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Amir Hamed
ISSN 1688-1672

 


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          MOSTRAR MÁS Y PENSAR MENOS

El villano de hoy

Carlos Rehermann

Delincuentes y detectives

Los asesinos seriales no son una
novedad. Lo nuevo viene a ser su falta de compromiso político. Gengis Khan, Stalin, Hitler o Pol Pot no tienen lugar dentro de ese género cada día más popular en la televisión. Un buen asesino serial solía tener un programa social, un plan de gobierno, una sólida burocracia, un sistema educativo eficiente. En la actualidad los asesinos son apenas unos delincuentes.

Los delincuentes, es decir, la fuente de energía de la literatura policial, son un invento del siglo XX. Los bandoleros como el Dick Turpin de Ainsworth o los Robin Hood de Keats o Scott eran, como los buenos viejos tupamaros uruguayos, redistribuidores de la riqueza en un mundo enrevesado. No eran delincuentes si no "fuera de la ley", una ley cuidadosamente elaborada para engordar a los príncipes, y disponer de algunos chivos expiatorios que al mismo tiempo sirvieran de advertencia a quienes pudieran tener la loca idea de ponerse a cuestionar el sistema. Dentro de la ley estaban los redactores de la ley y sus vasallos; fuera de la ley estaban los libres.

La literatura policial nació antes de la delincuencia. Poe creó a Auguste Dupin, el detective moderno, antes de tener un criminal. El primer asesinato de la literatura policial carece de autor (ese término usado tanto por la crítica literaria como por las sedes judiciales). El detective es un individuo tan desinteresado de las cosas de este mundo que resuelve en un dos por tres los misterios que atormentan a las señoras que temen encontrarse de noche con un asesino misterioso, solo para que dejen de molestarlo y así poder seguir leyendo en paz.

El primer asesino de la literatura policial, el autor de "Los crímenes de la calle Morgue", fue algo menos que un hombre, aunque parecido. Ahí, como siempre en las obras maestras, está toda la historia del género que nacía. En un solo cuento se describe lo que habría de pasar con toda la literatura policial de los siguientes 150 años. Así como en las edades del feto humano es posible hacer un paralelismo con la evolución de la especie, de igual modo en el cuento de Poe se siguen unas alternativas que luego recorrería la literatura policial: un asesinato, un misterio, la policía ineficaz, un genio capaz de sortear el engaño más perfecto; una verdad que consiste en que el asesino es menos que un hombre, algo brutal, que deja un amasijo de cuerpos dislocados y sanguinolentos, mujeres frágiles, desprotegidas; finalmente se descubre que el culpable se parece al hombre, es casi un hombre, un animal cuyo comportamiento irracional, medroso y feroz está en su naturaleza perfectamente inhumana.

Después de Poe hubo esa niebla desesperantemente aburrida: Agatha Christie y sus secuaces se las arreglaron para convertir en siesta perenne el living-comedor de las casas pequeñoburguesas del planeta. Felizmente esos fabricantes de tedio fueron ultimados por el vigor de Rififí, y por el sobresalto del timbre que hace sonar el cartero, que siempre toca dos veces, o tal vez por la miseria de la ley seca, que desenfocó las letras delante de los ojos turbios de los autores embebidos en destilados clandestinos. Los delitos se hicieron más violentos y los detectives más borrachos, y la deducción servía menos que un subfusil Thompson con cargador de tambor.

Asesinos como deben ser

Los asesinos locos, los sádicos irredimibles, los monstruos, llegaron hace poco a la literatura. Jack el destripador nunca entró seriamente en la ficción, por más que se mantuvo en la imaginación popular durante más de un siglo. No produjo ningún texto memorable: apenas dos o tres películas amarronadas. En los tiempos en que cometió sus crímenes la literatura se interesaba por la racionalidad de Sherlock Holmes.

En los años 1930 la cultura germánica presentó dos asesinos orates con la energía suficiente como para iniciar una tradición, cosa que no ocurrió quizá porque la Historia se interpuso. El primero fue M, el vampiro de Düsseldorf, película dirigida en 1931 por Fritz Lang, responsable de lanzar al estrellato al notable Peter Lorre. Allí cuenta la historia de un asesino real que aterrorizó durante años a la ciudad alemana, y que fue ejecutado casi simultáneamente con el estreno de la película.

Otro asesino loco nacía en esa misma época, pero esta vez de la imaginación del escritor austríaco Robert Musil. En su novela El hombre sin cualidades, el personaje Moosbrugger en realidad no es un asesino múltiple, sino simplemente un tipo tranquilo y tan loco como cualquiera de los otros personajes del libro, o incluso uno de sus lectores. Ese rasgo, que fascina a Ulrich, el protagonista de la novela, es el mismo que inspiró más tarde a Bret Easton Ellis, que publico su American Psycho 60 años después.

El asesino de Ellis es tan idéntico a su grupo de compañeros adinerados que la lectura del libro produce escalofríos: la mentalidad de cualquiera de todos esos brutos obsesionados por los zapatos italianos, el agua mineral francesa y los equipos de audio japoneses permite tanto el esnobismo más estrábico y ridículo, a la manera de un personaje de Cheever, como el sadismo más idiota y sangriento. Después de leer American Psycho uno realmente vive de sobresalto en sobresalto, sobre todo si  tiene que sufrir reuniones de trabajo con asesores de marketing o gerentes de exportaciones.

El tiempo de los asesinos locos como personajes dignos de ser tratados por artistas interesantes parece haber pasado. No es que Hannibal Lecter sea un personaje menor, pero tiene vocación de bufón, con ese nombre benedettiano creado para rimar con su afición por comerse al prójimo. El personaje nació como  "sabio", ese que en el viaje del héroe de Joseph Campbell colabora para que éste pueda superar la prueba a la que lo somete el destino. La idea es que el asesino buscado por el policía es tan inhumano que no es posible identificarse con él, como hacía Dupin; en cambio, debe pedir la colaboración de otro asesino. El ciclo del género empieza a cerrarse; estamos ya cerca del mono.

  

La interpretación

No es que uno deba andar por ahí interpretando todo lo que hay, porque, ya lo pedía Susan Sontag, no hay que ser tan agresivo con las obras. Pero la literatura popular por algo es popular, y si bien ya no hay literatura, existe un espacio que cumple con algunas de las funciones que supo tener aquella: la televisión. Que los villanos sean unos locos asesinos con un programa obsesivo debe de querer decir algo. Que los ladrones ya no sean los delincuentes que vale la pena capturar tiene que significar algo. Para llamar la atención del espectador, el villano tiene que estar loco: ser un asesino serial o un fanático religioso que lidera una secta o un terrorista musulmán.

En Uruguay hace décadas que los delincuentes se identifican con la juventud, lo cual, en un país envejecido, es un asunto de fácil interpretación. La situación no es nada nueva. Hace 40 años se empleaba el término "delincuente infantojuvenil", con el frecuente apócope "infantojuvenil", del mismo modo que ahora se usa "menores infractores" o bien simplemente "menores". Está claro por dónde viene el miedo que explota la derecha más beata para robar algunos votos.

Una serie de televisión estadounidense, Criminal Minds, ilustra con mucha claridad el mecanismo de la concepción del malo representada por el asesino múltiple. Un grupo de especialistas del FBI se dedica a estudiar las personalidades de los criminales; se trata de seis o siete policías que permanentemente tienen el ceño fruncido y dialogan exclusivamente con líneas que ilustran al espectador acerca de la psicología más barata disponible en el mercado: un señor tímido es despreciado por su señora esposa, motivo por el cual su hombría —sea lo que sea que eso signifique— se verá menoscabada (sic), por lo cual decide ponerse a asesinar a mujeres que se peinan más o menos como su esposa. Muchas veces los asesinos tienen alucinaciones y con frecuencia son individuos muy ordenados, con tendencia a llenar cuadernos de escritura densa y diminuta, e invariablemente pegan fotos y planos y dibujos en grandes paredes de habitaciones abandonadas.

La masificación de la educación, que trajo consigo la vulgarización del psicoanálisis, permite que las torpes historias de asesinos múltiples puedan explicarse, y los móviles, antes limitados a la ambición por la riqueza, la venganza o los celos ahora se amplíen a una locura que cualquiera puede entender. Para lograr esa comprensión se emplean algunas capacidades del cine para mostrar acumulaciones se signos. En cambio, la literatura se servía más bien del silogismo y la lógica  expresada en términos de series lineales.

Género de pantalla

Los asesinos seriales de la televisión suelen expresarse mediante lo que se conoce, en el mundo del arte contemporáneo, como "instalación": acumulaciones ordenadas de objetos significativos. Un policía entra a la guarida abandonada del asesino y se encuentra con cuidadosas instalaciones muy densas de significados. Suelen ser complejas, atiborradas de pequeños segmentos individualmente muy elaborados, lo que denota gran dedicación, paciencia y constancia para el sinsentido. O para un sentido enfermo y desviado que explica la conducta loca del asesino.

La costumbre de pegar fotos y planos la siguen también los policías. Esta exposición en dos dimensiones de los procesos de investigación es muy ilustrativa del cambio producido en el género. Si un detective como Sherlock Holmes seguía un procedimiento, este era lineal, rigurosamente silogístico. A la hora de ponerse a descifrar la identidad de un asesino en serie, no hay más remedio que extender el razonamiento, sacarlo de la lógica, permitir asociaciones de otra clase.

La escritura era el medio del detective racional que sigue un método para descubrir al delincuente. La racionalidad de todos los agentes de la acción era el rasgo determinante del género: los delincuentes tenían un móvil, que había que descubrir para que el razonamiento riguroso del héroe condujera a la solución. Se trataba de un mundo claro, donde había espacio para la esperanza.

El cine, más bidimensional que lineal, más chato que penetrante, muestra mucho más y piensa mucho menos. Las motivaciones de los asesinos son oscuras, inarticuladas, vagas, inconscientes, resultado de antiguas frustraciones. Los villanos no tienen motivaciones especiales, distintas a las de los lectores: no aspiran a ser más ricos ni son presa de un ataque de celos. Son esencialmente seres sensuales, infantiloides y con la peligrosa inteligencia de la bestia.
 

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