de fortalecer las leyes matrimoniales y penalizar las relaciones entre hombres. "En marzo de 1934 hizo su aparición la ley que.calificaba las relaciones sexuales entre hombres como 'crímenes sociales' que debían ser castigados, en los casos más benignos, con tres a cinco años de prisión... La homosexualidad estaba colocada en el mismo plano que otros delitos como el sabotaje o el espionaje."
(3).

Cuando Stalin proclama la metáfora de que el escritor es un ingeniero de almas, esas almas soviéticas son admisiblemente poco eróticas. Según el realismo socialista, al que Stalin mismo da nombre en 1932 durante un banquete en casa de Gorki que celebra la creación de la Sociedad de Escritores Soviéticos como única organización permitida, derogando las formaciones anteriores, la literatura debe ocuparse de la denuncia de la explotación capitalista y de la loa de las nuevas realidades económicas soviéticas.

El erotismo es un ingrediente peligroso que debe ser dosificado y encuadrado en fórmulas canónicas y puesto al servicio, como apoyatura, de las supuestas realidades de la producción, la lucha de clases, o los espías contra el Estado Soviético, acerca de lo cual hay que testimoniar.

En 1936 Stalin ataca en un artículo de Pravda la música de Shostakovich. Este piensa que lo van a arrestar y eliminar, pero no es detenido. Se suprime en cambio su segunda ópera, que estaba teniendo gran éxito de público en ese momento, tanto en Leningrado como en Moscú, Lady Macbeth del Distrito de Mtsenk, basada en un cuento del siglo XIX, de Nikolai Leskov, que lleva el mismo título, y que trata de un hecho real. A Stalin no le pareció edificante poner en primer plano de la acción y de la música una pasión erótica desbocada que recurre a los medios más cruentos, como un triple asesinato, y exhibe falta de escrúpulos y de arrepentimiento por parte de la heroína. Le pareció que tenía una influencia corruptora. La ópera, en vida de Stalin, jamás volvió a ponerse en escena. Una adaptación tardía, con cambio de nombre, fue revivida en los sesentas.

El moralismo oficial de Stalin no tiene nada que ver con su vida privada disoluta. O la de otros dirigentes comunistas, como Laurenti Beria. Pero esas costumbres eran secretas. Lo que predicaban los periódicos y se exigía al arte y se exigía hasta cierto punto en la vida privada a los ciudadanos era un deseo sometido a las necesidades de planificación, organización y producción.

El marxismo, o las sociedades autodenominadas marxistas, han vivido negando el deseo como un desorden al cual se restringe la expresión, y sólo admitiendo en las relaciones humanas el imperio de la necesidad, o las responsabilidades y los deberes de un amor solidario, predicado por la propaganda en un contexto de control policial y de denuncia. Las cuestiones eróticas per se exigen censura y vigilancia, una proscripción equivalente a la de los artículos suntuarios, como si esos puntos de brillo y atracción no fueran otra cosa sino excedentes, un exceso innecesario.

El hombre nuevo no participa en lo que se considera perversiones decadentes, si no ya del aristócrata, de la clase dominante de una sociedad de capital privado. La literatura es entendida al servicio de ese punto de vista, un testimonio planificado de las necesidades y su satisfacción posible en el nuevo orden socialista. Pero aún la necesidad individual, si bien no es negada, resulta circunscrita tanto en la esfera aceptada de su validez como en las posibilidades efectivas de su satisfacción.

Esta negación o proscripción del deseo en el pensamiento marxista, tanto de Marx que se ocupaba de las cuestiones de producción y del rol del capital en el sistema, como de las sociedades marxistas leninistas, corresponde con la falta de aprecio en esas mismas sociedades de lo que podríamos llamar estilo, tanto en la apariencia, diseño y textura de los objetos, como en el aspecto de las personas, como en las inflexiones de su actuar. Si el descanso y el recreo pueden ser considerados utilitarios, ya que resultan aspectos insoslayables del proceso de producir, el estilo escapa al importe utilitario. Pero estilo no significa mero adorno, y menos aún adorno convencional.

Dentro de los austeros lineamientos arquitectónicos del movimiento ruso que se llamó constructivismo, y que se desarrolló por lo menos en el papel, en proyectos, durante el período pre-staliniano, El Lissitzky considera que la tarea de los arquitectos consiste en vincular racionalmente los nuevos materiales y técnicas de construcción con una superestructura ideológica que tome en cuenta las necesidades de vivienda y trabajo en una sociedad guiada por principios comunitarios. Esta es una tarea "objetiva", "emprendida con la muda esperanza de que el producto final sea contemplado eventualmente como una obra de arte"(4).

En los veintes en la Unión Soviética se admite una arquitectura de vanguardias, más como pensamiento que como ejecución (por ejemplo, los proyectos y maquetas de Tatlin), vinculada al Bauhaus, una arquitectura funcionalista pero inventiva, que busca interactuar entre interior y exterior, entre materiales de construcción y uso del edificio. Hay luz para que la gente vea, falta de adornos, falta de complicación. Una gracia simple en las líneas está dictada por la estructura y los materiales empleados, así como por la función del local. Fueron pensados en esos momentos la relación entre la ciudad y el campo, los problemas de diseño de ciudades enteras, con su distribución de zonas verdes, así como de reas reservadas a la industria o a la residencia, ejes viales y ferroviarios.

Tal el caso de Magnitogorsk, que N.A. Miliutin discute en un artículo de 1930, considerando los pros y contras de los diferentes proyectos presentados para la construcción de la ciudad, incluido el propio.
(5) Otra preocupación fue cómo figurar las viviendas comunales, a diferencia de las unidades para una familia individual, teniendo en cuenta la emancipación de las mujeres y su integración al trabajo, el relieve y el rol de la pareja y de los hijos en el nuevo estado.

Stalin se cansó de esta arquitectura poco enfática en relación a los mensajes y propaganda del poder, y volvió, al menos en los edificios públicos y en las viviendas para la nomenklatura, lo mismo que Hitler enemigo del Bauhaus, a las fachadas adornadas y a un diseño decimonónico y por lo tanto kitsch, prestigiado por motivos impersonales e intemporales, por modelos recibidos. Los adornos aquí no son inventos, sino copiados y por lo tanto neutros, aunque no inocentes mensajeros de una grandiosidad convencional y segura. El efecto es pesado, ya sea por la abundancia de ornato o por el recurso a un neoclasicismo de catálogo. Se paralizó el experimento y la apertura de los procedimientos y las formas, en el sentido de una aventura, de crear áeas diferentes, singulares, una nueva experiencia del espacio. La causa primaria fue el culto de la personalidad,

la megalomanía de Stalin: en adelante, la arquitectura
debería cantar victorias y logros... Lo que siguió fue
una "monumentalización" errática pero constante,
especialmente en Moscú... un 'haussmanismo'... Estatuas,
entabladuras, columnas (funcionales o no) restauraban el
viejo respeto hacia lo gigantesco, el orden, la simetría
- todo lo cual asociado con una autoridad solemne e
incuestionable... Como Nicolas Timasheff señaló hace
muchos años, el estalinismo fue un museo de los estilos
históricos rusos provenientes de diversos períodos:
arquitectura de 1820 dotada del monumentalismo político
de 1930, música de concierto de la mitad del siglo XIX,
y disciplinas educativas del fin del siglo XIX.
(6)

Bajo Stalin se consagra lo convencional gregario, desde lo pobre desnudo, cabañas de madera para las nuevas locaciones industriales, con mejoras paulatinas hacia el bloque soviético de apartamentos, y arquitectura del poder, solemne y recargada. Esto coincide con su gusto por una literatura pasatista y pacata, doctrinaria, sin riesgos temáticos o de procedimiento, que debía estar modelada según el término que él mismo inventó: el realismo socialista.

El estilo como un borde en que juega el deseo resultaba inadmisible, y sin interés, o de relevancia injustificada.

El estilo era para Stalin en particular y para el estalinismo socialista en general, un instrumento de propaganda, o de lo contrario un epifenómeno, una manifestación superficial que relegaba los procesos decisivos y profundos de la economía y las relaciones presumidas auténticas entre los hombres. En este sentido, carecía de legitimación.

Así se entendió el estilo por parte de los partidos comunistas latinoamericanos. Durante los cincuentas y sesentas, pero aún durante los ochentas, la música de rock o las modalidades alternativas de indumentaria o cortes de pelo, el nuevo aspecto de los hombres y de las mujeres resultaba para los comunistas algo irrelevante, si no condenable, un modo de estar sujeto a la economía de mercado y a sus tentaciones. En los sesentas los rockeros y los hippies ya no tienen el aspecto típico de hombres, y ese nuevo aspecto se relaciona con una vida sexual más abierta y tolerante, menos machista, con la experiencia de drogas antes inaccesibles, con el resurgimiento de imágenes suprimidas: tal, por ejemplo, la figura de los indios estadounidenses, que sólo aparecía en los westerns denigrada, amenazante.

Esa impronta resurge, como compulsión a repetir demoníaca (y demonizada) en el rock: pelo largo, cuero, tejidos autóctonos, maquillaje y joyas. Para los partidos que seguían la línea de Moscú, esto eran taras del mundo capitalista.

En la Unión Soviética y sus satélites se prohibió con mayor o menor éxito el rock, de igual modo que en época de Stalin y de Hitler se tendía a suprimir el jazz. En la Cuba socialista alguien podía ser enviado a un campo de concentración o "campo de trabajo" no sólo por ser homosexual o seminarista
(7) sino por tener un corte de pelo diferente u osado, por vestirse de un modo desafiante al canon correcto, al aspecto considerado normal de un hombre o de una mujer. (8)

En la China de Mao todos debían usar la chaqueta azul, emblema de una necesidad, la de vestirse, satisfecha. Los artículos cubrían el cuerpo para protegerlo del frío, y cuanto más uniformes mejor, ya que cualquier indicio de autoexpresión, de singularidad, era castigado como una tendencia individualista y por lo tanto índice de antisocialismo o contrarrevolución.

Fetiche

La moral que se predicaba implica una visión de la experiencia intersubjetiva que en cierto modo ya estaba constituida en El capital. Marx habla de "fetichismo" de la mercancía. ¿Qué quería decir con eso? El fetiche es un concepto que procede del estudio antropológico de las religiones de comunidades así llamadas primitivas. "Muchos grupos tribales creen que ciertos objetos inanimados poseen poderes inexplicables.

Los exploradores portugueses del siglo XV llamaron a estos objetos 'feitico' - queriendo decir encanto o sortilegio. Esto después se volvió 'fetiche' y cerca del fin del siglo XIX Krafft-Ebbing, Binet y Freud hicieron uso del término para describir objetos que poseen un poder sexual que puede competir con, o eclipsar, el poder erótico del cuerpo humano."
(9) Es un concepto acerca del valor o el poder que tiene un objeto o un rasgo, poder inexplicado salvo por la noción de delegación. Algo se oculta detrás del fetiche, asociado con él, que le otorga una imantación, una irradiación. Lo que se oculta le da poder, aunque el fetiche se expone en principio él solo, como si alumbrara un aura propia.

En el caso de El capital, la mercancía, en el mercado, aparece dotada de un valor propio, el precio. Pero ese precio de mercado oculta el costo de producción, el tiempo de trabajo por x operarios para lograr un resultado. Los bienes entran en el mercado y tienen un precio que fija la accesibilidad y competencia, en función de cualesquiera tipo de arreglos o prioridades que establezcan los dueños de los medios de producción y de la demanda, creada por la propaganda o espontánea, de esa mercancía.

Lo que se oculta es el costo de producción, o sea el trabajo que los operarios cumplen para producir el bien. Y ese es el gran problema de la teoría económica marxista, el de esclarecer cómo en cada caso el costo de producción puede traducirse en un precio y/o el beneficio concomitante del obrero o trabajador. ¿Cómo fijar un precio si no es el precio del mercado, según un juego de oferta y demanda, cómo calcular ese valor? Problema sin solución, según Castoriadis.

Esta noción de fetichismo de la mercancía resulta simétricamente opuesta a lo que Freud entiende por fetichismo en un sentido erótico, ya que para Freud el objeto no remite al trabajo del productor, sino que se relaciona, en su efecto de fetiche, con el consumidor. Empleando la terminología de Marx, el fetiche para Freud no tiene que ver con el valor de producción, sino con el valor de uso.

Es un rasgo que atrae sobremanera, de un modo enigmático. La interpretación analítica pondría de manifiesto, en cada caso, el por qué de la atracción. Es la cifra de un campo de asociaciones, está sobredeterminado, como un elemento de un sueño. Según Freud, el fetiche sería el índice de una denegación alucinatoria de la ausencia de pene en la madre. Uno de los ejemplos que da, acerca del fetiche, es el "brillo sobre la nariz" (Glanz auf der Nase), que atrae a un determinado paciente cuando lo descubre sobre el caballete de ciertas mujeres. (10) La lengua materna y olvidada del paciente era el inglés. Traducido, el brillo significaría mirada (glance) sobre la nariz. Freud interpreta que este hombre buscaba a una mujer fálica, el recuerdo de un pene sobre la nariz.

A través del fetiche, quien se siente atraído por él denegaría la castración femenina sin negarla directamente. Se trataría, en el fetiche, de una denegación alucinatoria de la castración. Propone una paradoja, un doble régimen según el cual el sujeto sostiene oblicuamente, a través del fetiche, la creencia en un objeto ilusorio que sin embargo él mismo sabe que no existe. El fetiche procuraría una gratificación misteriosa, aunque motivada, en conexión no directa con los órganos genitales, ni siquiera con el cuerpo desnudo, sino a lo sumo con el rostro pero sobre todo con un envoltorio separable, adyacente, parcial: vestimenta, cabello.

Jacques Lacan logra desplazar el problema, desligarlo de la denegación de la falta de pene femenino y su invención alucinatoria vía el fetiche, cuando define el deseo como el excedente entre la necesidad y la satisfacción, como aquello que, confundido en principio con la necesidad (fisiológica), no se deja sin embargo absorber, o resolver, mediante una satisfacción de esa supuesta necesidad. Según Lacan, el deseo sería algo que escapa a la teoría del vaso de agua, un excedente de la necesidad saciada por el beber.

Este excedente "insatisfecho" es lo que tiene el deseo de significante cultural. La mujer no es "completa" porque la lengua opone y divide, separa y compartimentaliza. No es que la madre esté castrada, sino que, dentro de la circulación cultural de los significantes, aparece como una entidad parcial, particularizada, diferente. El deseo sería la tendencia excesiva e insatisfactoria de rebasar los deslindes que condicionan y constituyen en cuanto tal al hablante.

Creo que hay otra vía, u otro matiz, para entender el fetiche, que lo vincula con el regreso de opciones eliminadas. La intensidad del fetiche surge según mi punto de vista de la confrontación, e integración, de al menos dos momentos o dos objetos. Integra un objeto previamente eliminado con un objeto supuestamente preferido. Si alguien tuvo que optar en cierto momento, tuvo que descartar un objeto para elegir otro (homosexual u heterosexual, por ejemplo) el fetiche integra las dos opciones, la "descartada" y la "elegida". Figura una superposición, una convivencia, de los términos de esa aparente disyunción.

Es un objeto transicional, un compromiso entre términos que parecen excluirse. Une lo que se ha escogido, lo completa con el término rechazado y desmiente así que se lo hubiera rechazado: éste es el poder integrador del fetiche.

La cuestión puede articularse con otras palabras: si un cierto objeto ha sido escogido "primariamente" y otro "secundariamente" - en un momento que, al menos según un orden lógico, si no temporal, lo sucede - la elección "primaria", en apariencia descartada, regresa a través del fetiche para amalgamarse con la elección "secundaria".

Caracterizado de un modo general - por más que se trata siempre de un objeto bien particular - puede decirse que el fetiche consiste en un "brillo" que emana de algo, que subraya su atractivo, y que sólo es perceptible para los ojos del interesado. Es el carácter de exceso que agranda un objeto para alguien sólo en una relación de aura tal que se agudiza a los ojos del receptor, sin que los demás lo perciban. De ahí que pueda mantenerse secreto, aún para la pareja o el partenaire amoroso, ya que, salvo si se requiere un comportamiento específico del otro, el interesado no tiene necesidad de confesar en qué consiste para él la fuente de su interés y disfrute.

Si bien el fetiche puede ser descrito con palabras, y además, como el ejemplo traído por Freud, vacila en las redes de una traducción, creo que vale antes que nada como imagen, como imagen muda y tangible, o como sonido, en el caso de que se trate del grano de cierta voz. Agreguemos que, a diferencia de un síntoma, que de ordinario se disuelve en la interpretación y desaparece, el fetiche está solidificado, petrificado, y las interpretaciones, erradas o acertadas, no conmueven su consistencia de textura.

Es un aura o destello de cierto objeto, un aura que le presta una mirada. Es un universal ilógico, comparable al juicio estético para Kant. Es decir que, para alguien, la atracción que ejerce el fetiche es constante, y se le presenta como una ley (supuestamente universal). Pero esa atracción no es, de hecho, compartida por otros, cuyos fetiches son diversos, o menos característicos.

El fetiche es adyacente y agregado a su portador: zapatos, largo del pelo, cinto, joyas, modo de andar, gesticulación. Es cierto que el interesado, a través del fetiche, se ve confrontado con otro (el portador), pero de modo indirecto, ya que el fetiche, al menos en principio, y en tanto detalle externo, puede ser vestido o encarnado por otros individuos, y además puede ser sustraído, separado, de ellos. Freud dice que entiende el espíritu de los robadores de trenzas.

Al ser despojado del fetiche, el otro pierde su atractivo. Pierde entonces su poder y la causa de una posible tiranía. El robo real o imaginario permite al interesado la contemplación del objeto en soledad y a escondidas, sin interferencias ajenas. Abre otro tiempo y otro espacio: una instancia de recreación virtual, pero no de cualquier cosa, sino de lo más precioso. Esa dimensión autónoma nutre la vida interior. Si las relaciones interpersonales se caracterizan por su patetismo, la contemplación se caracteriza por su mística. Por ser un agregado en principio separable del portador, el fetiche ofrece la alternativa entre la esclavitud amorosa o un éxtasis en soledad.

El fetiche es la imagen de lo que todavía no tiene nombre, o ha dejado de tenerlo. De lo que tiene nombre ya estamos fuera, diría el fetichista, parafraseando a Wittgenstein. Parece autosuficiente, con poder propio (poder que sin embargo depende de un campo de asociaciones, y es por lo tanto delegado).

Para Kant, la experiencia de lo sublime consiste en un conflicto de facultades; la facultad de representar, o imaginación, no es capaz de ilustrar adecuadamente las ideas de la razón. Sin embargo, lo intenta, dando lugar al juicio estético sublime, la impresión o efecto de una imagen inadecuada, que mal trasluce una idea, aunque la sugiere, o lleva a pensarla. El fetiche, a mi ver, sería un caso inverso de lo sublime: una representación sin idea, una interrogación muda, impensable, aunque contundente. El fetiche es una señal luminosa. Sugiere, no tanto una idea, sino, pienso, una doble práctica, un doble goce. Supone, indica, que quien porta el fetiche, tanto como quien es atraído por él, es capaz de un doble disfrute: activo y pasivo.

Guy Rosolato corrige a Freud: el pene "en ausencia" de la madre no sería ilusorio o inexistente, sino inverso: un pene anal, el revés de un guante.
(11) De ahí el aspecto envolvente del fetiche, que apresa, aprieta, contiene: fajín, cabellera, calzado. Representa el deleite y la tortura de un goce anal. Deleite y tortura tanto para el gozador como para el objeto (la persona) apretados y estrechados por ese pene envolvente, por un envoltorio, algo así como un preservativo de cuerpo entero.

El fetiche tapa, cubre, oculta: por lo tanto indica tanto que su portador tiene pene como que no lo tiene.

Tanto que tiene un pene "positivo", saliente, como que tiene un pene "negativo", envolvente, contenedor. El fetiche yuxtapone y sintetiza la diferencia de los sexos, resume dos posibilidades antagónicas y complementarias en un solo individuo. El fetiche es un objeto anterior, o posterior, a la diferencia entre hombre y mujer. En todo caso sitúa al objeto más allá de esa diferencia. Rebasa un límite, no anatómico, sino cultural y práctico: se puede gozar a la vez de dos modos.

La figura del hermafrodita, que exhibe los dos sexos anatómicos, no es sino el desplazamiento figural de una cuestión práctica o funcional. De modo equivalente el fetiche es la cifra imaginada de esa cuestión: cómo rebasar el límite, la diferencia de orden cultural, no anatómica, entre los sexos, y gozar a la vez, o alternativamente, de dos modos opuestos y complementarios.


1
Alejandra Kollontai, "Make Way for the Winged Eros", en Bolshevik Visions, Part 1, editado por G. Rosenberg, Ann Arbor Paperbacks, The University of Michigan Press, 1993, pp. 84-94. Es una de las "Cartas a la juventud luchadora", aparecidas en el diario Molodaia Gvardia, n. 3, 1923, pp. 111-24.

2 "Dialogue with Clara Zetkin", en The Lenin Anthology, editado por Robert C. Tucker, New York, Norton, 1975, pp. 685-699.

3 Wilhelm Reich, La révolution sexuelle, Paris, Plon, 1968, citado en Guy Hocquenghem, Homosexualidad y sociedad represiva, Buenos Aires, Granica, 1974, p. 95.

4
"Basic Premises, Interrelationship Between the Arts, The New City, and Ideological Superstructure", en Bolshevik Visions, Part II, ed. cit., p. 196.

5
5 "The Problem of Building Socialist Cities: The Principles of Planning", en Bolshevik Visions, Part II, ed. cit., pp. 197-211.

6
Richard Stites, Revolutionary Dreams, Oxford University Press, 1989, pp. 238, 246.

7
Cf. Ernesto Cardenal, En Cuba, Carlos Lohl‚ Buenos Aires-México, 1972. En una entrevista con Cardenal, el Arzobispo de La Habana se horroriza de que los seminaristas tengan que convivir con homosexuales en los campos de trabajo.

8
De entre un clamor de noticias, baste citar la redada policial descrita en Arturo, la estrella más brillante, novela-testimonio de Reinaldo Arenas (el "testimonio" es un género premiado por Casa de las Américas), Barcelona, Montesinos, 1984, p. 33: "Se trataba de una de las acostumbradas 'recogidas' de jóvenes amparadas en el pretexto insólito de un pelo demasiado largo, de una forma de vestir determinada y, sobre todo, de ciertos rasgos, de ciertas 'maneras'." Los jóvenes seleccionados terminan en un campo de trabajo.

9
Ted Polhemus, Street Style, Londres, Thames and Hudson, 1994, p. 103.

10
Sigmund Freud, "Fetichismo" [1927], en Obras Completas, tomo III, Madrid, Biblioteca Nueva, 1973, p. 2993.

11
Guy Rosolato, "Le fétichisme dont se dérobe l'objet", Nouvelle Revue de Psychanalyse, n. 2, Automne 1970, Paris, Gallimard, p. 38.

* Este texto es la primera parte del capítulo I de Arte andrógino: estilo versus moda, libro de Roberto Echavarren (Montevideo: Los libros de Brecha, 1997). También hay edición argentina (Buenos Aires: Colihue, 1997)

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