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ISSN 1688-1672

 



NOVELA POLICIAL - NOVELA NEO POLICIAL - PULP - GÉNERO/SUBGÉNERO -

Papel barato y caño recortado*

Fernando Santullo Barrio
Desde los filmes de Tarantino o quizá antes (eso explicaría el porqué de la llegada a Hollywood de un director como él) la novela policial pareció ponerse de moda. Debilitados los relatos que proponían emancipar al hombre a través de la revolución o de la cultura, el "vacío" del entretenimiento encontraba su lugar


Buena parte de las películas que se producen cada año en todo el mundo es policial. Pese a que esto podría ser un indicador de su buena salud, es llamativo que el policial sea también uno de los
géneros mas frecuentes en la mesa de oferta de las librerías de Montevideo. Marginal, barato y, en muchas ocasiones, de gran poder expresivo, el policial y otros subgéneros, como la ciencia ficción y el terror son marginados por una forma de ver la cultura que todavía sigue pensando que hay temas menos importantes que otros.


En una de las primeras versiones de la Feria Internacional del Libro realizadas en la década del noventa, el escritor español Manuel Vázquez Montalbán fue invitado a presentar uno de sus textos. En la carpa, instalada sobre la plaza del Entrevero, había unas cien o ciento cincuenta personas. El libro que presentaba Vázquez Montalbán pertenecía a la serie protagonizada por Pepe Carvalho, el "huelebraguetas" gallego que Eusebio Poncela popularizara en la excelente serie de TV.

Dado el tipo de libro que el escritor catalán presentaba, resultaba lógico que las primeras preguntas versaran en torno a la
novela policial. Sin embargo, el culto público que se encontraba reunido en esa ocasión prefirió bombardear al autor durante los primeros quince o veinte minutos con breves preguntas-exhibiciones, que dejaban claro que ellos, antes que nada, conocían la obra poética y la prosa "seria" de Vazquez Montalbán.

Finalmente, después de vagar por terrenos de la "pos-novela" y otros neologismos del estilo, alguién se decidió a preguntar sobre las actividades del escéptico detective español. Lejos de mejorar, la cosa empeoró. Porque, más que hacer una pregunta, aquel caballero ensayó una suerte de disculpa del 80% de la obra de Vázquez Montalbán, señalando que las más de veinte novelas y cuentos de la serie Carvalho, no eran novelas policiales sino novelas de "critica social que hacían uso del molde policial para sus propios fines" (sic). Como ocurre a veces, generalmente cuando hay gente que "tiene sus lecturas" de por medio, la disculpa del fan dejaba al escritor a salvo y lejos de algo tan degradado y lamentable como el género policial.

Vázquez Montalbán contestó con toda cordialidad y delicadeza que sus libros eran exactamente lo contrario a lo afirmado por su lector, es decir, novelas policiales que aludían, de forma casi siempre elíptica, a sucesos reales (lo que el propio escritor llamaría "historias de política-ficción"). Mientras contestaba, el bigotudo catalán no podía evitar una mínima sonrisa, casi oculta por su mostacho y negada por la correcta expresión del resto de su cara.

El suceso importa porque ilustra los desmanes que la novela policial negra y la literatura fantástica en general, salvo el "realismo mágico" y algunos autores que ya están en el Olimpo, debe soportar en el día a día.

Pulpa de papel

Como cualquiera que haya leído el boletín de Cinemateca debe saber, el nombre Pulp Fiction, utilizado por Quentin Tarantino en su segundo filme, proviene de la denominación de las viejas revistas policiales y de ficción que fueran sumamente populares durante las décadas medias de este siglo. Las llamadas revistas de "detectives" y las de ciencia ficción y fantasía, eran masivas y se hacían en papel "pulpa", ese papel amarillento, barato y poco fino que hoy caracteriza la ediciones de tapa blanda.

Desde los filmes de Tarantino o quizá antes (eso explicaría el porqué de la llegada a Hollywood de un director como él) la novela policial pareció ponerse de moda. Debilitados los relatos que proponían emancipar al hombre a través de la revolución o de la cultura, el "vacío" del entretenimiento encontraba su lugar.

No es difícil ver ese diagnóstico, correcto en su primera mitad y mal intencionado en la segunda, en buena parte de la
crítica cultural uruguaya de los últimos años. Sin embargo, la literatura policial no es responsable de la caída del Muro ni tiene por que ser necesariamente entretenimiento "vacío".
A mitad de los años ochenta, la editorial española Bruguera cerró sus puertas, no sin antes haber producido una de las más importantes series de literatura de ficción en edición popular: Libro Amigo. Dentro de ella, sobresalía, por su buen nivel general de edición la sub-serie Novela Negra.

Esta incluía nombre y fecha de publicación originales, muy buenos prefacios a cargo del argentino Juan Carlos Martini y traducciones generalmente buenas. Allí, Bruguera editó a los más importantes autores del género, incluyendo escritores estadounidenses y europeos. De esa forma, Raymond Chandler, Dashiell Hammett, Ross Macdonald, Horace McCoy, Jim Thompson, Chester Himes y Charles Williams, entre muchos otros, fueron editados en una serie que recuperaba en buena forma, el estilo de los viejos "pulps", en un estilo editorial bastante lejano al de la también española Editorial Alianza, quien solamente había publicado en ese entonces tres o cuatro libros de Dashiell Hammett.

Más informal en su aspecto editorial y un poco más despareja en su selección autoral, Editorial Planeta realizó un buen papel de "reparto" en ese mismo momento, editando en su Serie Negra textos de los autores ya mencionados, agregando gente como W.R. Burnett, William Irish y algunos españoles muy buenos como Vazquez Montalbán, Andreu Martin, Juan Madrid y Jaume Fuster.

Este improbable "auge" del policial duro, logró que la popularidad de los autores "clásicos" de la novela negra, que desde hacia muchos años eran reconocidos por otros escritores pero no por la llamada "crítica literaria seria", comenzara a trepar por la más sólida de todas las escaleras del gusto: la opinión de los que saben opinar.

En ese sentido, es ilustrativo que dos de los más importantes escritores de la nueva generación como Joe Gores y Robert Parker, hayan ganado popularidad con textos que versaban sobre los escritores de la primera generación de la novela policial dura. Gores se volvió popular gracias a su novela "Hammett", en donde, uniendo dos épocas de la vida del escritor, lo colocaba en medio de un caso detectivesco en un año en que este ya había abandonado ese oficio y se dedicaba solo a escribir. Parker, por su parte, se dio a conocer en ámbitos académicos al recibirse con una tesis sobre Hammett, Macdonald y Chandler.

También se volvería popular como escritor por llevar las características más evidentes de Phillip Marlowe, el popular personaje de Chandler, a sus límites mas extremos con su ultrahonesto y políticamente correcto Spenser (que en la TV fuera protagonizado por Robert Urich).

El cierre de Bruguera dejó las últimas ediciones de Libro Amigo en la mesa de ofertas de casi todas las librerías de Montevideo, en donde algunos de ellos permanecen todavía. Y disparó, al menos en lo que a libros de habla hispana se refiere, la salida de varias elegantes series editadas por respetables casas, en las que tres o cuatro de los autores más conocidos eran trabajados a fondo: prolijísimas traducciones, cuidados detalles de edición, muy buenas reseñas bibliográficas y, sobre todo, tapa dura y papel blanco.

Novela "neo-policial"

Según parece, el término "neo-policial" fue acuñado por el mexicano Pacio Ignacio Taibo II para caracterizar y dar nombre específico a la más nueva producción del género que utilizaba ambientes y procedimientos, tanto literarios como policiales, novedosos y actuales.

Sin embargo, el concepto derivó en un espacio en donde editoriales "serias" que no se dedican a los "desprestigiados subgéneros" (como los llamara el escritor uruguayo Tarik Carson) editan libros que, más allá de sus excelencias, avisan al lector desde la solapa que esa "no" es una novela policial sino algo mucho más complejo, "serio" y trascendente.

Editoriales como Anagrama, ajenas al policial, editan desde hace varios años libros de novela negra etiquetados como "tecnotrhillers" o "policiales filosóficos", apelando para ello, precisamente a su imagen profunda, actual y liberada.
Editorial Debate, que generalmente imprime escritores "serios", sacó a la luz durante los primeros dos años de la presente década las Bibliotecas Dashiell Hammett y Raymond Chandler, en donde apareciera la polémica Historia de Poodle Springs, novela inconclusa de este último, terminada en forma basante cuestionada por el poco imaginativo Parker. Encuadernados en tapa dura, traducidos por gente de nivel y realizados en muy buenos materiales, los libros de Debate pueden ser encontrados hoy en varias librerías, mezclados con títulos como "Usted y las plantas", "La cría del Doberman" y "Aprenda a decir no cuando quiera decir si".

Pese a todos estos movimientos, los subgéneros siguieron su oscuro y poco prestigioso rumbo, apenas afectados por la edición de sus nombres más notables en tapa dura y por las límpidas ediciones de quienes consideraban que sus libros no merecían caer en la resistida bolsa del policial. Sin embargo, el fantasma de Bruguera introdujo un nuevo giro al asunto, cuando a fines de los ochenta, reciclada como Ediciones B, dio a la luz la serie Cosecha Roja.

La nueva generación

Aludiendo desde su nombre al que quizá sea el más emblemático de los relatos del genero policial duro, Cosecha Roja editó a muchos de los autores americanos actuales (Bill Pronzini, Joe Gores, Ed McBain), varios españoles algo irregulares (Miguel Agustí, Mariano Sanchez) y un argentino (Juan Sasturain).

Fiel a la tradición de marginalidad de la novela negra, Cosecha Roja sacó a la venta también novelas de autores clásicos, como Jim Thompson y David Goodis, que nunca habían sido editadas en español, o que se encontraban agotadas desde hacía largo tiempo. Ediciones B conservó intactas las bondades editoriales de la desaparecida Bruguera: el título en el idioma original, año de edición, nombre del traductor y otros datos importantes, todos consignados en las primeras tres páginas de cada libro de Cosecha Roja, tal como lo hicieran en Novela Negra.

Una característica peculiar y atractiva de la serie, era que los libros no llevaban el título en la tapa sino el la contraportada. El frente de la cubierta era ocupado por una muy buena ilustración, a veces realizadas por el argentino Raul Chichoni (el de las tapas de las primeras Fierro), a veces por el español Sergio Camporeale. Sin embargo, después de haber editado cerca de una treintena de títulos, la serie fue (aparentemente) suspendida.

Paralelamente pero con una difusión e impacto menores, la española Ediciones Júcar sacó su Etiqueta Negra, en la que aparecieron Himes, Donald Westlake, McBain, Thompson y varios españoles. De riguroso color negro, la serie de Jucar tenía un perfil similar al de Cosecha Roja, poniendo énfasis en la edición de textos no estrictamente policiales de conocidos autores del género.

El siguiente paso ya no estuvo en manos de la estirpe de Burguera, sino en las de la editorial Plaza y Janés: su serie Black, anunciada como "la genuina novela negra", recupera casi punto por punto las pautas de los viejos "pulps", especialmente las de la revista madre del género, Black Mask. Las portadas siempre llevan un dibujo del catalán Jordi Bernet enmarcado por lo que parece ser un recorte de diario, que pregona las virtudes del libro, relacionandolo casi siempre con sus versiones fílimicas, en caso de que estas existan.

En esta serie, las introducciones están bajo la pluma (o teclado) del también catalán Javier Coma, autor de uno de los libros más exhaustivos escritos sobre el género negro, el Diccionario de la Novela Negra Norteamericana, editado en 1985 por Anagrama. Varios libros de la serie Black llevan también breves ensayos de Coma sobre diversos aspectos del género que, sin ser realmente profundos, suelen ser amenos e informativos.

Lo más llamativo de Black es la vocación casi reivindicativa en su criterio de selección de títulos y autores. Novelistas que nunca habían sido traducidos, escritores que sólo lo fueron durante una novela y grandes olvidados en general, son el blanco preferencial de los libros de Plaza y Janés. Notables escritores como Jonathan Latimer, Edward Anderson, Lionel White, textos poco conocidos de Goodis y Fredric Brown, son componentes básicos de Black. La serie, editada durante la primera mitad de los noventa, parece (en Montevideo es difícil saberlo a ciencia cierta) haber concluido al llegar a los treinta títulos.

Lo que es moda no incomoda

Sin embargo, todo parece indicar que los subgéneros hoy ya no son marginales. El policial en versión Hollywood es luminoso, ultraviolento, con brillantes balas que golpean vidrios blindados en cámara lenta. Con cientos de Jean Claude Van Damme que disparan como al azar y perforan docenas de peligrosos Dolph Lundgren, quienes caen al piso sangrando más que un japonés en una pelicula de Kurosawa. En realidad, y de forma aceptada por todos, el policial sigue siendo pensado como un ámbito limitado por sus propias intenciones.

Los subgéneros viven en una suerte de dinámica que los promueve y a la vez los limita. Una dinámica que les adjudica el espacio del entretenimiento por excelencia, lejos de los intentos culturales "serios". Como un lugar común al que se recurre sin demasiadas pretensiones, apostando, eso sí, al gran poder de convocatoria del policial (lo mismo ocurre con la ciencia ficción y el terror).

Esa versión de las cosas recoge el formato crudo y violento de la serie negra pero mantiene intactas las dos ecuaciones básicas que la descalifican desde la cultura "seria": subgénero=entretenimiento y entretenimiento = algo de segunda mano. Cultura de masas, digamos. Por eso, aunque el genero policial goza de buena promoción, lo hace bajo un set de reglas que lo acota y ubica en un oscuro y eterno segundo puesto intelectual.

Sin embargo, el subgénero, el que por definición no podría ser arte, elude la aparente disyuntiva entre el vacío del entretenimiento y la imposibilidad de ser una "obra maestra". Lo hace trazando sus propios fines, sin demasiada preocupación sobre si pertence a uno de los dos polos de una clasificación tan anticuada y elitista que pide a gritos un recambio urgente. Lo hace ignorado también por las bien vestidas huestes que admiran a Tarantino porque es Tarantino y porque eso es (o era) "fashion". Y, como los libros de la serie Black parecen demostrar, escondiéndose en las casi siempre espantosas mesas de oferta de las librerías uruguayas, a cien pesos los tres ejemplares.

Como dijo Raymond Chandler hace casi medio siglo: "todo lo que se escribe con vitalidad expresa esa vitalidad; no hay temas vulgares, sólo hay mentalidades vulgares"


* Publicado originalmente en Posdata

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