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Amir Hamed
ISSN 1688-1672

 


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          YO YA NO ESCRIBO

Errando por metonimia

Aldo Mazzucchelli

La virtualización de la vida permite comunicarse a uno mismo casi sin límites. Uno de los efectos secundarios menos deseables, acaso, pero completamente inevitable de tal megacomunicación, es el efecto de transparencia respecto de los contenidos del yo. El yo, primero deseable, luego misterioso, más tarde torpedeado a través de múltiples críticas y finalmente desenmascarado en su promedial carácter aburridísimo, está ahí despanzurrado online y solo sirve ya pa’ juntar moscas. La progresión —históricamente vertiginosa porque llevó nada más que dos siglos— es interesante cuando se piensa la relación que pueda tener con una de las prácticas que fuera nave insignia del “yo moderno”: escribir.

Escribir no guarda ninguna relación exclusiva o necesaria con el yo moderno. Se escribe hace milenios, y se seguirá escribiendo. Solo que a menudo se confunde, con el escribir a secas, esa breve etapa histórica en que escribir se reducía a escribir desde el punto de vista del yo moderno —es decir, autocentradamente, exhibiendo originalidad, y con cierta pavorrealista adoración de la propia forma, puesto que “el estilo es el hombre”.

Es claro que la idea del escritor no se ha incorporado a la comunicación igualitaria de la red con todos los tics de su historia más o menos reciente. Pero la cosmética virtual del escribir, su gesticulación, al menos en los espacios más masivos, sigue siendo irremediablemente “moderna”: un yo “comunica” “su” experiencia, creyendo que puede interesarle a alguien —y es sabido que la experiencia ajena (que en general es la de todos), salvo que se la procese muchísimo en base a poderes extraños y esotéricos, es lo más aburrido que existe.

De modo que, si bien escribir se viene liberando más y más de los tics de la modernidad, la parafernalia que rodeó al escritor moderno puede ser copiada fácilmente. Acabado el escribir moderno, continúa no obstante viviendo una representación tradicional, conservadora y precodificada del “escribir”, como algo supuestamente cultivado por quien seguiría cumpliendo, desde su gesto, con los supuestos rituales del supuesto ambiente “literario”. El proceso no es nuevo ni exclusivo de la comunicación virtual. Hubo un tiempo, por ejemplo, en que los códigos de la bohemia que siempre rodeó a la creación genuina se hicieron la moneda de curso para crearse una carrera, la cual a veces —por una cuestión estadística— terminaba careciendo de obra. Ese tiempo coincide con el ascenso de una de las últimas fases de la modernidad, la que se desata a fines del siglo XVIII en unas pocas ciudades europeas.

Instruirse en la existencia del yo

Johann G. Fichte, hombre entusiasta, sonoro y agotador, es posiblemente el primer filósofo realmente vocacional de la noción , por entonces recientemente formulada, de un yo verdaderamente soberano, entidad que pronto practicarían, con menos teoría, los primeros románticos ingleses como Byron o Shelley. Rüdiger Safranski cuenta en su entretenida historia del romanticismo alemán que, en Jena, Fichte “incitaba en clase a sus alumnos a que miraran la pared de enfrente. “Señores, piensen la pared”, decía, “y luego piensen en sí mismos como distintos de la mirada a la pared”. Lo sorprendente es que, en aquellos tiempos inaugurales del yo moderno, a la mayoría de los estudiantes, no instruidos suficientemente en la novedad, “no les llamaba la atención el propio yo”. Fichte observó una vez que era “mas fácil hacer creer al hombre que es una porción de lava de la Luna, que inducirlo a tenerse por un yo vivo”. Indudablemente, los intentos de Fichte y tantos otros fructificaron masivamente, considerando lo difícil (o “autoritario”) que sería hoy incitar nuevamente a un estudiante a que se dedique a mirar la pared: a ningún yo contemporáneo que se precie le gusta que, en clase, lo inciten a nada. En cualquier caso, los románticos fueron los primeros científicos del yo moderno, en el sentido de que lo sometieron a todos los experimentos imaginables y anotaron con entusiasmo cada una de sus reacciones. No hubo tortura que no fuera autoinfligida, sustancia no probada, viaje no hecho ni intento de ser alguien distinto cada día que no se apurase, y el resultado fue una general insatisfacción, siempre renovada o corrida un paso más adelante, una descreencia completa en cualquier nueva posibilidad, una evolución del arte que se convirtió en algo muy parecido a una carrera armamentista, y la demolición de la filosofía de búsqueda de la “verdad” —puesto que nada hay como algo cierto para que cualquier yo que se precie se dedique empeñosamente a buscarle ángulos desde los cuales resulte falso— lograr lo cual se considera, curiosamente, un triunfo para el yo.

La cosmovisión romántica dio también modelos de sociabilidad que se repetirían. La aristocrática institución del salón literario antecede y prefigura al café, lo mismo que las obras a pedido antes prefiguraron a las obras de autor; el café general e irrestricto es, así, una conquista de la ciudad moderna, que se quiso democrática. Un lazo histórico entre el escritor “moderno” y la virtualización del mismo es precisamente el café, la rueda de café para ser más específico. El café literario, ya casi extinto, durante casi dos siglos proveyó una serie de ventajas para hacerse un nombre literario que ahora, traducido a símbolos y códigos meramente escritos, puede formar parte del aura de la representación del escritor en lo virtual, siendo que el histórico café —un espacio público, abierto, de libre intercambio de ideas sin compromisos ulteriores— es uno de los modelos obvios para la sociabilidad virtual. El café —igual que la red— no obliga a nadie a exhibir ninguna obra acabada, lo cual garantiza el requisito elemental de poder incluso convertirse en escritor sin tener necesidad de realizar la escritura de al menos algunas cosas exigentes. Basta con tener un aspecto impresionante (o al menos extraño) en algún sentido y ser capaz de usar la voz —o la escritura. Algunas referencias indirectas ayudan. La sociabilidad del café es, además, propicia a pequeños proyectos —un “ciclo de poesía”, o “una editorial” se cuentan entre los más conmovedores. La rueda virtual de “escritores” cumple ahora con creces la misma función. De aquella actitud proactiva de los intelectuales del café histórico, a algún mamarracho local patrocinado por el Estado uruguayo en alguna de sus variantes hay un paso chico, que se da a menudo. Testigo son las miríadas de ciclos literarios y espacios hoy existentes en las diecinueve capitales —religiosamente promovidos en Facebook—, las casi infinitas ediciones de autor que obturan el espacio y el tiempo, y el goteo de dineros generales hacia una floración descontrolada de premios y concursos. Ganar una mención en el Primer Concurso de Poesía Joven de la Asociación de Rematadores o ser invitad@ al “Vigésimo Encuentro de Escritor@s del Lago de la Amistad, Guatemala”, por decir algo, son acontecimientos muy mencionables en la red, y se recabará aprobaciones en proporción directa a la aprobación personal del ganador, y en proporción inversa a la frecuentación, por alguien desconocido y sin compromisos con el autor, de la obra premiada. No está de más que el autopromovido exhiba algún indicio de bohemia, pero discreto, porque la bohemia práctica no siempre es bien vista por escasamente ecológica; o, al menos, exponga alguna rareza —no hay nadie que no tenga una cantidad de ellas, lo cual no parece hacernos dudar, curiosamente, de su carácter mismo de rareza. El sufrimiento personal, así como un interés en lo espiritual y esotérico, si se insinúa pero no se concreta, ayuda también.

De la autodestrucción

Todo lo anterior acerca del rol del café como espacio —real o virtual— para la superchería literaria y como pilar de la construcción de una imagen pública de “escritor” se escriba o no, fue extraordinariamente demostrado por los franceses, que inundaron el mercado editorial de poesías extrañas salidas de los cafés a mediados y fines del siglo XIX. Había entre ellos algunos escritores espléndidos y hace mucho obvios, como Rimbaud o Baudelaire, y muchos otros menos conocidos que cubren el arco entre simbolismo y decadencia, como Tristan Corbière, Gustave Kahn, Villiers de l’Isle Adam, Jules Laforgue, Lautréamont, Jean Moréas o el casi invisible Albert Samain. Baudelaire, sobre todo, además del primero de todos ellos, había comprendido algo fundamental cuando entró en contacto, siempre a distancia y mediado por papeles, con Edgar Allan Poe, y jugó un rol clave en la transmisión de supuestos culturales que, muy desleídos por el manoseo del tiempo, inundan la imitación masiva de la literatura que, junto con la literatura, ocurre en la red. De aquella pareja americano-francesa viene directamente el arquetipo del escritor autodestructivo que formó parte sustancial de la saga moderna y que llegó, muy desmejorado, a la parodia virtual del “ser escritor” hoy.

Poe, que además era un extraordinario escritor, fue uno de los bohemios borrachos y autodestructivos más genuinos que hayan existido. Cuando finalmente parecía que iba a encontrar alguna clase de estabilidad emocional, o al menos protección, uniéndose a una u otra de las señoras espléndidas que siempre le fueron gentiles, Poe hacía algo equivocado —pero extraordinariamente equivocado— de modo de destruirlo todo y volver a una soledad que, aun cuando estaba casado, quería más que a nada.

Es sabido que mucho poeta genuino, y mucha más gente que no lo es, precisa vivir en estado de idealidad, es decir, en estado de frustración permanente con el mundo real, que es torpe e imperfecto —imperfección que se pone de manifiesto siempre de modo especialmente notable en cuestiones amorosas. La espléndida Sarah Helen Whitman, una poeta y viuda, de Providence, Rhode Island, quien hacía poco (estamos en 1848) había cometido la imprudencia de enviarle a Poe —alguien conocido ya en el país entero para entonces— un poema para San Valentín, resumió así esa nostalgia de completad en un poema que le envió a éste: “I dwell with ‘Beauty which is Hope’”. Cuando la belleza se convierte en esperanza en la que uno puede habitar, tenemos la garantía de que nada existente va a funcionar nunca, porque compite con fantasmas, que son por naturaleza superiores. A Poe el cambio inesperado de afectos pareciera que se le aparecía, si no menos doloroso, al menos más adecuado a la consecución obsesiva de su propio yo. Por ejemplo, Poe consideraba proponer matrimonio a Elmira Royster, cuando justo golpea a su puerta el cartero, con una misiva de Sarah Whitman; Poe cambia entonces de dirección, y emprende viaje a Providence (estaba en una etapa de viajes, luego de haber dejado su última casa estable en una zona rural de New York, donde el invierno del año anterior había muerto su esposa Virginia).Después de una incesante temporada de conquista en la citada ciudad de New England, en donde propuso matrimonio a la vez a Whitman y a Richmond, a ésta, por carta —luchando contra la oposición de la familia de Whitman, y sin tener en cuenta que la familia de Richmond vivía, precisamente, en Providence, desde donde mantenía informada a su hija de todos los detalles de lo que estaba haciendo Poe— Whitman  aceptó casarse inmediatamente pero con la condición de que Poe dejase de beber. Al día siguiente Poe bebió en público, aunque consiguió que su reciente prometida le perdonase esto; al tercer día (la boda se celebraría esa misma semana) Poe fue a la biblioteca pública con Whitman, y a ésta se le entregó en la mano, por parte de alguien no especificado (pero fue algo probablemente instigado por Poe mismo), una carta anónima que relataba todas las acciones de Poe, sus múltiples compromisos simultáneos, sus excesos de todo tipo. Esto rompió el compromiso, y un Poe destrozado que se había arrojado de rodillas frente al sillón donde yacía Sarah, quien se había dopado con éter, fue echado a patadas de la casa de su ex prometida, y ese mismo día se fue de Providence, a donde nunca volvería. Poe había entendido perfectamente el axioma fundamental del romanticismo, pues, en esa consecución frenética de su yo, incorruptiblemente solo en su búsqueda en espejo. En correspondencia con un reverendo de la iglesia, nada menos, afirmó: “Mi naturaleza entera directamente se revuelve ante la idea de que pudiera haber algún Ser en el Universo superior a mí mismo”.

Baudelaire, a su turno, vio lo fundamental del experimento existencial de Poe, arjé completo y realizado por vez primera del poeta decadente moderno, y procedió a tematizarlo. En varios ensayos (como los que dedicó a Poe, o como el famoso “El pintor de la vida moderna”), así como en sus poemas, se convirtió acaso en el primer constructor sistemático de la imagen del poeta tal como aun en general se la supone, sin decirla explícitamente —esa imagen de poeta, artista o intelectual que aun trabaja en las redes sociales contemporáneas. Contribuyó Baudelaire también alguna tematización, al estilo de lo que varios ingleses estaban ya haciendo, de drogas, paraísos artificiales y ciencias ocultas; también se encargó de meter en el Olimpo de las categorías ya ensayadas a algunas que resultan fundamentales en el repertorio de todo yo antiguo o moderno contemporáneo pretendidamente harto del mundo —verbigracia, el spleen. Hombre de mucho talento, llegó a algunas formulaciones sintéticas. Por ejemplo, en sus Diarios íntimos (cuya primera traducción castellana hay que agradecer a Rafael Alberti, que la hizo en 1947 en la playa de Punta Fría, Uruguay), el cuaderno titulado “Mi corazón al desnudo” abre así: “Sobre la evaporación y la centralización del yo. Todo consiste en eso”.

Tal figura bohemia, sufriente, del artista e intelectual “moderno”, puede ser emocionalmente inconsistente y traicionera, pero viene sublimemente dotada para tocar esa forma perfectamente irreal que siempre puede a las criaturas terrenales. El esquema propagandístico de la bohemia se benefició con abundancia, pues, de Baudelaire y de su interpretación de Poe, y proliferó en el Barrio Latino en una tropa de nombres que solo existen en las historias literarias. Ganaron su rol como polizones en el barco letrado, pero difícilmente se los pueda leer. Los poetas sudamericanos, que se comunicaban con el mundo a través de letras escritas, conocieron sus nombres y a veces los repitieron como si fuesen alguien, porque esos nombres eran la contraseña de la cultura contemporánea de entonces. Hoy que las obras están todas a disposición de quien las busque, es sorprendente —como pasa con algunos nombres de poetas siempre promiscuos en las historias de la literatura uruguaya, por cierto— el carácter de poca cosa y de nada que sus flaquísimas “obras” exhiben. Pero compartieron el café, en distintas temporadas, con Baudelaire, Rimbaud, Verlaine o Villiers de l’Isle Adam.

Al final, siempre se arriesga el mismo error, de tipo metonímico. Puesto que la morfina estuvo cerca de Herrera y Reissig, el alcohol cerca de Poe, el opio cerca de Baudelaire, el suicidio cerca de Quiroga, la soledad existencial incurable cerca de César Vallejo, se supone que si uno se adosa el primero de los elementos, éste va a traer pegoteado consigo algún ingrediente genial. Es curioso cómo ha concitado tanta adhesión una idea que se ha demostrado que, por lo general, no funciona.

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Coda metafísica

Ya se sabe que el recurso que se antepone a párrafos que, como los anteriores, lleven implícita alguna división más o menos “dura” entre escribir y no escribir (obsérvese que no digo “escribir bien”; la distinción no es estética, es peor: es metafísica, porque tiene que ver con la naturaleza del objeto producido o no), es “quién sabe lo que es bueno”, o el más agresivo “quién es usted para decir quién es escritor y quién no”. Quien eso argumente tiene una fe (acaso, una esperanza) extraordinaria en que nadie podrá juzgarlo, pero insiste en desconocer los extraños mecanismos por los cuales hay (sigue habiendo) juicio final literario. Que las formas de ese juicio cambien con los tiempos es menos interesante que constatar que lo sigue habiendo, y que la abrumadora mayoría de la gente a la que al final le va más o menos bien en el juicio —las editoriales los publican sin pedirles dinero, son leídos en distintos tiempos y su adaptación a nuevas lectorías es relativamente vital— es gente que, en lugar de tratar de anular la literatura en una indefinición teórica y práctica —o de convencer a los demás de que la literatura ha muerto en la chirlería de la posmodernidad—, ha intentado, más modesta y artesanalmente, practicarla lo mejor que pudo y decir algo honesto y sustancial con cierta prescindencia de la opinión común, entendiendo que quizá sí hubiera mejor y peor y, en lugar de negarlo, uno pudiese someterse a ello cuando lo siente llegar.


 

 

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