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Sandra López Desivo

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Amir Hamed
ISSN 1688-1672

 


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          EL AMANTE DEL FRENTE AMPLIO

Tres formas de obtener una derrota

Carlos Rehermann

Algún día se acabará, pensábamos,
esta rosca insana, esta patética horda de viejos abogados de corbata que se hacen pasar por gobernantes, y llegará un amanecer de justicia social. Pura poesía de metáforas aurorales baratas que nadie podía creerse si estaba mínimamente en sus cabales, y por eso mismo peleábamos hasta la muerte por lograrlo. Nuestro destino era, naturalmente, perder en todos los sentidos imaginables.

Innumerables siglas y denominaciones fueron sucediéndose mientras la ola crecía incontenible recogiendo aguas de todos los océanos, y así la Amplitud del Frente se convirtió en Nueva Mayoría, Progresismo y finalmente gobierno. Aquella necesidad de llenar de nombres a una izquierda que se desflecaba abrió el camino al objeto deseado: el poder. Parecía que habíamos superado las trabas del pasado y los uruguayos entrábamos al empíreo, fase anhelada, estadio áureo.

Stanislaw Lem imaginaba un mundo que había llegado a la Fase Superior del Desarrollo (FSD), cuya culminación era una civilización tan abúlica que era imposible discernir qué cosa era un objeto y qué cosa era un ser inteligente. Lem escribía los cuentos sobre la FSD en 1965, en una Polonia por cierto bastante más liberal de lo que sostenían los artículos de Selecciones del Reader’s Digest. Lem hablaba, treinta años antes de que empezara a ocurrir, de lo que hoy los filósofos marxipunks llaman “pospolítica”.

En esos tiempos, mientras Lem imaginaba efesedas impasibles, nuestra horizontalísima pampa cultural permitía distinguir cosas parecidas a las actuales planicies de infinita invariancia. En 1967 la película Elecciones, de Mario Handler y Ugo Ulive mostraba un panorama espiritual y mental estremecedor, la purísima prepospolítica, explicada puntualmente, entre damajuanas de vino vacías, por el caudillo Nano Pérez. Aquello fue la vía corta a la dictadura, que era lo único que se podía concebir en aquel entonces. Ahora la situación es bastante peor, pero la dictadura es imposible por razones, me da la impresión, de mercado.

En algún momento de 2012, el politólogo Adolfo Garcé dijo que “es improbable que el Frente Amplio pierda las elecciones” de 2014. Menos de un año después, dijo que “lo más probable es que el Frente Amplio pierda las elecciones departamentales de Montevideo” en 2014. Como los hombres del Eclesiastés las probabilidades e improbabilidades van y vienen, pero la politología permanece. Hace pocos días la empresa de encuestas CIFRA publicó resultados que permitirían asegurar, si las elecciones fueran hoy, un triunfo claro del Frente Amplio en primera vuelta, es decir, una votación mejor que la que obtuvo el actual presidente.

A pesar de lo que Aldo Mazzucchelli explica acerca de la superstición de la victoria, da la impresión de que todos los partidos políticos uruguayos quieren perder las elecciones. La oposición es inenarrablemente estólida. Su mayor esperanza parece ser marcar votos en un llamado a referéndum contra el aborto. Su incapacidad para la crítica es conmovedora, y si en el Partido Colorado es comprensible (después de todo no sabe ser oposición) llama la atención la ineficacia del Partido Nacional, especialista, si los hay, en ser oposición.

El gobierno, por su parte, hace lo posible por desinformar acerca de sus méritos y dar rápida y amplificada noticia de sus fracasos. El gobierno de Montevideo se empeña en despedir a un jerarca tras otro, por inútiles, para otorgarles de inmediato cargos mejor remunerados en áreas acerca de cuya imperiosa necesidad de existir no se tenía noticia hasta cinco minutos antes de ser creados para acomodar los sillones.

Todos quieren perder, pero cada uno lo hace porque le atribuye al triunfo y a la derrota distintos significados, de acuerdo a las metáforas de su preferencia, o, digamos, de acuerdo a lo que su horizonte de expectativas le permite imaginar.

La guerra

El Partido Nacional se autoconstruyó sobre la tragedia del fracaso, como testigo de la moral pública.

En el modelo bélico, el triunfo significa matar al enemigo, pero a poco que uno se detenga en el análisis, sea histórico, sea estratégico, sea poético, de los procesos bélicos, se da cuenta de que no conviene meterse con esa clase de metáforas, si es que uno pretende mantenerse limpio. Ido el letrado a los manuales del género, sea orientales (como el preferido por los especialistas en mercadotecnia, Sun Tzu) u occidentales (como nuestro clásico von Clausewitz, punto por punto suntzuano, pero en alemán), se encuentra con que la guerra es un asunto asqueroso que consiste en engañar al enemigo, tratar de meterlo en un lugar donde no pueda defenderse, dejarlo sin comida, sin agua, sin municiones, sin soldados, sin energía, traicionarlo, impedirle descansar, moverse, ver, oír, respirar, en fin: cualquier cosa con tal de aprovecharse de sus debilidades. Todo el empaque de pecho abombado de los generales, todo su pundonor orlado de bigote bien cortado no es sino desesperación porque no se note la esencia de su trabajo: la trampa.

Las recomendaciones de los grandes estrategas pueden reducirse a media docena de celadas nauseabundas, que, claro, tienen la ventaja de conducir a la victoria. Recordaba no hace mucho Amir Hamed esto que vengo a repetir: “la victoria militar, como sabe Aquiles, poco tiene que ver con la hazaña”. Cuando el Partido Nacional perdió las elecciones de 1971, que podrían haber puesto a Ferreira Aldunate en la presidencia, hubo denuncias de fraude. Ciertamente hubo fraude, aunque no por desaparición de urnas o conteos de votos mentirosos, sino de una naturaleza mucho más esencial, un engaño venenoso a las masas miserables y temerosas, que eligieron mantener en el poder al poder que poco después traicionaría al país entero.

Uruguay festejó haber perdido el partido por el tercer puesto en un mundial de fútbol 2010, y un desencajado Jaime Roos denuncia fraude. Quizá para provecho de los niños se propaló la horrible mentira de que no se festejó haber perdido, sino “haber llegado hasta aquí”. Cuando algunas voces mostraron su desconcierto por los festejos que enardecieron a todo el país, cuya ciudadanía convertida en horda de ménades se abalanzó a las calles a vitorear el paso de los perdedores, el director técnico de la selección de fútbol clausuró toda posible reflexión al pronunciar su célebre máxima: “el camino es la recompensa”.

¿Qué significa esa cruza de koan con refrán napolitano?

El torneo

Que gane el mejor —o en todo caso, de no haberlo, por una maldición de los dioses, que pierda el peor— es otro metafórico recurrido, a veces en reduccionismo bélico, como el deporte de dos bandos, a veces más griego, como cuando hay una pista con varios carriles, o sucesivas exhibiciones de músculos, espectáculo un poco más erotizante pero igualmente aburrido.

Esta visión de cuerpos ganadores era la imagen, entre los griegos, de otro triunfo, el de la política. Aquí los espíritus, allá los cuerpos, en todo caso orgullosos exhibidores de areté, esa nobleza no se sabe si natural, si de clase, si genética, si propia del escolar.

  
La democracia griega era una aristocracia, y en ese sentido funcionó siempre aquella democracia uruguaya de los doctores del Partido Colorado. Eran los poseedores de areté oriental. Para dar justificación al gobierno de los petimetres autodenominados doctores (pero en realidad apenas abogados), disponíamos de una palabra que en realidad ni siquiera fue necesario usar jamás. La habían inventado los franceses: oclocracia, que significa “gobierno de la masa” de la turba ignara, y no, como griegamente sabemos que deben ser las cosas, una democracia en la que los ciudadanos son gente de bien, y cosas como los esclavos y las mujeres deben encargarse de otros menesteres, o en todo caso, cuando les otorguemos la gracia del voto, hacernos caso y votarnos sin chistar y obligatoriamente.

También había entre los griegos torneos en los que se celebraba a los poetas coronados por el clamor de la gente enardecida por la belleza. Causas y efectos no muy claramente ordenados (en la palestra se vitoreaba al ganador justamente por serlo, en la asamblea se nombraba primero un ganador a quien luego se celebraba) hacen equivaler el mérito político con el atlético y aun el dramático y el poético.

Un partido perennemente en el gobierno se rodea, naturalmente, de piaras de oportunistas. Porque ¿dónde van los avispados a buscar un modo de favorecer su destino a través de la trampa, la concusión y el choreo?

El partido que siempre fue gobierno solo puede perder, para tratar de limpiar el prontuario que fue su ruina. Así podrá, con una ínfima minoría de desinteresados integrantes, recuperar el aura de la areté perdida, de ser los mejores.

El amor

La izquierda solo puede existir en un espacio de oposición. La izquierda fue un espacio para la esperanza. La expresión “gobierno de izquierda” no tiene sentido.

En la bonita novela china del siglo XVII El tapiz del amor celeste, de Li Yu, la bella Yenfang había notado que su vecina fea disfrutaba cada noche de las visitas del héroe Wei Yancheng, ocasiones en las que la fea manifestaba ruidosamente su beneplácito. Ansiosa por conocer la causa de tanto alboroto gozoso, Yenfang la sustituyó en secreto en una ocasión, aprovechando que la otra abandonó el lecho para ir al baño, luego de haber disfrutado del tierno amor con su amante. Al poco rato, y gracias a las hábiles caricias de Yenfang, el vigoroso Wei Yancheng estuvo listo para un nuevo encuentro. Pero Yenfang —y aquí comienza lo extraño— no quería gozar antes que Wei Yancheng, por una cuestión de amor propio. Sin embargo, después de quinientos embates, desfalleciente, dijo:

             —¡Ahora conozco tu capacidad amorosa: haces honor a tu reputación! Has maniobrado toda la noche y has vencido a dos mujeres.

Este “vencido” es clave. No se encuentra solo en esa bella novela china, sino que es la trama del arte de los trovadores medievales, y más recientemente aparece en los libros de Sacher-Masoch.

Los trovadores vivían en una sociedad en la que había exceso de mujeres solas. En muchos casos sus legítimos esposos, los señores del castillo, andaban despanzurrando infieles en tierras exóticas. Por otro lado, muchas mujeres de la nobleza eran obligadas a permanecer solteras para evitar el despilfarro de la heredad, de manera que se destinaban al convento, pero en muchos casos permanecían prisioneras de la casa familiar. En cualquier caso, eran celebradas por los trovadores de manera enfermiza. ¡Tantas bellas solitarias, y nosotros tan solteros! Los enamorados se declaraban esclavos de las mujeres, y en la medida en que ellas no concedían el fruto prohibido, más extremados eran los reclamos de servidumbre y humillación. La mujer vencía inexorablemente, porque los enamorados se declaraban vencidos aunque vencieran a su vez las resistencias de las bellas.

Las mujeres de Sacher-Masoch (novelista de cuyo nombre extrajo Krafft-Ebing el término “masoquista”), por su parte, se vestían con las ropas características de los señores terratenientes de la Europa oriental —botas, abrigos de piel, correaje de cuero para acarrear morrales y armas, látigos para dominar a las bestias— y con ellos sometían a sus amantes, sin concederles jamás el beneficio de un contacto amoroso. Las novelas de Sacher-Masoch se caracterizan por un manejo de un suspenso extremo: progresivamente más cerca del objeto de deseo, los héroes se acercan a distancias infinitesimales de sus cuerpos y, a veces, de sus almas, pero no llegan jamás a la meta. Invariablemente terminan vencidos por las mujeres. La Venus de las pieles cuenta la relación de un hombre con la inflexible Wanda, que jamás le concede otra cosa que el beneficio de sufrir por no tenerla. Los amantes cumplían con un contrato por el cual el sometido aceptaba de buen grado el maltrato consuetudinario y el abandono de toda esperanza. El propio Sacher-Masoch firmó contratos de esta especie con varias mujeres.

Pero ¿quién es el amante del Frente Amplio? ¿Por quién sufre este enamorado las desdichas de no perder?

La Wanda del Frente Amplio es la burguesía. Convertida en gobierno, lo que antes fue la izquierda anhela el amor de la burguesía. Es su dueña absoluta, y por ella quiere perder, quiere sentir la mordedura del látigo. Poner en el poder a Mujica fue un intento fallido: el viejo revoltoso que finge hablar como la plebe debía ser un fantoche que atemorizara a las bellas dueñas de las pieles. Pero no funcionó. La burguesía ha sido convertida al progresismo. Ahora, en la horrenda desesperación ante una nueva victoria que se avecina, cunde la desesperación.

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