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Amir Hamed
ISSN 1688-1672

 


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          GRAMÁTICA Y OCULTISMO

La Po

Carlos Rehermann

Relación entre la gramática y la magia

El mismo temor que suscita el mago despierta el gramático, entre aquellos que sospechan que hay un saber misterioso, unas conexiones entre sonidos e ideas, entre discursos y acciones, que solo se adquieren a través del uso crítico de lenguaje.  El mago cambia la realidad al pronunciar un conjuro. Es la fuerza de la palabra mágica la que permite la ejecución. En inglés, conjuro se dice spell, que tiene el mismo origen que el verbo spell (deletrear): ambos son formas modificadas de “contar una historia”. Pero spell, en el sentido de conjuro, se usa especialmente para efectos negativos; los conjuros sanadores se nombran charm, que tiene un origen lógico similar (contar una historia) aunque proveniente del latín. Tanta es la diferencia que el término para el conjuro sanador terminó significando, en la vida cotidiana, “cualidad placentera”.

La palabra castellana —conjuro— se relaciona más directamente con la autoridad de quienes sancionan la ley para ejercer la justicia (jus, juris, jurare). El conjuro supone un vínculo entre quien lo pronuncia y los agentes relacionados con los efectos buscados. Conjuros pronunciaban, por ejemplo, los exorcistas, o los sacerdotes que, a través de ciertas palabras, convertían el pan en el cuerpo de Jesús y el vino en su sangre.  

En inglés hay más coincidencias: glamour, palabra de origen escocés para designar magia y encantamiento, es una alteración de la inglesa gramar, que se refería, en la Edad Media, a cualquier saber universitario. En aquellos tiempos las ciencias ocultas estaban comprendidas en los saberes que los académicos cultivaban.

No conviene pensar que atribuirle cualidades mágicas a las cuestiones del lenguaje es un disparate. Uno de los fundadores de la lingüística moderna, Ferdinand de Saussure, invadía la filosofía cuando trataba de dar una imagen del fenómeno por el cual las ideas y los sonidos pueden relacionarse a través del lenguaje:

“Psicológicamente, hecha abstracción de su expresión por medio de palabras, nuestro pensamiento no es más que una masa amorfa e indistinta. […] Considerado en sí mismo, el pensamiento es como una nebulosa donde nada está necesariamente delimitado. No hay ideas preestablecidas, y nada es distinto antes de la aparición de la lengua.”

A esta nebulosa, de Saussure opone el reino de los sonidos:

“La sustancia fónica no es más fija ni más rígida; no es un molde a cuya forma el pensamiento deba acomodarse necesariamente, sino una materia plástica que se divide a su vez en parteas distintas para suministrar los significados que el pensamiento necesita”.

Lo que agrega es quizá lo más interesante de sus observaciones:

“El papel característico de la lengua frente al pensamiento no es el de crear un medio físico material para la expresión de las ideas, sino el de servir de intermediaria entre el pensamiento y el sonido, en condiciones tales que su unión lleva a deslindamientos recíprocos de unidades”.

Para de Saussure, se produce “un hecho de cierta manera misterioso” por el cual finalmente la lengua es una forma (y no una sustancia) producida por la combinación de elementos de dos órdenes (el pensamiento y el sonido).

Levadura verbal

Cierta publicidad de la empresa de servicios médicos COSEM explica que su clínica de cesación de tabaquismo  tiene supervisación de médicos.

No es muy importante para nadie que una empresa, cuya finalidad última es la misma que la de las sequoias, las Escherichia coli o los osos panda, es decir seguir existiendo, use el sonido supervisación como si fuera una palabra. Todos entendemos que en realidad se quiso decir supervisión. Bueno, no todos: los directores de la empresa anunciante, y el equipo de creativos, locutores y editores de las agencias, los estudios de grabación y los medios que propalan la pieza publicitaria no han notado nada extraño.

Es cierto que no existe algo como hablar mal mientras la comunicación sea efectiva. ¿Importa decirle a alguien que, ante la consola de control de una batería de misiles termonucleares, está a punto de presionar con su dedo índice un bonito botón rojo: ¡No apretes! en lugar de ¡No aprietes!? No. Lo importante es que el idiota no acabe con el planeta. Si diciéndole ¡No apretes! el individuo no aprieta el botón, la comunicación ha sido un éxito y la discusión acerca de lo correcto se termina. Yo entiendo lo que me quiere decir COSEM con supervisación. COSEM quiere decirme supervisión.

El  motivo del error debe buscarse en la magia. Si la palabra es más complicada y larga, el concepto parece más profundo. Este asunto tiene interés, porque termina resultando que es bastante más importante el aspecto de las palabras que lo que significan. Porque claramente supervisación no significa nada, pero por su forma da la impresión de ser una supervisión enjundiosa.

Claro, siendo que uno entiende lo que quiere decir la empresa, ¿por qué preocuparse? Bueno, la verdad es que yo me preocuparía un poco: ¿entenderán los técnicos de COSEM los manuales de los aparatos e instrumentos que manejan en sus manipulaciones para realizar diagnósticos o tratamientos? ¿Serán capaces de entender los textos de semiología médica, es decir, podrán entender qué enfermedad están tratando?

Los buenos médicos son extraordinariamente precisos en su expresión verbal, y sus interrogatorios a los pacientes denotan una sensibilidad léxica y sintáctica realmente exquisita, pero los directores de esa empresa médica no parecen tener la misma capacidad de comprensión y expresión.

  
El descuido en el uso de la palabra ha entrado a la mitología nacional con el cuento de la matanza que se produjo cuando mataron a Venancio Flores. El mito cuenta que alguien escribió un mensaje que decía Reúna su gente y véngase, pero el destinatario, o algún intermediario, leyó Reúna su gente y vénguese. No es fácil de creer semejante historia, por lo menos hasta que se escucha el aviso de COSEM.

No es grave, no, en absoluto. Es apenas un poco descorazonador. Triste, tal vez, un poco triste. No mucho. Suficiente como para colocar el espíritu en cierto estado melancólico propio de una tarde de domingo, en la que se escucha una radio lejana que trasmite un partido entre Rampla y Fénix relatado por Heber Pinto y no se sabe si el crepitar es de la radio o de las tortas fritas que prepara la vecina.

Magia del político

Como hace meses, o años, que estamos en carnaval, es casi inevitable que aunque uno no quiera escuche a carnavaleros expresar sus puntos de vista sobre la vida y el mundo. Hace poco una cantante de una agrupación de negros y lubolos habló de una canción que cantaba en los espectáculos de su grupo. Es impresionante, dijo, todo lo que dice esa canción es positivo. El periodista que la entrevistaba completó el silogismo: Sí, es buenísima.

Positivo y negativo son adjetivos relacionados a la vez con el comercio y con la magia, y casi con seguridad son hijos de padre norteamericano y madre afrobrasilera. Bien y mal cedieron el espacio, con Ford, a positivo y negativo. En su origen, positivo era simplemente algo real, existente, y negativo era su negación, es decir, nada. Real e irreal, para una mentalidad pragmática, pueden convertirse en bien y mal, y la cantante de candombe y el periodista de la radio lo dejaron muy claramente establecido: una canción que  todo lo que dice es positivo es buenísima.

Cunde el error de considerar que todo puede verse de acuerdo a dos inclinaciones: una positiva y otra negativa. Pero que alguien me diga cómo se puede mirar con actitud positiva la muerte de un hijo, la facha de Gregorio Álvarez envolviéndose el mondongo con la banda presidencial o la goleada que sufre el cuadro de mi barrio ante el del barrio
de al lado.

Gente que suele dar pena aun antes de abrir la boca para pronunciar cosas como supervisación insiste en que es imprescindible, si los tiempos exigen el ejercicio de la crítica, ponerla en práctica de manera constructiva. Tales individuos fatalmente terminan ejerciendo la función pública, es decir, son hijos de alguien que antes fue hijo de otros, estado del ser comúnmente denominado político.

Los políticos son notablemente afectos a emplear la magia simpática, asunto que se pone de manifiesto en el uso que suelen hacer de los adjetivos positivo y "negativo.

La oposición tiene siempre las cosas más difíciles, porque necesita a la vez oponerse y no ser negativo, un asunto decididamente peliagudo. Para oponerse, el opositor debe decir que las cosas no están bien, pero eso lo coloca en una posición complicada, ya que expresar negatividad atrae lo malo, según dice la magia simpática: los iguales se atraen. Allí está la cimentación del edificio de la crítica constructiva y sus fatigosos etcéteras.

El candidato a la candidatura presidencial Luis Lacalle Pou organiza su campaña en torno a las iniciales de sus apellidos, que dan origen, mágicamente, a la expresión La Positiva. Es la esencia de la magia simpática: causas parecidas, efectos parecidos. LA PO conduce tanto a Lacalle Pou como a La Positiva; todo es evidente y clarísimo, como supervisacionado por un experto en mercadeo. Por si alguien no se da cuenta, un sello con las letras LP domina los carteles, y un signo de verificación () amplía el espectro de símbolos, cerrando el círculo de la autoaprobación de la positividad expuesta.

El lema por la positiva es una fórmula cuyo objetivo es obturar cualquier razonamiento, porque esa es la finalidad de la magia simpática: sustituir el significado por una asociación formal. En esencia, el candidato y sus asesores dicen que todo está mal y el gobierno hace lo peor que se pueda concebir, pero que él tiene una actitud positiva.

El uso de las categorías positivo y negativo tiene adicionalmente la ventaja de colocar al otro en el lugar del mal y a uno mismo en el lugar de lo positivo. Dislocan la dialéctica bien/mal de manera eficiente. Lo que hace el otro está mal; lo que hago yo es positivo. Quien es acusado del mal no puede responder que el acusador es un soberbio que se atribuye el bien, ya que apenas se coloca en un lugar de positividad, lo que significa que podrá estar en el error pero con una actitud positiva. En cambio quien es acusado de ejercer el mal solo puede defenderse diciendo que en realidad su lugar es el bien. Pero de esa manera cae justamente en el pecado de soberbia, o bien es fácilmente condenado por lo mismo que Satanás, que, aunque todos sabemos que es el malo, se dice a sí mismo benefactor de los hombres.

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