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Amir Hamed
ISSN 1688-1672

 


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          LA VERDAD EN UN MUNDO INVERTIDO

Situacionismo en Uruguay o la cultura por dos pesos

Amir Hamed

Persiste la duda. ¿Fue en realidad
un acting situacionista disfrazado de acto de campaña electoral o en rigor otra cosa? Al menos eso sería lo más alentador, porque, a fin de cuentas, qué hubiera sido de aquel Mayo Francés sin ellos, los situacionistas que promovían el secuestro de las creaturas del capitalismo y la distorsión tanto de su significado como de su uso original para producir un efecto crítico, instancia a la que llamaban
détournement. Se trataba en aquel entonces, y acaso se siga tratando, de tomar esas expresiones de la cultura de medios y sus eslóganes y devolvérselos, como una solemne escupida, tanto a los publicistas como al status quo político.

De haber sido una performance situacionista, generada a partir de una campaña electoral pero diseñada por los mismos participantes en la campaña, el futuro se abre rosáceo, auroral, con ribetes de dorado. A fin de cuentas, en aquel espectáculo participaban dramatistas autoproclamados de vanguardia y un intelectual de prominente cargo administrativo, y entonces, ¿cómo descartar que se tratara de un meticuloso diseño pensado para hacernos concienciar, como se decía antaño, es decir, introyectar de manera crítica, el lamentable estado de la vida y de la cultura en este capitalismo hipertardo y en eso que llaman la sociedad de la información?

Si el situacionismo había secuestrado una campaña electoral, esto explicaría, entre otras cosas, que interruptor se demorara lo que se está demorando en reseñar el acontecimiento, sabiendo como sabemos que lo último a confundir es política con sufragio, porque lo que se escribe en temporada de cacería de votos termina, a su turno, secuestrado por las partes en pugna. Una premisa del situacionismo reaplicado a estos días sería, entonces, que se trata de una actividad retroactiva, o solo resimbolizable de forma retroactiva, como en el caso de esta retrorreseña.

Retroactivamente, entonces, cabe re-situar aquello, desplegado bajo pretexto de coronar una  agotadora campaña electoral que tuvo por últimos concursantes al hoy electo presidente Tabaré Vázquez y a Luis Lacalle Pou y su eslogan “por la positiva”. El situacionismo retrotraído a estas tierras, entonces, con casi medio siglo de retardo (Julio Cortázar habría sido, tal vez su único exponente platense, aunque como se sabe se trataba Cortázar de un belga argentino-parlante con residencia en París). Y entonces, si por ejemplo Jarry y Ionesco recién fueron puestos en escena en Uruguay en la década de 1960, tardía llegada del absurdo que, sin embargo, ayudaría más tarde al país a ir desembarazándose de una dictadura, por qué no pensar que, si el absurdo epigonal resultó liberador en su coyuntura uruguaya, el tardosituacionismo ahora pueda estarnos librando de algo, si acaso menos aprehensible, no menos venenoso que un gobierno de charreteras ignaras y asesinas.

Pero ya no nos demoremos en lecturas de contexto; vayamos sin más al detalle. Cultura x +, el evento en cuestión, diseñado para coronar la presentación de los planes de Tabaré Vázquez (el continuismo, según lo llamaba su opositor), había decidido poner de relieve aquello que las campañas presidenciales en el país antiguamente descuidaran con premeditación y alevosía: la cultura. Y si el situacionismo, en sus días de Europa, pretendía mostrar cómo los acontecimientos no son sino una construcción previa, un staging meticuloso desarrollado por el Poder, y legitimado por los medios de comunicación, ahora el evento era transmitido a todo el país por el canal de televisión que se especializa en fútbol y murgas.

Se podía ya sospechar, de inicio, una magistral dirección que ponía en escena, con pulso inflexible, un guión secreto y apabullador. Entre los participantes destacaban actores/directores teatrales que proclaman una vanguardia tan rebuscada que a veces hay que buscar detrás de ella una hibridación de Walt Disney con el Teatro de la crueldad (uno de ellos, aplaudido enfant terrible, hace pensar que Tribilín acaba de ser tocado por el siempre inquieto daimón de Antonin Artaud). Pero había también un experto de medios audiovisuales cuyo informe agotador, azotado por un tartamudeo de cifras, hacía comparecer un desarrollo floreciente de la industria audiovisual del país, sobre todo, entiéndase bien, de avisos publicitarios.

De que la cultura era cuestión de cifras quedaba avisado el público al empezar no más, porque entre los ponentes había una contadora especializada en cultura, pero también más temprano que tarde nos desayunábamos, todos, de que esas cada vez más cuantiosas cifras del audiovisual no solo estaban sostenidas por la producción de avisos publicitarios sino que eran, además, avisos publicitarios. ¿Cómo no darnos cuenta, entonces, de que participábamos de un happening? Bastaba recordar a uno de los campeones del situacionismo, a Guy Debord, autor de La sociedad del espectáculo, quien ya para 1967 entendía que “en el mundo realmente invertido, lo verdadero es un momento de lo falso”. Así que la cultura son los avisos publicitarios, capturaba cualquiera que lo mirase por televisión, y ahí caía también en la cuenta de que no es que hubiera gente del espectáculo hablando de cultura sino que, en todo el elenco, no figuraba historiador, ni escritor, ni filósofo ninguno, ni siquiera un antropólogo, sino que los ponentes eran todos gente espectacular, con excepción del Director de cultura saliente, hombre de letras que, sin embargo y según su exposición entendía que desarrollar cultura era, en buen romance, cumplir con el Pacto de Derechos Económicos y Sociales, cosa que dejó para el final de su alocución, en extremo aplaudida.

Si un rumor se puede dar en secreto, entonces eso es lo que ocurría para entonces. Había como un coreo íntimo en que el espeso auditorio, atenaceado todavía por sus butacas, ya se sentía, sin embargo, tomando las calles, clamoreando unánime si esto no es cultura, la cultura dónde está. Situacionismo, situacionismo: como no comparece Jean Paul Sartre para ponerse al frente de la marcha, entonces que la cultura sea, sencillamente, el circo (“el espectáculo, comprendido en su totalidad, es a la vez el resultado y el proyecto del modo de producción existente”, entendía Debord. “No es un suplemento al mundo real, su decoración añadida. Es el corazón del irrealismo de la sociedad real”). La reacción del público había sido sabiamente alimentada, manejando cada anticlímax, contrastando las tundas de números propinadas por los administrativos con una temprana confesión que dejó el sentimiento a flor de piel. El escándalo meticuloso y provocado: una de las dramatistas, muy emocionada porque de alguna forma el evento, según avisaba, le permitía conjugar la letra escrita y la voz, ya había proclamado que “no podés ser artista y no votar al Frente”.
La emoción no se apagó en días, ni en comentarios de corredor ni tampoco en Facebook, donde hubo, cómo no, gente indignada por semejante salida del clóset de la gente de las tablas que se saca de un solo manotazo todas las máscaras y establece, a secas, la cósmica necesidad del aparatchik, la felicidad de vivirse en nomenklatura.

Queda a este reseñista, sin embargo, la obligación de apuntar que el exabrupto fue atroz, como señalaban los indignados, escandaloso, sin duda, y agréguese también, cierto: desde Felisberto Hernández aquellos partidos que no sean autoproclamados de izquierda no han contado entre sus filas, en Uruguay, con intelectuales o artistas de fuste (puede que alguno se me escape, pero no muy descollante), y eso es señal estentórea de la incapacidad ya casi atávica de estos partidos de discutir los tiempos con un mínimo de aplomo intelectual (claro que, por contrapartida, la mayoría, por ejemplo, de los escritores importantes del país, empezando por Juan Carlos Onetti, siguiendo por Marosa di Giorgio o Mario Levrero, se han mantenido al margen del engagement  frenteamplista por entenderlo, a todas luces, craso).

Y como todo lo que se da por estas tierras, también se trató de una vanguardia adaptada, de un situacionismo, si es que lo fue, aristotélico, porque para entonces ya había despertado piedad y horror, y establecido, además, todas sus reglas de necesidad. En la sociedad del espectáculo, recuerda Debord, “cada noción no tiene otro fondo que su paso a lo opuesto: la realidad surge en el espectáculo, y el espectáculo es real”. El espectáculo devenido aparatchik ya para entonces nos había avisado que vivimos en alienación recíproca, es decir que nos estaba mostrando, en su alienación, y como querían los situacionistas, “la esencia y el sostén de la sociedad existente”.

¿Faltaba algo? ¿Podía alguien ver algo más en la despiadada nitidez del espectáculo? Tal vez no, pero si se necesitaba un remate trágico, éste llegaría en  las palabras del entonces candidato quien, a partir de lo dicho por todos sus partenaires, desprendía una conclusión natural, irrefutable, indiferible: debía aprobarse, ya mismo, la Ley de medios, largamente discutida en el parlamento. Epifanía y conmoción, y acto seguido, como se corroboraría, aprobación de la ley de medios. De momento, y como en el circo romano, las masas se levantaban unánimes, apretadas en un solo aplauso, porque la Ley de medios venía a conjugar, al parecer, lo que se pudiera decir sobre cultura: la cultura está en los medios, que son su quintaesencia, porque ahora los canales de televisión deberán llenar una programación nacional que dé empleo a guionistas, actores y músicos uruguayos. De vivir, Debord hubiera moqueado de emoción ante el espectáculo de la cultura desintegrada, en el estado en que debe exhibirla un situacionista cabal, rematada por dos pesos. La cultura en la epifanía de su desintegración, pulverizada en el entretenimiento, desentendida por completo de la cultura.

Claro que no hay que descartar que este reseñista se haya equivocado de cabo a rabo y no se tratase, entonces, Cultura x + de un espectáculo  debordeano sino de muy otra cosa, de algo más establecido, menos rupturista, más formal. A fin de cuentas, cualquiera sabe que si alguien, en una obra de teatro, pregunta por la cantante calva, la respuesta natural debe ser “Sigue peinándose de la misma manera”. 

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