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Amir Hamed
ISSN 1688-1672

 


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          SONAR BIEN        

Música fundamental—o verdad y oído

Aldo Mazzucchelli

Plantearse la pregunta por la verdad
es hacer un ruido —aunque sea un ruido interno, un ruido adentro de la cabeza, una “imagen acústica” como dice la horrible teoría de Saussure que tan buenos réditos ha dado a toda visión objetivadora e instrumental del mundo. Pero el ruido autocontiene su realidad de modo que no se la puede extirpar de él. El mundo es, así, algo que suena y que no puede negarse, porque negarlo es hacerlo sonar de nuevo, solo que de modo distinto.

Podría decirse entonces que lo real es música y oído, como una sola cosa. Lo mismo puede decirse de cualquier otra de las cosas que llamamos (ya se ve que el sonido no nos abandona) dimensiones perceptivas o “pruebas de la existencia del mundo exterior”.

Cuando la filosofía empezó a existir, logró hacerlo por una maniobra tecnológica extravagante: arrancar el sonido de lo sonoro y pasarlo a lo visual. Y en esto es irrelevante si lo primero fue la inscripción, o la voz. Lo que nos interesa es el tipo de vínculo entre ambas, esa sinestesia llamada escritura. Este pasaje de lo actualmente real que suena a lo que puede verse tiene consecuencias bastante terribles, porque como toda traducción, implica una traición. La traición que lo escrito le hizo a la música es la traición de haber hecho que algo que es por naturaleza indetenible, se volviese detenible. Porque la música, el sonido, son fenómenos dinámicos, sin existencia conocida en lo estático. No se puede frenar de ninguna manera una voz que habla o canta, porque es lo mismo que apretar con las manos un diapasón que vibra: el resultado es la muerte del sonido, y de él no queda absolutamente nada. O está existiendo, o no —y el gerundio es la forma del verbo más cercana a la experiencia espontánea de estar vivo.

Se pinchó la mariposa musical en el tablero de arcilla, la piedra o el papiro de la escritura. A cambio, el mundo pudo empezar a ordenarse acumulativamente. La escritura fue así el método para detener las cosas y reorganizarlas y construirlas en series interminables, cosa que oralmente no puede hacerse debido a las limitaciones de vida y tiempo. También se inventó mucha cosa que antes no era. Las primeras discusiones conceptuales no eran realmente polémicas —por ejemplo, la que supuestamente “enfrentaba” a Heráclito y Parménides, completamente inexistente como tal en tiempo y espacio, salvo en la codificación posterior— sino discursos que cantaban en paralelo —y cantaban es literal, porque eran poesía—, pero a partir de que se pudo fijar el sonar de X, a éste se le pudo contraponer el sonar de Y. Inventada así la prosa filosófica, millones de falsas oposiciones dieron origen a un orden que desespera, desde su origen mismo, de ordenarse definitivamente.

Ahora bien, el giro que interesa aquí de todo esto —pues el cuento antedicho se puede llevar para cualquier sitio, en la medida en que uno, precisamente, sea capaz de escribir— tiene que ver con el modo cómo la desaparición bastante veloz de la capacidad de leer y escribir en el sentido lineal acumulativo antes descrito está condicionando las creencias respecto de la realidad, generando ilusiones de que se puede dar por sentada la escritura sin conocerla o emplearla. Y trayendo como consecuencia, también, la desaparición consiguiente de la filosofía como práctica cultural. La desaparición de lo escrito de la mente colectiva, que comporta la desaparición en la mente de las maestras, a continuación desaparición en las escuelas, que suplantan el escribir por cualquier otra forma no lineal ni “aburrida” de estar en el mundo, etc., comporta una pérdida de una armonía musical muy compleja, que es la del lenguaje. Y la presunta pérdida de importancia de lo lineal es ilusión, porque seguimos estando en una cultura que precisa la escritura para desempeñarse (ciencia y tecnología, comunicación conceptual e histórica, narraciones y discursos, administración del Estado, finanzas, ley...), en la que no saber escribir es garantía de que el poder real, los derechos, la libertad de autodeterminarse, estarán lejos y serán incontrolables.

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¿Cómo será, pues, un mundo futuro que haya olvidado mayoritariamente la escritura y sus “aburridos y autoritarios” logros lineales y acumulativos? Hay posturas pesimistas y optimistas al respecto. Una de las posturas pesimistas más populares es pensar que la pérdida de la tradición escrita y sus saberes y hallazgos hundirá a la humanidad en una nueva Edad Oscura, llena de autoritarismo, violencia y elitismo. O, teniendo en cuenta la abundancia relativa de objetos y alimentos en que parece nadar la tierra últimamente, se puede decir que será una época caracterizada por la existencia de una elite refinadísima y todopoderosa y, más allá de ella, por una masa incalculable de seres semihumanos que se dedicarán al más espeso de los entretenimientos, teniendo la panza llena y el cerebro vacante.

En cuanto a las posiciones optimistas, hasta donde sabría intentar formularlas hoy, tienen dos ramas, las cuales van más o menos así. La primera es la de énfasis tecnológico. Dice: lo que se está procesando es el derretimiento del mundo tal como se lo conocía, sí. Lo que se está disolviendo y picando fino hasta la pulverización es la materia del mundo hasta ahora, sí. Y esa pulverización es justo lo necesario ahora para crear un tipo nuevo de humanidad cuya existencia y problemas no tendrán nada que ver con las angustias filosóficas del pasado —cuya necesidad habrá desaparecido. Semejante hombre nuevo estará en control de su propia vida porque, gracias a la tecnología, dominará los mecanismos de su propia continuidad. La muerte no existirá más, apenas se logre decodificar la información hoy guardada en la mente (lo que antes se llamaría “la experiencia de una vida”) y trasvasarla intacta (vía alguna forma avanzada de wifi, por ejemplo) a un nuevo recipiente corpóreo (de diseño, y creado por biotecnología). En tiempo real, la autoconciencia de cada sujeto irá siendo “respaldada” a alguna suerte de disco duro central, y aun si una muerte no planificada sobreviniese a su cuerpo físico —si usted se revienta con el coche en una autopista, por ejemplo— el Estado o los privados a quienes se haya tercerizado el manejo de las Existencias Terrenas le proveerán un nuevo cuerpo de acuerdo al contrato de seguros que usted haya firmado, y munirán tal cuerpo con el estado de conciencia y existencia que usted haya alcanzado antes de tener el accidente. Morir será de verdad, por primera vez, nada más que un accidente.

No hay nada extraño en todo lo anterior, apenas uno entiende que podríamos, perfectamente, ser seres recursivos, creados por un ser que se salió antes que nosotros de la sopa originaria, y que evolucionó como nosotros lo estamos haciendo hasta lograr crear una suerte de simulación de sí mismo que se convirtió en un universo, y lo habitó. Nosotros estaríamos llegando a ese punto en el que seremos capaces de re-crearnos y de crear a otros a nuestra imagen y semejanza en una simulación computacional suficientemente autónoma y compleja; y esos otros no sabrán que somos sus dioses, pero lo intuirán porque estará en ellos.

En fin, resuelta definitivamente la angustia metafísica, la latitud de la dimensión entretenimiento en un mundo así previsto es descomunal. No sólo habrá tiempo para jugar a todos los juegos concebibles y probar todas las formas concebibles de autoconstrucción y autodestrucción, sino que la inexistencia del castigo será efectiva en la medida en que nada tendrá consecuencias serias para los demás.

Así, el delito pasará a ser, a lo sumo, una molestia, puesto que aun matar y descuartizar al prójimo comportará a lo sumo el trabajo de rearmarlo en algunas horas y ponerlo a funcionar de nuevo, evitándole acaso —si el seguro así lo permite— tener que revivir la pena y el dolor que sintió durante su propio asesinato. Clubes sadomaso de asesinos y víctimas se formarán en cada barrio, y el club, por una modesta cuota mensual, podrá proveer a los miembros con la experiencia efectiva de ser asesino o ser víctima, trayéndolos de vuelta luego de la muerte, con cuerpo nuevo y sano, a las sesiones de comentario posteriores en donde los verdaderos actores del crimen podrán abrazarse, departir, y aun intercambiar voluntariamente roles.

Pero además de ello, y más importante, la experiencia del mundo no tiene por qué limitarse al cuerpo y conciencia que Dios (o el creador de nuestra Simulación) le dio a uno originalmente, sino que todas las posibilidades alternativas están abiertas. Por ejemplo, uno puede elegir existencias sucesivas implantándose toda, o parte, de la conciencia de un tercero. Así podrá, quien quiera, ser cualquier celebridad, con tal que la experiencia vital de ésta última se haya puesto a la venta en el mercado. Quienes piensen que eso no ocurrirá en base a cualquier prejuicio de exclusividad se engañan: nada será exclusivo, puesto que el acceso a la “caja negra” del sujeto estará abierto de par en par. En un mundo así, lo único inalcanzable será la experiencia del mundo de quienes hayan muerto antes de que el dispositivo estuviese pronto y comercializado. Nadie podrá ser Platón, Alejandro Magno, ni siquiera Aparicio Saravia o el Che Guevara. Clubes de intercambio de personalidades podrían funcionar con mucho éxito, pero el pasado-pasado será la única ficción inalcanzable. En este mundo la escritura cumplirá sus funciones tecnocientíficas de modo duro, y sus funciones narrativas de modo soft —puesto que la garra de la escritura histórica, cuando una ficción era el único camino abierto a rozar la trascendencia, no tendrá ya razón de ser. Un mundo sin misterio es un mundo sin ficción ni poesía ni religión. 

Esa es la primera de las dos opciones optimistas, y para algunos es exultante e ilimitada. Una celebración inacabable del orgasmo de la variedad y el cambio sin consecuencias. La segunda opción es bastante distinta, porque, más restrictiva, no acepta que esa abstracción indefinible, el contenido de la “experiencia de una vida” pueda nunca ser recuperado o apresado, y por tanto, salvado y trasvasado a otro estuche o envase. En este sentido, si bien la vida física podría prolongarse a niveles que podemos imaginar, gracias a ingeniería genética, implantes, etc., creando suerte de cyborgs cuasi-inmortales, la mente seguiría siendo personal, y seguiría estando inaccesible a cualquier otro salvo su “propietario original”. En este segundo mundo posible, se crearía rápidamente un mercado de la sobrevida, y ésta sería, previsiblemente, una de las cosas más caras que existirían. Se podría adquirir más y más años, décadas, aun siglos de vida, pero a costo altísimo, y el resto seguiría más o menos como ahora, sólo que disponiendo de una capacidad de entretenimiento que habría crecido exponencialmente respecto a la actual. En un mundo así, es posible incluso que la escritura, igual que la técnica y aun el conocimiento de la existencia de la posibilidad de sobrevida casi ilimitada, se convirtiese en saber esotérico, oculto a los más. El hombre volvería a trabajar y divertirse, pero obligado a un temor ceremonial a semidioses que, por su posesión de la escritura y del secreto de la vida larga, le dominarían tanto efectiva como espiritualmente. La correcta elaboración retórica de discursos, por parte de estos gerontes, que hiciese efectiva la creencia en un ayer mitológico que funda la autoridad y poder de hoy —hacerse todos ellos, por ejemplo, descendientes por línea directa de un tal Albert Einstein, o de Carl Sagan que resulta más mostrable— dotaría de sentido las vidas de los subordinados ágrafos. Las cosas a transmitir se simularían en 3D o se pintarían, y la gente—como ya pasa a muchos niños y adolescentes de hoy—tendría una gran creatividad metafórica pero nula capacidad para construir o comprender largos argumentos. Lo que no se percibiese en un flash combinatorio instantáneo, no existiría. La natalidad en ambas opciones deberá estar, como es obvio, estrictamente controlada. No solamente por los problemas que causaría para la supervivencia de la humanidad toda, sino porque los métodos alternativos de hacer gente, más controlados y voluntarios, convencerían a la mayoría de lo innecesario de la reproducción salvaje, antes llamada “natural”.

***

Ahora bien, en este mundo, y en cualquiera de los que vengan, lo que suene aun podrá sonar bien, mal o regular. Ese absoluto del sonido y el oído, curiosamente, parece estar más allá del alma y de la materia, del sentido y de la cultura, del cuerpo y de sus prótesis. Si el lector revisa las utopías o futurologías detalladas en los párrafos anteriores, donde todo cambia, lo único que no parece ser afectado es el sonido. Así, se podría proponer una continuidad entre la Humanidad pre y post cambio de era. Ambas pueden ser entendidas como el proyecto de sonar mejor cada vez. Esto nos daría a todos una herencia común en las muchas músicas que hemos inventado e inventaremos, de las cuales no la más admirable acaso, pero sí la más compleja, son los lenguajes y los discursos, con su sentido y su música siendo en un solo haz. La escritura queda redefinida así: es el mecanismo de grabación del biensonar de la humanidad a lo largo del tiempo. Si el sonar bien fuese nuestro proyecto continuo, salvar la tradición escrita sería algo bueno, al menos porque nada puede sonar bien dos veces exactamente del mismo modo, salvo que se lo grabe. Eso que llamamos armonía, música, es el último factor misterioso, presente en cualquier mundo simulado o no como fundamento. Como si cada ser recursivo que existe tuviese que recuperar su capacidad para sonar bien.

 

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