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Amir Hamed
ISSN 1688-1672

 


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          TIEMPO LOCO

Época uruguaya: sus síntomas

Carlos Rehermann

El otro día cometí el anacronismo
de leer a Mario Praz. En un artículo dedicado a  Fuseli, el difunto crítico asegura que una época se juzga no solo por lo que produce, sino, y aun más, por lo que valora, y sobre todo por lo que revalora del pasado. Me convenció.

Me convenció aunque hay que decir que la idea de “época” que maneja Praz se relaciona con la historia de los estilos, concepción netamente eurocentrada. Para Praz, como para cualquier académico del hemisferio norte, “época” significa “período de la historia del arte europeo” (“europeo”, en ese contexto, designa también la producción de los Estados Unidos y Canadá). Para los académicos del hemisferio sur “época” significa lo mismo, lo cual es más grave. En efecto, decir “época” en Uruguay equivale a decir “reflejo anamórfico
de una época metropolitana”.

Decía el famoso dúo Marx & Engels, en su libro
La ideología alemana, que “la clase que ejerce el poder material dominante en la sociedad es, al mismo tiempo, su poder espiritual dominante”. Bastaría aceptar ese aserto para dar por explicada la pánica llanura espiritual de  estas tierras charrúas, permítase el plagio, sin que los insultados se den cuenta del palo recibido, pero la cita comparece aquí para recordar que se aplica, con más perfección aun, a la distribución de poderes planetarios: aquí se piensa como creemos que se piensa en el hemisferio norte.

Con esa prevención acerca de la idea de época, se puede aplicar la idea de Praz al Uruguay de hoy, donde hay, como se verá, cierta tendencia al doblez, que surge de comparar lo que valora hoy y lo que revalora del pasado.

Juntos somos más pesados

Si algo se valora en el país es la asamblea, la asociación y la federación. Integrar un gremio es algo tan valioso que en los concursos para cargos docentes en la Universidad de la República se otorgan puntos por la pertenencia al gremio estudiantil, docente o profesional. La idea dominante entre los decanos de las facultades de los años 1970 y 1980 era que “el orden es el gremio”. Se referían con esto a que la representación del orden estudiantil en los órganos de gobierno debía ser de miembros del gremio estudiantil, y lo mismo con los docentes y egresados. Esta concepción de encapsulado de la voluntad en sucesivas organizaciones metidas dentro de otras organizaciones parece producir un cosquilleo placentero en los uruguayos.

En la actualidad una cantidad importante de contratos son realizados entre organismos estatales y gremios o asociaciones profesionales. A los ojos de los jerarcas, estas asociaciones son los organismos que representan a los individuos expertos en el oficio de que se trata. El asunto no se limita a los gremios de trabajadores, sino que se expande a las asociaciones de profesionales liberales y a las cámaras empresariales. 

Un mundo en el que hay que unirse con otros para imponer por la fuerza un salario mínimamente digno es un mundo detestable. Un mundo en el que hay que aceptar, al mismo tiempo, que los capitalistas se reúnan en conciliábulos o cámaras para imponerse beneficios aun mayores que los que ya tienen es decididamente un escándalo inaceptable.

Las asociaciones y gremios  formaban ya un conglomerado de corporaciones bastante abrumador, cuando, con posterioridad al período del gorilato, la agenda de los estudios culturales produjo un gran aumento de la densidad de grupos organizados, que en algunos países se llaman “minorías” y que nuestro pie de plomo aconseja no nombrar directamente para no crear revuelo. El razonamiento (o algo que parece un razonamiento) que justifica la actuación de los grupos en una comunidad establece que estas asociaciones representan a los individuos. El significado de “representan” no está claro, cosa que ocurre siempre que se usa esta palabra.

El problema es que el individuo que es valioso pero que no forma parte de un grupo de presión difícilmente acceda a lo que por justicia parece corresponderle, porque siempre hay algún miembro de un grupo que, sin que se tenga en cuenta su capacidad, obtiene el lugar  que anhela gracias a su buen desempeño en el grupo de presión.

Paradójicamente, a la hora de valorar una manera de ser del pasado, esta comunidad tan respetuosa de las asociaciones y los grupos evita al soldado desconocido o el proletario anónimo, y en cambio celebra al individuo más antisocial que se pueda imaginar.

Lo mostraba con limpidez Gustavo Espinosa desde esta misma columna.  Refiriéndose a un texto de Serafín J. García, que describe al “Orejano”, el héroe revalorizado de un pasado antes considerado bárbaro, Espinosa escribe:

[…] el texto es una desdeñosa diatriba contra la política y contra la ciudad: “Porque no me enyenan con cuatro mentiras / los maracanases que vienen del pueblo / a elogiar divisas ya desmerecidas / y a hacernos promesas que nunca cumplieron”. Arremete también contra el trabajo asalariado (“Porque no me han visto lamber la coyunda / ni andar hocicando p'hacerme de un peso...”), contra el registro civil (“Porque cuando truje mi china pal rancho / m'he olvidao que hay jueces p'hacer casamientos”) y contra la iglesia (“Porque a mis gurises los he criao infieles / aunque el cura grite que irán al infierno”). 

El radical individualismo y absoluto rechazo por la norma social parecen de difícil convivencia con la obsesiva compulsión por lo gregario de la cultura uruguaya. El orejano es tan individualista y contrario a las leyes, que sería imposible hablar de él con otro punto de vista que la primera persona con que lo presenta la poesía.

Perfección del pueblo

Un segundo asunto valorado sin cesar es la cultura del pueblo. “El pueblo” es un significante con indeciso significado. Hay acuerdo en algunos asuntos básicos: el pueblo es bueno, bondadoso, bienintencionado e incapaz de una maldad. A esta bondad abrumadora del pueblo hay que añadir una sabiduría infinita. El pueblo sabe, sabe todo, lo sabe de cabo a rabo, siempre lo supo, y nadie lo va a engañar (Esta versión suele ser frecuentada por las personas cercanas a los gobiernos recién electos). El arte del pueblo, por lo tanto, es necesariamente perfecto. Así, la murga y el candombe han sido beatificados como súmmum de arte del pueblo, y han recibido el apoyo económico y burocrático casi infinito de los gobiernos, especialmente de la ciudad de Montevideo.

El problema con los apoyos al arte del pueblo es que la intervención estatal, a través de regulaciones (imprescindibles para definir el campo que se apoya), termina modificando y falseando la parte “del pueblo” de la expresión “arte del pueblo”. Si las cuerdas de tambores espontáneas de los tiempos anteriores a los concursos oficiales tenían ciertas características, ahora no es fácil saber en qué medida la historia de ganadores de los concursos oficiales y las limitaciones formales impuestas por los jurados modifican la materia artística al punto de convertirla en una forma más de arte elitista.

  
La evolución de la murga probablemente fue menos estimulada desde el poder, en el origen de su profesionalización, cuando se convirtió en una herramienta política de lucha contra la dictadura. La profesionalización sí ocurrió luego con un gran estímulo de los poderes estatales, que vieron en el género una herramienta que serviría también para ampliar ciertas bases políticas.

En contraste, hoy ensordece el grito destemplado  que lamenta la falta de educación, la mala formación que ofrece la escuela pública, los pobres resultados de los estudiantes, en comparación con otros países pero especialmente con otras épocas. ¡Antes, antes sí éramos cultos, educados, hasta sabios! Cunde el rumor de que hubo en este país artistas geniales, escritores asombrosos, compositores que sorprendían a los públicos de Europa. Nada de eso es cierto, por supuesto; Uruguay siempre fue un pequeño territorio parco en genios, pero  el mito de una alta cultura y profundo conocimiento, productos de una educación excelente y democrática, convive con la defensa de una idea de un arte del pueblo y una sabiduría popular que hace innecesaria y aun repele la educación formal.

Solidaridad: es una orden

Un tercer asunto se valora muy alto en Uruguay: la participación democrática y solidaria. El fervor democrático es tan desbordante en el país —se explica a quienes lo inquieren— que el voto es obligatorio. La confusión es típica de una ronda de borrachos, y recuerda el cuento ¡Qué lástima! de Paco Espínola, en el que un regalo hipotético termina siendo motivo de una discusión que convierte la cortesía del que ofrece en obligación del que acepta.

La verdad es que en Uruguay los derechos son, casi siempre, obligatorios. El voto es obligatorio incluso en la Universidad, y uno corre el riesgo de no poder dar un examen, o cobrar su sueldo, si no vota a unos desconocidos que van a gobernarla. La censura cae como un telón de plomo sobre el ingeniero civil que hace puentes en Cerro Largo si no conoce  en detalle las propuestas de los colegas que se postulan para el Claustro de la facultad de ingeniería: le falta compromiso, es un irresponsable y probablemente se complace en hacerle el juego a la reacción ultraconservadora.

La solidaridad también es, con frecuencia, obligatoria. El caso más estruendoso es el llamado “Fondo de solidaridad”, un impuesto que se cobra a quienes cursaron estudios superiores en la Universidad de la República. Nunca se les avisó a los estudiantes de antes de los años 1990 que se votaría una ley que los obligaría de por vida a una cuota semestral. Como en Uruguay el lenguaje manda y termina por decretar la realidad, se finge que no se trata de una exacción sodomita: es un fondo de “solidaridad”.

A pesar de la importancia que parece darse a estos asuntos, basta con pagar una multa para liberarse del problema de no votar en las múltiples elecciones de derecho obligatorio, y basta con pagar las solidaridades obligatorias para estar en paz con los jueces que acechan los bienes de los evasores. 

Lo increíble de la obligatoriedad de los derechos y la solidaridad es que el país obtuvo su independencia con gritos en torno a una bandera que exclamaba LIBERTAD O MUERTE. ¿Será que esto es la muerte?

Tiempo loco

Uruguay es el único país del mundo en el que sus habitantes hablan del tiempo calificándolo de orate. Dos uruguayos que el azar reúne en una parad de ómnibus o en la antesala de un consultorio empiezan invariablemente sus conversaciones con la siguiente observación: “Tiempo loco, ¿eh?”. La charla sigue un curso más o menos prefijado a través de las descripciones de los cambios inesperados en el estado del tiempo.

Se trata, diría Wimpi, de la aplicación popular de la idea de metáfora: estamos hablando de nosotros mismos. Nos gustan los sindicalistas disciplinados pero no hay nada mejor que un ácrata solitario y rebelde, no hay nada tan perfecto como el arte del pueblo pero lloramos amargamente por el perdido pasado erudito, nos enorgullece la alta participación de la ciudadanía en las elecciones, aunque omitimos decir que si no participamos nos sancionan con una multa, y al mismo tiempo celebramos nuestro pasado de reclamos ilimitados de libertad.

Como el tiempo uruguayo, los uruguayos estamos locos, nos dejamos tironear por fuerzas opuestas. La bonita idea europea de Mario Praz, que supone que debería haber alguna coordinación entre lo que una época valora y lo que esa época revalora del pasado, se evidencia ineficaz para dar cuenta de lo que somos, asunto que convendría consultar, provisionalmente, en un manual de siquiatría.
 

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