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Amir Hamed
ISSN 1688-1672

 


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          CONTRA EL “MARCO TEÓRICO”

Los espectros de Derrida

Aldo Mazzucchelli

A los estudiantes de las carreras en ciencias sociales y humanidades de nuestras universidades pública y privadas se les estimula, todavía, a escribir algunas cosas. Éstas tienen, en general, sobre todo tres formas en orden creciente de proliferación de páginas: el informe, la monografía, y la tesis. Para la redacción de éstas se ha convertido en un lugar común el solicitar que el estudiante haga explícito lo que se llama su “marco teórico”. En el caso de las tesis, en general se exige que dedique un capítulo entero al asunto.

La idea parece natural. El estudiante tiene que “inscribir”, como se dice, su aproximación en las aproximaciones anteriores y existentes, y dar cuenta honestamente de ello. No le habría llegado aun el tiempo de pensar por sí mismo, sino de ocupar un puesto de apariencia más humilde, ver lo que otros hicieron, y mostrar que ella o él también puede participar de esa conversación imaginaria que ocurre, en su mayoría, por escrito y sin ocurrir —pues los teóricos no leen casi nunca las tesis de quienes los citan en el Uruguay, y por tanto, no conversan casi nunca con ellos.

Descartado un muy beneficioso efecto de estimular la humildad, que es el que factiblemente menos se logra, hallo que la idea tiene más problemas que puntos a favor. Para empezar, la idea misma de exigir un “marco teórico” parece presuponer que, sin él, la tesis o el pensar quedaría huérfano de fundamentos. Eso es posible porque la “teoría” (que no es lo mismo que la filosofía, por cierto) ha venido a tener que ver, muy lejos ya de la proverbial modestia socrático-platónica del diálogo, con nociones de control. Quien se hace adepto a una “teoría” pocas veces elude la sensación (aunque no lo diga) de que ahora tiene más dominio, más claras las cosas que los demás, y que una teoría proporciona una suerte de “método para llegar a conclusiones fundamentadas”. Esto es en general falso, y hace mucho que ha sido notado, por lo cual hace mucho que los practicantes inteligentes de la teoría han empezado a considerarse a sí mismos como cultivadores de un género específico —varios de ellos a menudo piensan que se trata de un género más difícil y algo superior, aunque creo que la predilección de la teoría por las jergas demuestra que es un género dotado de muletas. Sin embargo, y pese a esa declarada autoconciencia de irrelevancia aplicativa y práctica (los buenos teóricos no creen ya, porque es de mal gusto teórico, que las teorías tengan que ser algo “aplicable”), el truco ha consistido en institucionalizar “la teoría” en departamentos aparte, como si no fuese un género literario más, sino como si fuese una entidad cuasi científica. Es así que —dentro de los campos de las letras y la filosofía, al menos— las vertientes “teóricas” recabaron durante algunas décadas creciente prestigio, a expensas de las formas tradicionales y libres de cultivo de la escritura que habían dado origen tanto a una como a la otra.

Que en las teorías que son, con justicia, más reconocidas, esta sabiduría sobre la práctica haya dado lugar a ensayos “teóricos” que son una forma atractiva de tramar una narrativa paralela a la de la experiencia, no hay duda. Pero esto es verdad para el creador de la teoría (sea Foucault, Saussure, Marx, Hegel, Peirce, Luhmann o cualquier otro). Y quien haya frecuentado sus teorías y haya rehecho esas conexiones en base a su propia experiencia, probablemente dejará de sentir la necesidad de citar a esos autores, y con naturalidad se apropiará de lo que sea que sus teorías tenían para ofrecerle. Ese dejar de citar es un buen síntoma de sabiduría. Aunque ello no se debería confundir con la ignorancia, o con el conocimiento casual y el name dropping —que tampoco citan, pero porque creen que nadie más ha pensado, entendido y debatido sobre la tierra, o al menos, que es inútil informarse de ello. Esta última es al parecer una de las formas más comunes de estar en el mundo, muy favorecida por la proliferación de información y la democratización comunicativa electrónica, y no debería confundirse con el asunto que interesa aquí. El fingimiento de conocimientos en base a la mención de nombres prestigiosos es lo contrario de leer y de pensar, y si no fuese por su completa irrelevancia y porque le da su justo merecido a quien lo practica, podría hasta ser algo malo.

En segundo lugar, el famoso “marco teórico” cumple, en el estado actual de nuestra educación, una cierta función autoritaria y de resguardo de las limitaciones del profesor. Un profesor, multiempleado, acosado por la complejidad inabarcable, y enfrentado a alumnos a los que la sociedad casi no les sugiere ya que estudiar cuestiones desinteresadas o vinculadas a un pensar filosófico tenga algún sentido, se defiende haciéndose fuerte en algunas “teorías” (seamos precisos: generalmente, en divulgaciones secundarias de teorías). Las teorías tienen varias ventajas en el caso. Primero, hacen parecer que el profesor sabe algo, pues después de todo, puede repetir los términos de algunas teorías y conectarlos entre sí de modo mimético a como se le aparecieron conectados en la teoría. En segundo lugar, ligan al profesor cronológicamente antes que al estudiante con un nombre prestigioso —uno que puede verse en la tapa de los libros, en las páginas web, en las librerías, en las bibliografías y las conferencias, y que a menudo el aparato cultural ha adornado con alguna épica personal bajo los auspicios de algún romanticismo epigonal. Esta prioridad de la ligazón parece dar al profesor una suerte de jerarquía superior respecto del saber. Superior, esto es, respecto del alumno, que llegó al nombre (y a la teoría) después. Esto, bien pensado, es tan irrisorio que da pena, pero funciona. No por llegar después a un nombre va alguien a comprender peor lo que esa persona dice. Sospecho que es una vez más la ideología del progreso, con su andurrial de la originalidad y el primereo, lo que opera aquí.

La teoría, en tercer lugar, tranquiliza falsamente, cumpliendo una función tribal, funcionando como rito de pasaje. Pues el asunto de quién está legitimado para pensar coincide, sospechosamente, con determinadas opciones político ideológicas y bloquea —por metonimia y contagio de autoridades— la tendencia a ver las cosas de cualquier otro modo. Así, incorporar una jerga teórica es pasar a ser parte de una tribu. De modo que la ideología de la “teoría” se ha convertido en el pasaporte del control ideológico que el sistema en que vivimos ejerce sobre la gente.

En especial sobre los estudiantes, sobre quienes la “teoría” tiene una función disciplinadora ideológica: sirve para que el profesor y la institución educativa se asegure que los estudiantes arrancan su legitimación profesional ya inscriptos en una forma ideológica de ver la sociedad y la persona. Y de ahí el prestigio que se le asigna a la “teoría”, y al exigir “marcos teóricos”, como si fuesen algo. Así, la deconstrucción o las teorías de la subalternidad, la victimización de las minorías, o la defensa sesgada de los “derechos humanos” han sido, en las humanidades de las últimas décadas, tan sólo formas de la ideología democratizadora de mercado en ropaje científico. La teoría se ha convertido —a partir de la objetivización general del conocimiento humanístico que fue la consecuencia de su entrega de origen a la legitimidad de las ciencias exactas— en la legitimadora institucional de tal ideología global de mero mercado.

***

 ¿Cuál es la alternativa? Reaprender a leer en libertad, sin ningún respeto a priori por los oropeles teóricos de ninguna especie. Si es oportuno citar, que se cite, pero nunca partiendo de un saber prêt-à-porter como el que entienden a menudo los estudiantes bajo la noción de “marco teórico”. Como ya lo adelantaron los muy ninguneados Ben Michaels y Knapp hace 30 años, la teoría es una empresa engañosa, una pretensión de poder, un gesto de control de los metadiscursos, no fundada en nada reconocible, salvo su propia legitimación institucional. Sin “teoría” no habría ninguna consecuencia catastrófica para nadie, pues el pensar y el escribir bien seguirían siempre en plena vigencia.

En las humanidades, y en parte en las así llamadas “ciencias sociales” (en la parte que no depende de procedimientos matemáticos y cuantitativos), el conocimiento que se pretende aparezca en las monografías y las tesis no ocurre por una acumulación lineal, del tipo que la noción de “inscríbase usted primero en el marco teórico” presupone. Más bien ocurre escribiendo (es decir, pensando) bien. Y esto lleva naturalmente a una última sugerencia: un estudiante no debiera confiar en ningún marco teórico como algo que le proporciona un sistema para pensar, porque tal cosa, tal sistema, no existe.

Dicho más breve: pese a sus ínfulas, y salvo en los esquemas institucionales del poder académico, nunca ha existido la “teoría”; lo que siempre ha existido son ensayos. Pero los ensayistas se equivocan por definición. Un buen ensayo, largo (la Fenomenología del Espíritu de Hegel, o Ser y Tiempo de Heidegger, y hasta Social Systems de Luhmann), aunque así se los haya venido a llamar, nunca son “tratados”, en el sentido agotador, alemán, exhaustivo y “científico” que la palabreja ha venido a connotar. Son ensayos extraordinariamente ambiciosos. Pero como todos los ensayos, y pese a que muestren una estructura que es la que le cupo en gracia a su realización —y nada más, y no un reflejo directo de la “forma de la idea”— están repletos de tanteo, de prueba / error, de sugerencias no acabadas. Y ese es el bien que hacen, y lo que les ha dado justísima fama. Como es justísima la fama del genio ensayístico de Derrida, e inconsútiles sus espectros, los “deconstruccionistas” y otros clones de su gesto, mamadores de una legitimidad que nunca podrían obtener de otro modo, salvo refugiándose en el hamster jergónico de los departamentos de teoría y en las intrigas palaciegas de las universidades. 

Carlos Vaz Ferreira había contrapuesto hace muchas décadas ya los riesgos del “pensar por sistemas” frente a las virtudes del “pensar por ideas para tener en cuenta”, y había observado, con algo de desazón, que las personas suelen quejarse cuando se les exige pensar las cosas en si mismas, caso a caso, y “piden contínuamente la fórmula, la regla, el sistema, que les ahorraría el examinar los casos”. Pero claro, tal fórmula no es practicable. Escribir, salvo que se trate de una demostración matemática, nunca es un proceso rigurosamente deductivo, ni una teoría tiene ningún valor de verdad salvo el que le da su factible elegancia ensayística, al viejo estilo. El que escribe un buen ensayo oculta y muestra, sugiere y deja pasar, abre y cierra, vela e ilumina. No es fácil ver qué se puede hacer mejor que eso al “teorizar”, y eso no es transferible a un estudiante —salvo ese sutil ejemplo que da siempre, en los buenos ensayistas, la buena escritura. O, al menos, quien escribe confiesa su ignorancia total de ejemplos en contrario.

 

 

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