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ISSN 1688-1672

 


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          LA NAVE DE BRANT

Locos o tontos

Carlos Rehermann

Locos y tontos solían ser lo mismo: ignorantes. Estultos, estólidos, estúpidos, necios y orates no eran, sin embargo, idiotas. Idiotas habían sido, entre los griegos, y antes de que el significado virara hacia la bobera, quienes solo se ocupaban de sus asuntos privados, y no se interesaban por las cosas de la comunidad. Eran quienes se despreocupaban de la política.

Un alemán apellidado Brant, que no hablaba muy bien el idioma del país (era, en ese sentido, un poco idiota) puso en páginas la idea de que un barco tripulado y gobernado por necios (es decir, “que no saben”) va derecho a un lugar preciso: el país de los locos, Narragonia (literalmente “locolandia”). Los alemanes, siempre empeñados en molestar a Roma, disfrutaban con el doble significado de “nave”: el término vale tanto para designar un barco como para indicar el espacio central de la iglesia, compartido por el vulgo, la nobleza y la curia.

La idea dio material a pintores, poetas, cantores y dramaturgos. La metáfora de la nave sigue siendo una de las predilectas de los políticos iletrados y no pocos murguistas. Pero más que metáforas acerca de naves, la idea más exitosa ha sido la de la estupidez humana. El libro de Brant inaugura la locura como género diferenciado de la estulticia. El loco empieza su camino hacia la obtención del título de enfermo; en cambio, el estúpido asciende hacia el podio de victimario, que comparte con el príncipe. Justamente El príncipe de Maquiavelo es pocos años posterior al Elogio de la estulticia, de Erasmo, a su vez un par de décadas posterior al libro de Brant. La defensa del gobernante se imponía, ante su caída en la bolsa de los estúpidos.

Lo bueno del malvado, si uno se ve obligado a elegir, es que sus actos son previsibles. El malvado sabe, sabe lo que quiere y sabe cómo funciona el mundo y por lo tanto uno puede tomar ciertas precauciones. El necio, en cambio, tal como indica la palabra, no sabe; hará exactamente lo que no hemos sido capaces de imaginar, o lo que hemos descartado debido a su sinsentido.

Pero esta preferencia es aplicable, y no siempre, apenas a la vida cotidiana, y no, pongamos por caso, a la disyuntiva entre Trump y Clinton. El hecho de que podamos prever que Clinton va a asesinar a algunos mandatarios y va a desatar algunas guerras no nos pone a cubierto de las consecuencias; la incertidumbre acerca de lo que podría llegar a desencadenar Trump no es peor que la certeza del desastre que será Clinton. Y de saberlo no se sigue que podamos evitarlo.

En un período de unos treinta o cuarenta años se publicaron dos tratados sobre la estupidez, se inventó la palabra utopía, se fundó la ciencia política y el cristianismo se partió en dos. El clima espiritual de la época disparaba tanto un manual para el gobierno eficiente, un centenar de tesis contra la venta de indulgencias o críticas mordaces contra el conjunto de vicios que nos definen como especie. Todas estas producciones intelectuales tuvieron un éxito notable. Los libros sobre la estupidez, especialmente, merecieron numerosas ediciones. Y se trataba de una época en la que no abundaban los lectores.

Quienes compraban libros en aquellos tiempos no eran muchos, y la mayor parte de ellos estaban muy cerca del poder: curas, aristócratas y comerciantes. Todavía los lectores estaban muy lejos de las clases que se beneficiarían con la revolución del siglo XVIII, y a distancias infranqueables de quienes, un siglo más tarde, intentarían darle a Marx, ex post liber, la razón. Las revoluciones de aquellos tiempos se fundaban, en parte, en la culpa de quienes se sabían estultos y ansiaban redención o cura.

Casi cuatro siglos debieron pasar para que a alguien, esta vez lejos de la autoridad eclesiástica (como habían sido los casos de Brant y de Erasmo) se le ocurriera de nuevo acusar a otros de estúpidos. Pero entonces ya se desdibuja la diferencia entre  el tema de estudio y el autor: la estupidez cunde. El médico francés Charles Richet empieza su El hombre estúpido (publicado en 1919) explicando que los negros de África son estúpidos porque no tienen laboratorios de física ni tratados de moral. Más o menos igual les va a los “amarillos” y a los “pieles rojas”, todos ellos “representantes mediocres de la especie humana”. Este premio nobel de medicina estaba orgulloso de haber inventado la palabra anafilaxia, y era un devoto practicante de lo que llamaba “metapsíquica”, afición al ectoplasma que lo emparenta con Arthur Conan Doyle, Helena Blavatsky, Franz Mesmer y Tu Sam. Advertía George Stratton, psicólogo estadounidense de principios del siglo XX de escasísima fama, que el prejuicio racial es una de las señales de estupidez más difundidas en el mundo; se encuentra en todas las comunidades,  incluso en la de los sabios que acusan a otros de estúpidos.

  

Un húngaro concienzudo publicó, en la década de 1930, una Historia de la estupidez humana que llega a las 900 páginas. István Rath Végh era abogado y juez, pero su mayor virtud fue la extraña selección de asuntos que trató: escribió una historia del cinturón de castidad, otra de la infidelidad femenina, una del matrimonio y una de las supersticiones. Fue autor, además,  de tratados de leyes, y no evitó la narrativa. De su libro sobre la estupidez, que venía a enmendarle la plana al imbécil de Richet (sí: no llegaba a estúpido el pobre) su compatriota Paul Tabori robó las trescientas páginas que le darían fama y dinero.

Este otro húngaro emigraría a Gran Bretaña luego de escapar por los pelos, junto a su madre, rumbo a Londres, donde ya estaba instalado su hermano Georg, de la misma suerte que sufrió poco después su padre, asesinado en Auschwitz. Georg es ese nacionalizado alemán del que hemos sufrido algunas tropelías dramatúrgicas puntualmente financiadas por los servicios culturales alemanes, en tiempos anteriores a la penuria europea de hoy. (¡Cuánto hay que agradecer a la miseria que los europeos no sigan enviándonos sus genios! Pero por desgracia, pronto la prosperidad ha de volver al viejo continente y de nuevo recibiremos muestras de su más reciente arte dramático).

Pues bien, Paul Tabori copió casi todo lo que le cupo en 300 páginas del casi millar del libro de Rath Végh. Vendió muy bien, vivió de eso y los estultos que se aguanten. No es que sea un libro malo; es que es una copia, aunque no lo dice. Técnicamente un plagio, de todas maneras lo más interesante de todo esto es que Tabori, fiscal de los estólidos, al igual que Richet era un devoto fantasmólogo. Fue el administrador de la herencia de Harry Price, notable estafador espiritista, lo cual no deja de llamar la atención: ¿por qué este intelectual políglota, fugitivo de los carniceros nazis, lo mismo que el racista premio Nobel de la inmunología, tenían esa predilección por el ectoplasma y al mismo tiempo esa preocupación por la estupidez?

El loco empieza a ser estúpido cuando deja de ser consciente de su locura. El buen loco, el loco de buena calidad, siempre, además de serlo, se hace un poco el loco.

Fingir es parte de nuestra dolencia; no podemos evitarlo.

Pero el estúpido no entiende por qué sonríe la gente cuando él aparece en escena. Quizá nuestro tiempo se distinga de los años de la Reforma en que volvemos a dejar de distinguir entre el necio y el loco. No es fácil saber si toda esta gente que nos gobierna es tonta o es orate. Sus expresiones vacías parecen indicar estulticia, pero sus actos ladinos hablan del típico fingimiento del loco.

En la nave de los necios de Brant no solo viajan los estúpidos. Viajamos todos. Quizá el lector nunca navegó en una nave donde viajara también un estúpido, y por eso lo noticiamos: lo que ocurre, indefectiblemente, es que en una nave donde viajan novecientos noventa y nueve sensatos y un necio, es que más temprano que tarde el necio es nombrado capitán.  Por qué ocurre esto no se sabe, a pesar de los estudios de Rath Végh y de Tabori. Pero es inevitable.

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