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Amir Hamed
ISSN 1688-1672

 


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           LA BANCARROTA DEL SER

Apuntes sobre arte y profanaciones

Amir Hamed

1. Entretenido

Esperar que un libro resulte
entretenido comporta, de antemano, una suerte de abominación. En primer lugar, porque uno no podría concebir, por ejemplo, leer a Aristóteles, Feuerbach, Wittgenstein o Heidegger, ni un tratado de física cuántica, buscando entretención. Alguno se apurará a recordar que quedan aquellos otros libros, los de poesía (en sentido amplio, drama, narrativa, lírica) que, como decía en su Epístola a los Pisones el latino Quinto Horacio Flaco, “instruyen deleitando”, pero esto, en todo caso, precipitaría dos precisiones. En primer lugar, que este deleite mencionado por Horacio en buena medida no es sino el margen que le queda a la poesía (mimética: narración, drama, etc.), que le dejan Las leyes de Platón tras que éste la hubiera expulsado de su ideal RepúblicaLas leyes, como se recuerda, discurren sobre la mejor república posible, no sobre la abstracta, y ahí, tras avisar que el legislador y el trágico son rivales, el filósofo les concede a las artes, cuyo mayor representante es la poesía, un lugar, porque deleitan y porque una buena mímesis puede ser instructiva siempre que sea sumisa a las leyes (como nadie ignora, en Platón, el legislador por antonomasia es el filósofo).

 
Platón, sabidamente, es sutil, y sus diálogos son figuras de autoridad, en la que deja causas abiertas, si bien nadie le responde adecuadamente a Sócrates. Así, se queda a la espera, en República X, de qué tuvieran para decir en su defensa los poetas, antes de ser en los hechos desterrados. El alegato nunca fue dado por los poetas de forma explícita, por lo que esta reincorporación de las que son objeto en Las leyes, bajo titulo de subordinados, y no de legisladores, de suministro de deleite, y no de políticas, es el residuo de la poesía mimética.  Dicho de otro modo, el deleite es lo que queda de la poesía una vez que ha sido desterrada, es decir, despojada de sus demás propiedades; algo así como lo que queda de café en un descafeinado, o lo que queda del humano en el zombi. Este deleite es el que puede ofrecer la poesía, o artes miméticas, una vez que ha sido proscrita; ya privada de su dimensión trágica, que es a la vez política, cívica, sacra. 

En segundo lugar, es obligatorio discernir entre deleite y entretenimiento: el primero, que es sensorial, es regocijo del alma; el segundo viene a ser una suerte de placebo para combatir el aburrimiento, sea del déspota, cuya vida está entregada a un ocio que ya no es, como en el ciudadano ateniense, productivo (el poeta debe cantar, como Horacio, la gloria de Roma, despolitizándola, elogiando edades doradas y la gloria presente del Emperador), sea el de un niño, sea el de cualquiera que sale muerto de aburrimiento del trabajo y que sabe que, en casa, salvo que encuentre algo que le llene el vacío, también habrá de aburrirse. Dicho con el debido énfasis, si a algo responde la entretención es al aburrimiento, cuyo étimon está en la voz latina abhorrere, que puede ser interpretada como horror al vacío, o como sentir rechazo hacia algo.

Aburridos, para decirlo en los modernos términos del spleen de Baudelaire, andamos cuando nos sentimos vacíos, escindidos de lo que nos rodea, rechazados del mundo. En mitad de la nada, por decirlo así. Y el entretenimiento, si algo es, es aquello que nos entre-tiene, nos tiene un rato entre lo vacuo y lo nulo. Es en este punto que quien entretiene tiene menos de artista, o de poeta, que de bufón; menos de dramaturgia que de espectáculo circense. Remátese, por lo tanto, esto del siguiente modo: quien persiga entretenimiento resígnese al Nintendo, a Mario Bros, incluso al circo o la televisión; jamás a un libro, jamás al arte.

2. Patrocinado

Es conveniente recordar, por otra parte, que el el ocio no es la razón suficiente del aburrimiento; como se sabe, también puede serlo, porque resulta alienante, el trabajo. Uno puede morirse de aburrimiento en el trabajo, y es ahí donde tiene que dejar su ganapán, antes que el ganapán lo deje a uno. El aburrimiento sobreviene cuando se ha perdido el entusiasmo, término que implica, como se sabe, que un dios (theos) nos posee. El aburrimiento o spleen vendría a ser, por tanto, natural consecuencia de la muerte de Dios. Una vez finada la divinidad, Marx y pronto la Escuela de Frankfurt entendieron que se vivía en falsa conciencia, en el desarreglo con que vive el trabajador las condiciones materiales de su existencia.

Los de Frankfurt, para ser más exactos, declararon pesadilla el entretenimiento. Theodor Adorno y Max Horkheimer señalaron que la economía cultural, o industria cultural, es decir, aquello que, para resumir, viene a ser lo que los estadounidenses llamarán show business, o industria del entretenimiento, produce bienes culturales de forma masiva, genera audiencias mistificadas, sumisas; en último término, la industria cultural resultaría tan nociva como la propaganda de los nazis. Por supuesto, con el correr del tiempo, se les retrucó a los de Frankfurt que a la gente le gusta entretenerse y que la industria no le da a la gente sino lo que la gente pide.

Hoy día ya se festeja sin rubor la existencia de industrias culturales, una economía que abarcaría el arte, el entretenimiento, el diseño, la arquitectura, la publicidad, la gastronomía, el turismo, y hoy son cada vez más frecuentes, en el Museo de Arte de New York, los desfiles de moda. Esto, hay que entender, responde a que en el entretenimiento impera, no el ser, ni el arte, sino el déspota. Y si por siglos los artistas persiguieron los favores de reyes y nobles para que los financiaran, ahora el déspota tiene, por uno de sus nombres, el de esponsor.

Escribiendo a la sombra del nazismo, Martin Heidegger, un neopagano, insistía en que el ser, que es finito, se da como dasein, ser-en-el-mundo, es decir, un ser en relación con las cosas o, como repetía, con la cosidad de la cosa. Cuando uno no se da ahí, en el mundo, se da en la nada; mientras más se afanaba por ir dando obra y develando mundo Heidegger, los medios de comunicación ya lo daban de revés: si hay ser en el capitalismo tardío, dicen las industrias culturales, se trataría de un ser-en-el-entretenimiento, es decir, un ser-telecomunicado-para-la nada edulcorada, o para el tedio, de un ser-para-el-esponsor.

3. Transgredido

El último truco del tedio, por otra parte, es declararse “transgredido”. Alguna vez el arte tuvo dimensión sacra, como en Esquilo o Sófocles, es decir, la dimensión de las transgresiones. La tragedia, por ejemplo, explicaba que héroes y hombres, los mejores y los peores, transgredían (en esa medida legislaban los poetas) y, porque transgredían, pagaban por ello. La transgresión era hubris, violación de la justicia o diké, la misma que le costaría la vida a Julio César, quien violó un límite, al cruzar con sus ejércitos el Rubicón, y aunque ganó la guerra, no pudo ungirse divinidad, o Emperador, pagando con un cadáver, el propio, minuciosamente acuchillado.

El llamado de las artes, en la modernidad, fue el de la revolución, el de la instauración de un nuevo orden; cuando ese llamado fracasó, quedó la última vanguardia, la transgresora del rock and roll, que costó la vida de varios, y en algunos casos, presidio. Chuck Berry, Mick Jagger o Keith Richards conocieron presidio por su estilo de vida; Elvis fue rápidamente reclutado en el ejército y luego enjaulado en Las Vegas; Janis, Hendrix, Brian Jones y una decena más, sucumbieron de sobredosis.

En este estadio mortecino, el del capitalismo tardío, el de la industria cultural, la transgresión se festeja a rajatabla, seguramente porque nada hay más inocuo, hoy día, que la transgresión. El transgresor no rompe con ningún orden sino que hace un paso de varieté por el cual el público, que tiene perfectamente codificado lo que espera ver, queda a la espera de cuándo se producirá la nueva bufonada o transgresión del artista. Transgredir, en estos días, es hacer una gracia. Es como ver un corto de los Tres Chiflados y apostar en qué minuto Moe le hará un piquete de ojos a Curlie; Moe se declarará trasngresor, por ejemplo, en el episodio (inexistente) en que declara que se olvidó de cómo se hace un piquete..

4. Profanadísimo

Otro adalid de lo tiempos modernos, Walter Benjamin, dejó unos apuntes póstumos en los que avisa que el capitalismo es una religión (no, como pretendía Weber, del resultado no buscado del protestantismo, de su ética de trabajo, del ahorro), porque “sirve esencialmente a la satisfacción de las mismas preocupaciones, suplicios e inquietudes a las que daban respuesta antiguamente las llamadas religiones”. No es que el cristianismo, weberianamente, haya favorecido la llegada del capitalismo sino que se transformó, avisa Benjamin, en capitalismo. Se trata, insiste, de una religión cultual, y el culto no conoce tregua ni piedad, no conoce el sábado, no descansa en domingo, no cumple con ninguna cuaresma. Ha llevado “hasta un estado del mundo afectado por una desesperanza que todavía se espera”. ¿Será el entretenimiento una forma de esperar sin esperanza? Difícilmente; la edad del entretenimiento es, sencillamente, la edad de la desesperación.

En este siglo XXI, un italiano atento lector de alemanes (de Heidegger, de Benjamin y también de Marx), pero en tanto italiano, católico, Giorgio Agamben, recuerda a los padres de la Iglesia y su economía, es decir, la forma de darse Dios en su trinidad: el Padre, que es la sustancia, se retira, y se administra en el Hijo mediador y en el Espíritu Santo. Al darse en la economía, nos hemos quedado con el culto de la economía, escindida de la sustancia. Profanar, recuerda Agamben, es un acto sacerdotal por el cual se retira lo que estaba consagrado a la divinidad, y se lo devuelve al uso y comercio de los hombres. La economía (de Dios), el capitalismo, explica, “realiza la pura forma de la separación, sin que haya nada que separar. Una profanación absoluta y sin residuos coincide ahora con una consagración igualmente vacua e integral”. El espectáculo, entonces, viene a ser “la fase extrema del capitalismo que estamos viviendo, en la cual cada cosa es exhibida en su separación de sí misma”, por lo que espectáculo y consumo son las dos caras de una única imposibilidad de usar. Lo que no puede ser usado es, como tal, consignado al consumo o a la exhibición espectacular”.

Ahora bien, cuando dice “exhibición espectacular”, Agamben no hace otra cosa que resignarse a la industria cultural, al entretenimiento. El espectáculo sacro (la tragedia ateniense, por ejemplo, pero también la procesión sacerdotal faraónica, el auto sacramental medieval, e incluso la comedia en el siglo XVIIII francés) cumplían una función consagratoria. Devotas de los dioses y la democracia, como en Atenas, o de la Ilustración, como en Francia, las artes eran lo opuesto al entretenimiento; retiraban de la circulación de bienes lo suyo y lo ponían al servicio de algo trascendente. Consagradas a un fin superior, fuera éste la polis, la ilustración, o la crasa divinidad, las artes no solo rechazaban su calidad de mercancía; abrían un resquicio de mundo inmune a la mercancía.  No otra cosa es lo que la modernidad entendió por “cultura”, que era su forma de decir “crítica”, y su forma de decir “izquierda”, “revolución”, etc.

Toda ciudad debe contar con un espacio consagrado a los dioses, decía Aristóteles en su Política, y en ese espacio, agréguese aquí, deben desarrollarse las artes. Esta debe seguir siendo la economía del arte, un recinto consagrado, inmune a la mercancía. Porque ciertamente, el arte, cualquiera éste sea, debe profanar los bienes debidos a un dios muerto, es decir, a una institución muerta, a una positividad agónica y reconsagrarlos a uno flamante y vital. Esta obligación, sin embargo, está siendo traicionada en multitud de países, Uruguay incluido, donde los gobiernos de turno, que aniquilan la fuerza de la polis, se viven en profanación perpetua, travistiendo cultura y artes por industrias culturales. Y si las artes no consagran, es decir, si al profanar no están consagrando otra cosa, dejan de ser artes. Cuando las artes dejan de ser artes, la República da bancarrota: si los programas de cultura de los gobiernos se olvidan de las artes, es decir, de su capacidad consagratoria, los Estados, que pierden ese pabellón inmune, sencillamente se aniquilan. 

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