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Amir Hamed
ISSN 1688-1672

 


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          ESTA SÍ QUE ES LA JUSTA

Tomás Berreta no murió de cáncer

Gustavo Espinosa

Hiera anagraphe es el título de una
obra perdida de género utópico, escrita en el período helenístico, cuyo contenido se conoce muy parcialmente mediante referencias. Tal vez la hubiésemos olvidado perfectamente si su autor, Evémero de Mesina, no hubiera afirmado allí que, en realidad, los dioses son hombres y mujeres del pasado, cuyas hazañas notables hicieron que la memoria y la imaginación los divinizaran. Este argumento, que pasó a ser conocido como evemerismo, se ha convertido en un dispositivo exitosísimo: ha fundado una tradición hermenéutica. Podría decirse que el evemerismo es la matriz o el formato modélico de todo revisionismo, y aún de gran parte de la crítica.

Se trata de historizar el mito, esto es: desarticular los relatos sagrados a través de su racionalización, recrear el pasado desde una episteme novedosa, algo así como geometrizar la exuberancia fascinante de la tradición mediante la escritura. Evidentemente esta estrategia  (politólogos o sociólogos al servicio de alguna ONG no vacilarían en considerarla como fuente de empoderamiento) nos emancipa de la inmutabilidad trascendente del mundo, de los caprichos inescrutables de los dioses. Nos abre la circularidad cerrada del tiempo, nos permite entrar en él y hacer historia.

Sin embargo, toda desacralización implica una degradación; la operación desmitificadora del evemerismo nos decepciona porque revela la tramoya (también en el sentido espectacular del término), que permitió el funcionamiento de ciertos episodios y personajes. Este efecto melancólico es el que producen, por ejemplo, las explicaciones de Arnold Hauser sobre los poemas homéricos:
“…los héroes que dan su nombre a esta edad son ladrones y piratas (…) y la leyenda troyana
la cumbre de su gloria no es otra cosa que la glorificación poética de ladrones y piratas…”.
La exhibición impiadosa del anverso antiheroico de un mundo pretende anular, a través de una especie de descentramiento histórico, la fascinación que ese mundo ejerce sobre nosotros. Algo parecido hizo repetidamente Nietzsche, al atribuir algunos conceptos de la filosofía alemana, y algunas circunstancias de la historia alemana, a las fastidiosas dificultades digestivas de sus autores y protagonistas. La síntesis más intensa de este tipo de maniobra intelectual es, seguramente, cierto aforismo de Émile
 Ciorán: “Si creemos tan ingenuamente en las ideas, es porque olvidamos que han sido concebidas por mamíferos”.

A propósito: hay cierta especie de novela, muy exitosa en las últimas décadas, que usa una variante perversa de esta estrategia (digamos) posevemerista, consistente en fabular las miserias privadas de los héroes. Se nos cuentan, por ejemplo, las diarreas de Simón Bolívar, o las disfuncionalidades genitales de Jean Paul Sartre, o se nos informa que José Batlle y Ordóñez era capaz de comer cantidades asombrosas de mondongo. Pero el objetivo de estas narraciones (correlato ficcional de la celebrada privatización de los contenidos de la Historia) no es desacreditar a los héroes al presentarlos en situaciones anodinas, sino, por el contrario, glorificar esas nimiedades cotidianas, que aparecen contagiadas por el prestigio de quienes las padecieron. La halitosis o los dolores menstruales no deben ser considerados como algo humillante y sin sentido: hubo grandes personajes que vivieron con ellos. Por ese camino no tardaremos en concluir que la grandeza de Dostoievski no se debe a haber escrito Crimen y castigo, sino a haber sido epiléptico.

Cantemos la justa

En Uruguay y también en Buenos Aires, creo existe una tradición que, por un lado, replica el evemerismo, y por otro, subvierte sus procedimientos y efectos. Se trata de “la justa”: una verdad de acceso restringido o exclusivo, que de pronto un iniciado revela (canta o bate, según la jerga regional). La revelación de la justa, además de iluminar al receptor, además de avivarlo, redimiéndolo de su condición de nabo o gil, generalmente se propone desarticular una interpretación hegemónica de algún aspecto de la realidad, abolir un relato sagrado. En este aspecto, la justa es, como quería Evémero, una estrategia de desilusión. Es una información pretendidamente novedosa o inesperada sobre algún acontecimiento o personaje (político o preferentemente deportivo) que aparece para modificar el sentido del hecho o la valoración del personaje. Muchas veces se trata de situar el origen o la motivación de algún suceso muy conocido o glorioso en un episodio privado, y por lo general innoble, equívoco o solo casual (un vicio, un adulterio, un error). Podría decirse, entonces, que la justa es la transformación de la épica en novela burguesa.

Pero la justa es una práctica que prescinde de la escritura, y es en verdad la reconversión de la escritura en oralidad. Es una forma de emisión y un volumen de voz que combina lo confidencial con lo apodíctico, una gestualidad escéptica y un lexicón que abunda en paremias y en voces lunfardas. El escenario en el que se desarrolla mejor es el espacio destituyente de ciertos bares, donde como se sabe ocurre una suspensión del tiempo y una disyunción de órdenes, un entrevero de lo público y lo privado, lo sagrado y lo profano, etc.. Aquellas creencias o relatos que han sido sistematizados, jerarquizados, instituidos, que han sido escritos, se desactivan y se resuelven en anécdotas (etimológicamente: las cosas que no han sido editadas).

La justa no requiere ningún mecanismo de verificación. Basta con la apelación a ciertas experiencias (tener noche, mostrador, calle o vestuario) de quien la revela. En aquellos ambientes y con estos procedimientos se legitima, se difunde y se perpetúa una mitología menor donde los ídolos deportivos son sustituidos por sus hermanos alcohólicos, donde las cosas importantes no ocurren en los campos de juego ni en las asambleas, sino en los camarines y en los dormitorios. Allí los mendigos son universitarios brillantes victimizados por una mujer infiel o por los torturadores de los años 1970, cuando no propietarios secretos de cuentas bancarias incalculables. De este modo se pone a funcionar un pasado bizarro donde el presidente Tomás Berreta no murió de cáncer y Gardel no murió.

Nihilistas vs benilunes

Lo que hasta aquí se ha dicho sobre la justa parecería ser solo la descripción de un folklore pintoresco, o en todo caso, lo que en otros tiempos se llamaba crítica de costumbres. También es cierto que el ejercicio de la justa y sus oficiantes parecen destinados por distintos motivos a desaparecer pronto. Pero lo alarmante es que esta tradición en retirada haya pasado a alojarse, como un microbio ladino, en las entrañas del discurso político. Nadie habrá podido olvidar todavía que el Dr. Jorge Batlle llegó por fin a la presidencia mediante una campaña cuyo eslogan central era la justa. El argumento que Batlle proponía tenía cierto retorcimiento: él había perdido muchas elecciones por revelar algunas verdades y anticipar cosas horribles que los simulacros y maquillajes de la política y de la ideología preferían escamotear al conocimiento de los electores; pero finalmente se dio la gran anagnórisis, y la gente aceptó y aún reclamó que Batlle le cantara la justa (como repetía su jingle de campaña). Recién a comienzos del milenio los uruguayos estuvieron maduros para ser emancipados de los engaños de la política por el pragmatismo festivo y coloquial de Jorge Batlle. Ahora, la prosodia desencantada y sentenciosa de José Mujica, su jerga reticente y anticuada (balero, pichicata, biru-biru), la recurrente apelación a la experiencia carcelaria (canera) para legitimar sus dichos, lo muestran en bares frecuentemente como un ortodoxo de la justa. También lo son otras figuras del gobierno como Fernández Huidobro y Mauricio Rosencof. Lo que estos personajes, aficionados a cantar la justa, suelen decirnos es que hay más cantidad o más intensidad de verdad en lo privado (y en lo íntimo) que en las grandes construcciones discursivas colectivizadas. Los que creen lo contrario son unos belinunes.

Jean Baudrillard sostuvo que el nihilismo es el interés por las formas de desaparición de las cosas. La justa debería ser entonces un capítulo breve en un tratado o catálogo de nihilismo: una modalidad banal de la muerte de la política.

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