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Amir Hamed
ISSN 1688-1672

 


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          IDENTIDAD Y CULPA

El día del muftí

Carlos Rehermann

Broma castrense

En algunas escuelas privadas del
Uruguay, una vez al año, por lo menos, se celebra un “día sin uniforme”. Ese día los alumnos tienen permiso para ir a la escuela sin uniforme. En ese caso deben hacer una contribución económica, que se destina a alguna obra de caridad.

Esta extraña costumbre no es uruguaya. Está extendida en todo el mundo donde alguna vez gobernó la corona británica, y se instaló en comunidades encapsuladas dentro de otros países, como en The British Schools de Uruguay. En muchos países latinoamericanos, las escuelas que incluyen “British” en sus denominaciones suelen tener  una clientela de alto poder adquisitivo, y en algunos casos  se asocia a clases sociales cercanas al poder político. En los últimos tiempos el aura aristocrática que contagiaba aquella asociación con el poder se destiñe para abarcar a progenie de la farándula televisiva, hijos de inmigrantes chinos y toda clase de personas adineradas. Países como India y Pakistán, que fueron colonias británicas, mantienen sus “días sin uniforme” incluso en escuelas gratuitas y estatales.

En los años cincuenta algunas empresas estadounidenses radicadas en Hawaii lanzaron sus propios “días sin uniforme”, aunque con un nombre un poco diferente: “casual Friday”. La costumbre se mantiene, extendida ahora a muchas regiones del planeta que practican el culto del American dream. No se trata de escuelas, sino de empresas, y se hace los viernes (algunos viernes) como una forma de recompensa a los trabajadores que habían trabajado duramente durante los otros cuatro días de la semana. Ese día los varones pueden ir sin corbata (en Hawaii la costumbre comenzó con el uso de las camisas estampadas tradicionales del país) y las mujeres dejar a un lado el traje de chaqueta.

Un nombre común para esta clase de días sin uniformes es “Mufti day”, o “día del muftí”, denominación que se originó en el seno del ejército británico en ultramar. Al parecer se trataba, hacia fines del siglo XIX, de una broma para referirse al modo de vestir de los militares los días de permiso. Muchas veces los soldados simplemente cambiaban el uniforme por una bata, pantuflas y un gorro de dormir, ya que no tenían otra ropa aparte de sus uniformes, y esa vestimenta recordaba la ropa de los muftíes, los hombres de religión musulmanes que interpretan el Corán en las mezquitas.

Identidades

El uniforme es una señal de pertenencia, en cualquier ámbito que se use, pero el origen es indefectiblemente militar. No se puede considerar uniforme la túnica naranja de los hindúes, que proviene de la costumbre de manifestar a tal punto el despojamiento de las cosas de este mundo que usaban como ropa las mortajas que la corriente del Ganges arrojaba a las costas barrosas de limo anaranjado.

Una de las funciones del uniforme militar es el fácil reconocimiento del enemigo, aunque antes de que se estableciera esa costumbre numerosos ejércitos se mataban eficientemente sin confundir bandos, y, por el contrario, en tiempos recientes la más alta tecnología no impide que un porcentaje apreciable de las bajas del ejército norteamericano instalado en diversas regiones de Oriente sea producido por ataques dirigidos contra sí mismo, en actos denominados de “fuego amigo”.

Pero quizá la principal función del uniforme es la que tiene que ver con la identidad considerada en términos psicológicos: todos los soldados vestidos de igual forma pierden su identidad individual y adquieren una identidad de cuerpo. Al mismo tiempo las pequeñas señales que diferencian los uniformes dentro de un mismo ejército habilitan una rápida identificación de castas (clases, cabos, sargentos, etcétera), algo esencial en una estructura social jerárquica.

El orgullo de pertenecer al grupo que señala el uniforme es uno de los objetivos que busca la autoridad, porque se sabe que los seres humanos son capaces de las más fabulosas atrocidades si se sienten orgullosos de algo. Como la actividad militar consiste en una acumulación virtualmente infinita de burradas, es perfectamente razonable que se estimule el orgullo de cuerpo. La identidad, en un sentido de pertenencia y no de simple continuidad del yo, en realidad jamás se experimenta como tal hasta que se manifiesta como exclusión del diferente. No ser lo que yo soy es ser enemigo merecedor de la aniquilación.

Los uniformes de las escuelas tienen el mismo sentido, en términos generales. En Uruguay los alumnos de todas las escuelas usan uniforme. El uniforme de las escuelas públicas (túnica blanca) recuerda el sentido de los uniformes de austeridad de los sacerdotes hindúes y de los monjes medievales: practicidad y máxima economía. Es realmente notable y hasta emocionante la aceptación y naturalidad con la que la túnica escolar uruguaya se usa y caracteriza una gran parte de la historia del país como rasgo de identidad, ya no de los niños, sino de la cultura ambiciosa de justicia social de todo un país. Ese uniforme tan explícitamente puro que optó por no tener color, en un país que asesinaba por los colores, fue copiado por unas cuantas escuelas privadas, aunque progresivamente a lo largo de los últimos cuarenta años estas últimas lo han ido abandonando.

En la actualidad es raro que una escuela privada no ostente su propio uniforme. La moda es particularmente exótica: todos los uniformes de las escuelas privadas copian la moda británica, que sigue el dictado de la vestimenta tradicional escocesa (chaqueta Argyll y kilt, aunque con frecuencia, se usa un vulgar blazer más propio de un remero que de un escolar, my goodness!). En algunas escuelas pueden darse el gusto de usar incluso una falda con diseño de tartán, se entiende que para las niñas, claro.

El uniforme de las escuelas públicas uruguayas crea una identidad general: la de los escolares; no se trata de escolares que pertenecen a una determinada institución, sino que son escolares a secas; es una autoasignación de identidad que solo tiene ventajas, ya que lo que postula es que todos tienen derecho a pertenecer a ese cuerpo; y además (un asunto esencial) no hay enemigos. La túnica no se percibe como uniforme. Se pierde toda connotación castrense.

  

La estrategia va en concordancia con la meta de inculcar ideas de igualdad de derechos, y fue muy eficiente durante un siglo, pero últimamente la igualdad no es una meta para nadie, sino más bien lo contrario.

Cuando las escuelas privadas se separan del uniforme universal, comienzan a crear espacios de identidad exclusivos. Primero: somos privados, no públicos; segundo: somos del Saint Fulano, etcétera (empresarios ansiosos por una rápida asignación de britishidad para sus academias insisten en ponerle “saint” antes de un nombre preferentemente galés al de su instituto). De manera que, como ocurre con el ejército, la seña de identidad grupal tiene como significado principal el de excluir.

Pagar para pertenecer, pagar para no ser

Un halo de locura rodea el día sin uniforme de los colegios privados. Probablemente los exaltados discursos acerca de la tragedia de la enseñanza nacional, generalmente proferidos por padres de alumnos de colegios privados, tiene alguna relación con la lógica purgatorial que rige esa ceremonia. Así como los generales profieren arengas con la finalidad de aumentar el orgullo de pertenecer al ejército y facilitar de ese modo las tareas de asesinar y hacerse matar, los directores de las escuelas intentan estimular el orgullo de ser alumno de la escuela, aunque es lícito sospechar que se trata más bien de fomentar el orgullo de los padres por pertenecer al grupo de quienes envían a sus hijos a esa escuela.

En países conspicuos como Gran Bretaña, Canadá y Nueva Zelandia, el día sin uniforme suele recaudar fondos para ayudar a los niños de África. La conciencia imperial de los niños se mantiene así en un nivel medio de atención. En India, Pakistán o Uruguay, las recaudaciones suelen ir para obras sociales nacionales. En el hemisferio norte los niños pagan alrededor de un euro (o una libra) para poder ir sin uniforme. En Uruguay la cifra suele ser mayor, porque en este país la comida, la ropa y la beneficencia son más caras.

No hay que ser psicólogo para entender la estructura de culpa de clase que sostiene todo ese aparato filantrópico.

¿Por qué alguien que está orgulloso de vestir un uniforme que lo identifica como perteneciente a determinado grupo social paga para no usarlo? El acto de pagar no es un simple intercambio de objetos de cierto valor equivalente. Pagar con dinero es otorgarle a la cosa comprada el significado que da el signo monetario. No es posible comprar sentimientos, valores morales o identidades.

Los europeos que el día del muftí reúnen dinero para los niños hambrientos de África cumplen con un ritual educativo que los confirma en los valores imperiales en que son educados; la culpa es concreta y se desplaza fuera de su característico lugar de clase. Las viejas colonias reciben una compensación por los servicios prestados a la corona. Al mismo tiempo, el valor educativo de pensar en los africanos es valiosísimo: de esa manera los escolares no perciben que tal vez dentro de su propio país hay algunos cuyo trabajo y cuya miseria contribuyen al mantenimiento de su buena educación.

Quien actúa con culpa no suele ser consciente de la claridad con que la expresa. Pero la interpretación parece clara. En el día del muftí me despojo de mi identidad de clase; a cambio, cedo un diezmo para beneficiar a la clase que explota mi clase, de la cual vivimos y con cuyo trabajo nos enriquecemos. Purgo mi culpa con un ceremonial de despojamiento de las vestiduras que me designan. El pago me libera de mi identidad.

Así interpretaría las cosas la izquierda, en caso de que aun existiera. En cambio, examina con ansiedad los modos de crear identidad de las escuelas privadas, para tratar de dar con una clave para el éxito.

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