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Amir Hamed
ISSN 1688-1672

 


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          DICCIONARIO DE SANDINO NÚÑEZ

Lexicón para días malos

Amir Hamed

1. De oradores

Si alguien se pregunta por las Humanidades, o por la finalidad de las Humanidades hoy día, baste recordar la defensa que de ellas hacía Cicerón, filósofo del siglo I, en El orador. Quienes no conocen la Historia, afirmaba, son como niños (es decir, creen que todo empezó con ellos, o que manejan una lengua infantil, desposeída de toda genealogía, de Historia, de filiación).

No cualquiera puede aprender de entrada con Cicerón. Por ejemplo, es probable que las más tempranas lecciones de oratoria que haya recibido este columnista no ocurrieran en un aula sino en cierto espectáculo ambulante que, en su infancia y adolescencia, desarrollaban los vendedores de autobús. Estos individuos enfrentaban a su audiencia abriendo su invariable perorata con un “respetables pasajeros que hacen uso de este medio de transporte colectivo”. Las fórmulas perviven a quien las haya creado, y estos vendedores eran obedientes, sin saberlo, a Quintiliano y, por supuesto, a Cicerón, quienes prescribían que el orador, antes que nada, debía captar la benevolencia del público, en este caso una apiñada muchedumbre, en su mayoría de pie.

Ante ese ganado cautivo la audiencia y desde el mismo vértice en que, en un avión, una azafata suministra señas instruyendo cómo vomitar, respirar, protegerse o evacuarse por las puertas de emergencia en caso de catástrofe, el vendedor, impertérrito, profería un “bárbaro y sensacional”, que de alguna forma hacía entender que lo que allí estaba pasando era una anomalía, una oferta inverosímil que el azar, o Dios, nos había puesto bajo las narices. Acto seguido, faltaba más, nos enterábamos de que el producto anunciado era, invariablemente también, “útil y práctico”, algo “que no puede faltar en la cartera de la dama ni en el bolsillo del caballero”.

Así, incluso sin conocer de tropos y figuras, uno por un lado se iba enterando de las lindezas del pleonasmo en esos adjetivos que se amontonaban sin casi agregar información. O más precisamente, uno se daba cuenta de que el pleonasmo era evitable, que no agregaba sino que debilitaba, porque estos oradores proferían un bárbaro que nada tenía que ver con los bárbaros, aquellos que hablan una lengua que nadie entiende, sino que remitía a la desmesura y a una semi-indecibilidad, para la cual podía disponer otros adjetivos, intercambiables e igual de innecesarios, que le resultaban sinónimos: colosal, maravilloso, espectacular. El bárbaro, decía Aristóteles en su Retórica, fascina porque dice de forma anómala (entiéndase diferente) lo que conocemos; es un orador bárbaro, para decirlo llanamente, porque su extrañeza fascina (ésa, no otra, es la fascinación de los acentos, en que el otro extraña lo que tan familiar nos resultaba, antes que lo dijera).

A fin de cuentas, estos vendedores hablaban más de sí que del producto. Eran oradores bárbaros y se los dijera más específicamente asiáticos, caracterizados, según Cicerón y Aristóteles, por un estilo hinchado, sobrecargado pero desprovisto de sustancia. Aunque uno no supiera por entonces qué era un orador asiático, sí le quedaba claro que aquello que oía era una descomunal morondanga, ni bien se caía en la cuenta de que el destinatario de semejantes elogios (repítase: invariablemente recibía esos calificativos) era peines, peinetas o espejitos, pastillas mentoladas, porta documentos, dedales, agujas, portarretratos de plástico, clips, bolas de naftalina (o juegos de peine y espejitos, de agujas, dedales y alfileres, o postales, o broches de pelo y clips). La hinchazón de sentido, o mejor de sinsentido, iba quedando por un lado diluida cuando se llegaba al penúltimo punto, el carácter de imprescindible, o infaltable, del artículo en cuestión, si bien, por otro lado, la hinchazón se maximizaba llegado el punto final de la disertación, cuando se nos hacía saber su irrisorio precio, ya más acorde a sus materiales (plástico, nylon, hojalata, cuerina, poliéster, etc.). “Todo esto”, repetían paroxísticos los vendedores, “al increíble precio de”, un precio que se podía pagar con tres monedas o con un billete.

2. De males

Esta tumefacción verbal, reminiscente de la que denunciaba Longino en el siglo III como tenebrosa confusión de hinchazón con sublimidad, venía a ser un sobreprecio o fetichización del objeto: un peine, incluido el ciberpeine más inteligente que podamos imaginar, no puede jamás devenir algo sensacional. Esa hinchazón, agréguese, parece haber desaparecido de los autobuses montevideanos, que ahora ya  casi no patrocinan vendedores ambulantes sino músicos por lo general desafinados, tal vez menos espectaculares o bizarros, pero no menos nocivos para el tímpano. El espectáculo semoviente del autobús perecería haber trocado la hinchazón del verbo por una desasosegante inarmonía, acaso porque la verborrea insignificante ya se ha hecho, no con los respetables pasajeros de este transporte colectivo sino con el mundo: casi nada de lo que se dice, se repite y se viraliza en los últimos tres lustros parece tener sentido. Todo es spinning, un retórico retorcimiento de los hechos, al que muy sueltos de cuerpo, publicistas y políticos llaman sesgar la información. Así, por ejemplo, convierten la más que discutible "implosión" de un monumento como el Cilindro Municipal de Montevideo, como ha señalado recientemente Carlos Rehermann en interruptor, en un acontecimiento jubiloso, cuando debería ser documento de incuria.

Algún distraído podría esgrimir que son estos vendedores una especie extinta o semiextinta precisamente porque la sensibilidad imperante en estos días es más afín a censurar al vendedor por prejuicioso que por barroco amontonador de chucherías verbales. Es decir, hoy el vendedor es rápidamente reprochable por andar etiquetando roles de género y no por andar prodigando un chorro casi coprolálico de barbarismos, sinsentido y hablas rotas. Es decir, hoy la primera reacción de muchos (pavloviana reacción, añádase) sería amonestar al vendedor no por atropellar el sentido sino por su ceguera ante problemas de género. ¿Por qué, por ejemplo, no referir a la unisex riñonera? ¿Por qué olvidar que las mujeres, a las que tan bien les quedan los pantalones, también si se les antoja pueden usar billetera? ¿Por qué no pensar la existencia de sensibilísimos diseñadores que producen carteras y billeteras para el tercer y cuarto sexo? Es que el tercer milenio, a todos luces, amaneció dispuesto a tolerar el barbarismo pero no la incorrección política, y así comenzó festejándole a George W Bush el solecismo de decir nukelar, en vez de nuclear, para luego ir aplaudiendo sus ruinosas invasiones en Oriente Medio y Asia Central. Cuanto más podrido, alterado y bochornoso el lenguaje, incluso el de los gobernantes, más celebrado será, como de alguna forma supo en su día Aristóteles y bien ha aprendido Uruguay, país que en el último lustro ha ido amontonado legislación que, cuando no ha sido declarada inconstitucional, queda sin aprobar por problemas de redacción, o libera a los mismos que, como los hermanos Peirano, poco atrás el Estado había recluido por estafas consideradas delito de lesa nación.

Es que hoy el bárbaro fascina y, revirtiendo los términos del chiste de otrora, hablar mal no solo no cuesta un carajo sino que da un beneficio de la gran puta.

Semejante estado de cosas, es decir, de putrefacción del logos, fue denunciado por este columnista hace siete años en un libro titulado Mal y neomal. Rudimentos de geoidiocia. El neomal era definido, en ese libro, como emblema de los tiempos, o de este nuevo siglo; el neomal no intenta combatir el mal, como un médico combate un organismo o un estadista el mal social, sino inocularlo, viralizarlo, hasta que se haga con todo. Así, enancado en el flujo incontenible del capital, el mundo podrá llegar, por fin, a su tan anunciado fin. Se entendía esto es, entendía el libro que el neomal es una etapa particular de la Historia, una sobrevida, por la cual la teleología moderna, es decir, la Aristotélica búsqueda de finalidad que la Historia había asumido para sí, y que en su momento se había solapado a la escatología cristiana el estudio y apología del inevitable cese de los tiempos retrocedía hacia su origen el Apocalipsis en una doble articulación o lengua bífida, por la cual lo teleológico, es decir, el combate contra el mal en nombre de la salud social, se convertía en la conmemoración del mal como indicador celestial del Fin de Todo.

Así, los gobernantes á la Bush, celebran secretamente todo deterioro y cataclismo como indicios del advenimiento del Juicio Final, mientras fingen estar contritos por temas mundanos, es decir, por combatir los males del mundo (el terrorismo islamista, las catástrofes naturales, las crisis económicas, etc.). A nadie puede extrañar que, salido de escena Bush, haya sido necesario representar este afán de cierre, de liquidación por clausura, y que el protagonista más emblemático de un lenguaje que se contradice sistemático no sean siquiera esos gobernantes criollos que “como te dicen una cosa te dicen la otra” sino el zombi, ontología regresada, como Cristo, de la muerte, si bien en su caso incapaz de articular lenguaje, deseo, o siquiera voluntad.

3. Analítica

Durante el lanzamiento Mal y neomal, que tuvo lugar en la Biblioteca Nacional, en Montevideo, uno de sus introductores, viejo amigo del columnista, Sandino Núñez, señaló que el libro denunciaba y describía el neomal, pero no lo analizaba. Es decir, era una descripción del mal de hoy (el neomal) pero no ejercía una analítica. Antes de agregar cosa alguna, dígase sin más que el amigo tenía razón: Mal y neomal no practica una analítica, aunque sí, cabe entender, genealogiza el neomal y la idiocia (el idiotes es el desentendido del bien común o político; el zombi o el que aguarda el Apocalipsis están desentendidos del mundo), rastreándolos hasta esas bases escatológicas del Cristianismo que el Vaticano nunca logró esconder suficientemente bien y que el protestantismo, liberador de la usura, también ha liberado, lo que se puede leer de la siguiente forma: un católico puede serlo a condición de no leer jamás la Biblia; un protestante, obligado a leerla, está convencido, desde siempre, de que el mundo se termina ahora.

Cabía una respuesta en aquella oportunidad, que el columnista calló, por obvia, y bien hizo en hacerlo: quien pretendiera una analítica que la escribiera y esto, precisamente, es lo que ha sucedido ahora, siete años después, cuando Sandino Núñez acaba de publicar su Breve diccionario para tiempos estúpidos. El libro, cuyo subtítulo es Observaciones oscuras sobre ontología pagana, se presenta, en su prólogo como una “analítica de la estupidez”. Ante esto, el columnista, en primer lugar, debe remontar, como acaba de hacer, aquellos siete años de elaboración, cuya filogénesis acaso haya que ubicar en la Biblioteca Nacional, o camino a ella; de inmediato, sin embargo, debe agregar que esta analítica está cargada de bondades. Se suele decir que todo escritor y Sandino es uno de los buenos incuba el deseo, más o menos encubierto, de escribir un diccionario (algo que puede remontarse a los enciclopedistas, pero también, a lexicones más íntimos, como el Diccionario del Diablo, de Ambrose Bierce, o el Diccionario del argentino exquisito, de Adolfo Bioy Casares); para un escritor, cada palabra resuena no solo en su articulación paradigmática sino además en la sintagmática; es decir, resuena allí donde se la dice, en su contexto, contra todas las otras que han sido enunciadas antes y después en la cadena discursiva.

Resuena, en efecto, y es aislada en su resonancia. Pero Sandino, por otra parte, es efusivo filósofo, y los filósofos también han venido compilando diccionarios, siendo los más sabrosos precisamente los más vigilantes, como por ejemplo el del iluminista Voltaire y los soviéticos Rosental & Iudin. Las palabras, para el filósofo, son antes que nada conceptos que no deben rebalsarse, formas, se dijera, que deben contener milimétricas, sin desborde intencional ni connotativo, qué se define cuando se dice Dios, Espíritu, Libertad, Ideología, Sustancia, Materia, etc.. Las palabras, para estos filósofos, porque son conceptos, no deben desbocarse.

En cuanto a la analítica de Núñez, este breve diccionario es una cruza entre la neurosis del escritor y el celo epistémico del filósofo. Compila 63 términos, desde “acceder” hasta “violencia”, y en cada una de las entradas hace un saludable recuento del término, según se lo entiende o se lo usa ahora, y según se lo entendía hasta hace poco. Así, muestra de forma convincente por qué, por ejemplo, el término “activista” ha sucedido al ayer tan en boga “militante”, por qué ahora no se estila decir “no me da el tiempo” y sí “no me dan los tiempos”, cuánto odio contiene el término “tolerar” o cómo en “odio” debemos atender la verdad de la destrucción, o voluntad de aniquilamiento del American way of life. Cada término, para decirlo de otro modo, incluye o mejor, descorre el marco teórico desde el cual debe ser leído, y cada derrape de sentido, cada nuevo uso que hoy se le da a un vocablo alerta de un corrimiento epistémico. Hay un marco, claro está, desde el que el diccionario se formula, un marco que viene a ser su poética implícita: se parte de la base de que la trascendencia no ha sido obliterada y sigue vigente, al menos como fantasma desde el cual se debe leer la insignificancia de la jerga de estos días.

Todavía no es tan fácil digerir que vivamos en tiempos posthumanos y posthistóricos; ni siquiera en días pospolíticos, como pretenden algunos. A la luz de la trascendencia que invoca Núñez, todavía histórica, todavía moderna (es decir, todavía cristiano-teleológica), es dable leer, palabra a palabra, la fabulosa morondanga que nos quieren vender estos inanes tiempos de tecnomercadeo y spinning, de coaching ontológico, como señala Núñez, y perdónese la autorreferencia de logos podrido. O dicho más en breve: para quienes no se resignan a olvidar el lenguaje como lo conocíamos, una lectura imprescindible; para quienes han nacido ya en mitad del lenguaje putrefacto pero no se resignan a ser esos niños que mencionaba Cicerón, una lectura urgente. Es decir, un libro que no debería faltar ni en el bolsillo de la dama ni en la cartera del caballero. 

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