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Amir Hamed
ISSN 1688-1672

 


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          DE LOS COMICIOS COMO PAPELÓN

Negativo, por favor

Amir Hamed

1. Nada como el centro

Una periodista canadiense, que vivió
un par de años en Uruguay, regresó furtiva para cubrir la primera vuelta de los comicios y me preguntaba al día siguiente cómo podía ser que algunas agencias internacionales escribieran que el candidato colorado, Pedro Bordaberry, fuera de “centro”. Eso, claro está, resultaba tan paradojal como percibir, mientas charlábamos, que el Frente Amplio, según el conteo de
la Corte Electoral, acababa de obtener, en ese mediodía de lunes, la mayoría absoluta en la cámara de diputados, contradiciendo todas las predicciones. Y por supuesto, también tan paradojal como escribir, como hacen esas mismas agencias internacionales, que el Frente Amplio, cuyo candidato presidencial, Tabaré Vázquez, repite se trata de un partido de centro, o en el mejor de los casos de centro-izquierda (y que él mismo se considera tan “conservador” como la ciudadanía) sea partido de izquierda. 

En rigor, la única forma de contestar a la periodista era articulando una nueva pregunta: ¿cómo es posible hacer uso de categorías ideológicas (como centro, derecha o izquierda) en una competencia electoral como ésta, el mayor intento que haya conocido Uruguay de evaporar lo político en favor de una supuesta excelencia administrativa? Las campañas se centraron en temas de gestión; en la presentación de “equipos”; en el combate administrativo a padecimientos sociales como la inseguridad ante la criminalidad o el lamentable estado de la enseñanza, en particular la secundaria; en si disminuir o dejar de disminuir la edad de imputabilidad; en si la economía traerá o dejará de traer “viento de cola”; en fin, en cualquier tópica que alejara la vieja discusión por la ideología, sustituyéndola por una desesperada carrera “hacia el centro”, instancia neutra, agujero negro, atractor en el que gana, y habrá de ganar siempre, el Frente Amplio, partido que sostiene, de alguna manera, el impulso social demócrata que hiciera el Uruguay moderno, aunque en el esquema del actual consenso posneoliberal, al servicio de los intereses del capital internacional.

Y sin embargo, hasta el comienzo del escrutinio, las encuestadoras insistían en que algo había cambiado en el mapa electoral del país, error que convirtió la cobertura de las elecciones en un inmitigado papelón del que participaron periodistas, politólogos, encuestadores, incluso algún político, todos declarando o explicando, en la noche del domingo, realidades volatilizadas, porque, mientras ellos dictaminaban una cosa, debajo de ellos, en la pantalla, la tozudez de los votos iba revelando una muy otra: que el Frente Amplio, lento, inexorable, marchaba rumbo a la mayoría parlamentaria y a ganar de antemano, aunque forzado a presentarse a una segunda vuelta, las elecciones.

La dificultad para predecir el escrutinio tiene razones análogas a la de asignar un lugar en el viejo espectro político, ése que se descorre de izquierda a derecha, a candidatos (los tres que provienen de los partidos mayoritarios) que se proclaman centristas, si bien proceden de lugares que, al menos hasta hace un tiempo, estaban obviamente volcados a los extremos. Porque, a fin de cuentas, cómo definir quién gana si la gente ya no se define por ideología, siquiera por marcas de pertenencia, y está dispuesta a sostener aquello que conoce mejor, máxime si eso le ha traído cierta bonanza económica, como sucede con el Frente Amplio. ¿Quién andará mejor en el centro, para decirlo de otro modo, que aquel que ya está gobernando desde el centro? ¿Quién andará mejor en el centro que quien está probando que le defiende sus pesos al votante?

Y este pequeño truco, viejo como la modernidad, que la gente vota según ideología o interés, escapó a politólogos, encuestadores, periodistas e incluso a muchos políticos, hipnotizados por el diorama del centro. Así, cuando las agencias internacionales pronuncian de centro al herrerista Lacalle Pou, es decir, a alguien perteneciente a un sector derechista por disciplina y abolengo, ya que es el sector de su bisabuelo Luis Alberto de Herrera, es porque eligen olvidar su procedencia. Lo mismo ocurre con Bordaberry, candidato, como saben los uruguayos, al menos los uruguayos viejos, legatario de la sección más derechista que conociera el partido colorado en el siglo XX.  Pero si ellos deciden olvidarlo, no así los votantes: no se vota al advenedizo; y si los candidatos de la derecha tradicional se quieren mimetizar con los frenteamplistas, abandonando el traje y la corbata, nunca dejarán de ser eso, advenedizos, copiones, subidos al carro.

2. Sistema de adherencias

Para las pasadas elecciones, las de 2009, Bordaberry había sabido enunciarse desde una instancia neutra, en la cual su apellido quedaba provisoriamente secuestrado a favor de “Pedro”, el nom de guerre que asumió para desmarcarse de su padre dictador y convicto; el nuevo líder colorado, por entonces ya lanzado hacia el futuro, a la recolección de los “coloraditos”, es decir, los colorados del futuro, decidió olvidar por entonces discutir temas de agenda. Ni entonces ni ahora, cuando sí discute un par de tópicas de agenda, se proclamó  hombre de derecha. Eso sí, se declaró hombre de paz: el jingle de Bordaberry martilló, con ominosas reminiscencias de John Lennon, con soñar con vivir en paz, algo que en un país antibelicista como Uruguay debe ser leído con el término militar de  “pacificar”, es decir, someter por la fuerza aquello que se oponga (como “pacificaba” las Galias Julio César en sus memorias, o como iba pacificando Mesoamérica, en su camino a Tenochtitlán, Hernán Cortés, según explicaba su carta a Carlos V).

Por su parte, ni Vázquez ni el Frente sueñan ya con establecer posibles luchas de clases, ni nacionalizaciones, como en los días de la fundación del partido, allá por 1971, sino que solo piensan en atraer la mayor cantidad de inversión extranjera, es decir, en vender lo más posible los recursos minerales, forestales, animales e incluso cerebrales del país. Mientras Vázquez se presenta como “progresista”, Bordaberry lo hace como pacifista y Lacalle Pou “por la positiva”, un esquema surgido de modelos de autoayuda estadounidense que reducen el universo a una ley de atracciones, por lo cual pensar positivamente, es decir, pensarnos alcanzando lo que deseamos, nos permitirá, por una suerte de magia homeopática, conseguirlo. Este pensamiento nos permitirá hacernos finalmente con ese automóvil que anhelamos, que habrá de venir por sí solo a nosotros si desde ya vamos cuidando su espacio de estacionamiento; o ser presidentes, si lo deseamos mucho pero mucho, mucho.

Ni derecha, ni centro ni izquierda, por tanto, sino paz, positividad y progresismo, tres variantes que, de por sí, inhiben la categorización ideológica, precisamente porque inhiben toda posibilidad de crítica o negatividad, comenzando por el progresismo, noción acumulativa que se encuentra imbricada con el positivismo desde el siglo XIX. A este fundamentalismo de la positividad se adhirieron (no adhirieron: en este entramado, nada se suma, todo se pegotea como una gran baba de marketing) los talking heads de la elección, los politólogos, pero sobre todo las empresas encuestadoras, que proyectan categorías anti-ideológicas para realizar sus predicciones. "Pensamos que Uruguay era más moderno", se excusa una analista de la empresa Cifra, por haber errado desaforadamente el diagnóstico, sin darse cuenta de que su excusa explica, no el error de cálculo, sino cuán fatal es el error. Según la analista (así la llaman las agencias), si le asignaron mayor votación a la campaña "fresca y joven" de Luis Lacalle Pou fue porque competía con un candidato poco “novedoso”, como Vázquez, al que por anticuado o demodé su agencia le restó entre cinco o seis puntos. Dejemos de lado el hecho de que la empleada de Cifra se pronuncie, no como debería expedirse un analista neutro sino de forma más cercana a una asesora de imagen de Lacaller Pou: que una analista de encuestadora se pronuncie como quien está estableciendo las reglas de mercadeo de una gaseosa emaciada de cafeína devela, a todas luces, de qué se trata, hoy día, la política uruguaya, o al menos en qué quieren convertir lo que debiera ser política quienes terminan resultando elegidos por la ciudadanía y el aparato creado alrededor de ellos.

3. Pero sí, cómo no

Durante todo el actual gobierno de José Mujica, como ha señalado recientemente Soledad Platero, como viene marcando de manera insistente Sandino Núñez y como ha dicho más de una vez interruptor (ver aquí, aquí o aquí), la política ha sido despolitizada, cayéndose como cae repetidamente el saliente presidente Mujica, en argumentos hipotéticamente morales, de pobreza o riqueza de espíritu, de generosidad o tacañería, de alma grande o alma podrida, para dar cuenta de los asuntos de Estado, tratando decisiones de política internacional como si se estuviera hablando de comer o no comer panchos del carrito, explicando repetidas inacciones en términos de dimensiones de país y no de deber ser, o de deber hacer, dándose por vencido de antemano, en nombre de un pragmatismo a todas luces descorazonador, atajándose, así, de emprender ninguna acción de fondo, etc. En  este marco de despolitización, el progresismo del Frente Amplio, que rebautizó al oligarca de ayer como productor, que al empresario de hace poco hoy lo dice innovador, que ha pasado a entender el mundo como un proyecto corporativo, por el cual se esfuma el bien común y en su lugar comparecen, además del cabildeo corporativo infinito, las tiránicas reglas del éxito, se vio momentáneamente asaltado por quien, a fin de cuentas, es el dueño de ese juego y de su nomenclator, el oligarca de ayer, la gaseosa refrescante de hoy día, es decir alguien como Lacalle Pou.

Dicho de otro modo, la positiva de Lacalle Pou no es sino una consecuencia natural, un enquistamiento discursivo de la arrogancia anti-intelectual y descalificadora del progresismo, especialmente en su variante mujiquista, movimiento negado al debate, a la oposición de ideas. Claro que se necesitan varios para bailar el tango, y la desideologización, la estampida hacia el agujero negro del centro (“el centro es la moneda asignificante que todos luchan por conquistar, como en una partida de ajedrez", afina Sandino en su último libro”), había sido inaugurada, por la derecha, por “Pedro”, desentendido mágicamente de cualquier vinculación con el pasado a través de la recolección de coloraditos sin apellido; lo mismo quiso hacer creer Lacalle Pou: en esa neutralidad, ni de derecha ni de izquierda, hijos de nadie, podría entenderse que Pedro y Luis eran recién llegados al mundo de la política, desposeídos de carga ideológica, cuando no lo son, salvo que comparecen como esporulaciones de un sistema que hace lo posible para evitar que se discutan contenidos.

Ningún analista, según el no explicitado pero vigente vademécum del actual análisis de campañas (se discute la campaña, no las propuestas, como avisara tempranamente interruptor) debe prestar atención a qué se dice, sino a la entonación; más importante resulta, para los talking heads, el envase que el contenido, una tardo-semiotización de lo que por mucho tiempo, allá por los tiempos en que todavía existía la política, se creyó debía ser un debate de ideas y proyectos. En esa dormidera crítica nadie parecía reparar, por ejemplo, en que el afán de paz de Bordaberry, su determinación por hacer plebiscitar una norma que castigara con mayor severidad a los menores infractores, que hiciera de ellos, lisa y llanamente criminales, ubicaría su agenda, velozmente abrazada por Lacalle Pou, como crasamente derechista, incluso para los parámetros desideologizados de hoy día. Si el clisé entiende que lo que divide a unos y a otros es su relación con el Contrato Social, siendo los de derecha aquellos (hobessianos) que creen que el hombre es peor de lo que es, mientras los izquierdistas (roussonianos) son aquellos optimistas incurables que creen al hombre (al niño, a la mujer, al transexual) mejor de lo que en rigor es, aquellos que promovieron el Sí a la baja son los derechistas y deberían ser señalados como derechistas.

Claro, este Sí (a la baja, a la criminalización) fue votado en todos los partidos, y entre los votantes del Frente Amplio compareció a raudales. Y, claro también, este Sí no deja de ser indicador de que el Frente Amplio, en especial a través de la administración Mujica, ha ayudado muchísimo a la desideologización del país, y a la entronización de la positiva. Si el progresismo es por defecto positivista, acumulador, renuente a la discusión, ya que pasa por arriba de cualquier disenso (como el eslogan actual del Frente Amplio en campaña, “Uruguay no se detiene”), lo cierto es que, por un momento, la positiva de Lacalle lo tuvo jaqueado. A positivo, positivo y medio, se ve que afirmaron los directores del marketing del candidato nacionalista, quien por un rato logró llamar la atención sobre la práctica, muy mujiquista, y muy progresista, de confundir discrepancia con descalificación, proponiendo un modelo anti-descalificación, y en extremo tiránico, porque al afirmarse renuente a desacreditar rehuía y tácitamente descalificaba toda confrontación, o negatividad.

De todos modos, ese positivismo casi teologal  de Lacalle Pou no logró acallar consideraciones tan derogatorias como previsibles, de parte del siempre vocinglero Frente Amplio, cuya capacidad de repetición es semi infinita. No mirar atrás, plantearse el mundo como algo que está delante de uno, algo que se va a alcanzar si se mantiene la “positiva”, comporta olvidar que la renovación, esa modernización que predicaba la analista de Cifra desatiende lo más obvio: el Partido Nacional estaba candidateando a Lacalle para tomar las riendas del gobierno, es decir, al mismo apellido que había presentado apenas cinco años atrás, en la elección previa, cuando su padre, el ex presidente Luis Alberto Lacalle Herrera, político de raza perseguido por feas acusaciones de todo tipo y calaña, incluso propinadas por correligionarios, fuera electoralmente barrido por José Mujica. Y si aquel vencido Lacalle Herrera dijo entonces que, o él no entendía más al país, o el país ya no lo entendía a él, la intelligentsia marketinera del Partido Nacional, y también la red de comentadores o adherencias politológas, llegó a entender que esta falta de sintonía había quedado subsanada en este hijo que ahora arremetía sostenido en su positividad acrítica, pero que se hundía penoso ante la primera entrevista mínimamente desafiante que tuviera que enfrentar, mostrando allí ni siquiera saber de qué estaba hablando respecto a los temas centrales de su agenda, educación y seguridad.

Hasta el domingo, entendieron todos, analistas y políticos nacionalistas y colorados, periodistas de agencias y de canales de televisión, fue como si uno no hubiera precisado, como no precisaba Lacalle Pou, saber nada; lo que importaba es el equipo y mantenerse bien pero bien positivo. Ahora bien, el pasado domingo, los intereses del ciudadano por un lado, celoso de su bolsillo, y la ideología, incluso la desencantadísima de los izquierdistas cuyo sufragio sigue secuestrado en el Frente Amplio, se hicieron oír, y contradiciendo todo el muy manufacturado pronóstico de encuestadores y medios masivos, los partidos que otrora se asumían de derecha, o de centro derecha, y que hoy se autodenominan “fundacionales”, sufrieron la peor votación de su historia. Lo que esto muestra, antes que nada, es que en una década no han sido capaces de revitalizarse, ni siquiera de darse una mínima ración de negatividad (siguen, como con Lacalle Herrera, desafinándole a un país que ya no les responde, ese mismo país que, alguna vez, estos mismos partidos hicieran). Es que esta derecha camuflada, vapuleada y encogida no ha encontrado cómo criticarse; campea en ella, todavía, esa superioridad moral de aquellos que se sienten rancios, de vuelta de todo, y, por tanto, genuinos poseedores del país, cosa que en buena medida los aliena del electorado y, por sobre todo, de la cultura, del humus sufragista.

A esto, claro está, se podría argumentar que si esta derecha encontrara una forma radical de criticarse, acaso de negarse, muy probablemente dejaría de ser derecha: el Partido Nacional y el Colorado, que gobernaron en coalición cuatro períodos después de la dictadura, llevan diez años en el llano y solo han podido promover una renovación dinástica, una reiteración de apellidos que surgen de sus alas tradicionalmente más “conservadoras” (aunque esta monotonía no es excluyente de estas alas: el mayor adversario colorado de Bordaberry era previsiblemente un Batlle).

4. El karma del camaleón

Ahora bien, si el resultado de las elecciones ha demostrado que la estratagema de la positividad crasa y desnuda es todavía insuficiente para hacerse con el gobierno del país, de todos modos, lo actuado por el Frente Amplio en campaña, que gobernará por un tercer período, dista de abolirla y, por el contrario, la deja martillada. Nadie debe olvidar que la positiva, una prédica que a estas alturas tiene dimensiones de culto en Estados Unidos, logró enmarcar la campaña, y el que logra enmarcarla, dice el lingüista Georg Lakoff, tiene todas las de ganar. Así, vencer en el sufragio nada tiene que ver con una victoria ideológica; más bien se trata de un paso de baile, por el cual queda todo el mundo más enredado incluso que al comienzo. Alguien, se ve que con algún apuro, desde tiendas del Frente Amplio le encontró un contraveneno barroquizante, salido de la lógica empresarial, a la positiva de Lacalle Pou. Se trata de la propositividad, o la actitud propositiva, que se tradujo en un eslogan, siempre empresarial, “Uruguay x +”. El individuo o partido propositivo recurre, por decirlo así, a herramientas críticas y reflexivas para alcanzar objetivos viables (Vázquez, por ejemplo, pasó a decir en cuántos puntos porcentuales -30- pensaba iba a reducir los hurtos en cinco años), pero esto mantiene la discusión en términos gerenciales, y por tanto, se mantiene la discusión en términos nunca ideológicos.

Si el Frente Amplio ha sumado más sufragios que los dos partidos fundacionales juntos, esto nada tiene que ver con que el país tenga un indetenible motor de izquierda, como algunos se apresuran a proclamar, ya que la variante inescapable de la izquierda es, precisamente, la negatividad. Porque, a fin de cuentas, ¿qué es la negatividad sino, sencillamente, la posibilidad de la crítica, pero también de cultura? Es la asunción de la negatividad aquello que nos dice no solo si somos ilustrados o si dejamos de serlo, si somos una instancia autónoma, adulta, dispuesta a gobernarse a sí misma, o si somos niños en peregrinación hacia una nueva tutela. Es la asunción de la negatividad, por otra parte, aquello que nos permite delimitar si estamos pensando en términos de bien común, es decir de Estado, como al menos deberíamos pensar, o si pensamos en crasos términos de marca. Porque en gran medida lo que queda por definir, a partir del próximo gobierno de Vázquez, es si Uruguay tiene alguna posibilidad de sobrevivir como cultura, como estado nacional, haciendo honor a los protocolos de su fundación, por ejemplo dedicándose a no diferir más la reforma de la educación a la que todos los ciudadanos de todos los partidos se deben comprometer, o va a resignarse a ser un branding relativamente exótico, por el cual, en vez de ciudadanos, pasaremos a ser, definitivamente, accionistas distraídos de una empresa de nombre guaranítico, Uruguay, que gerencia capitales extranjeros a través de una mano de obra pobremente calificada aunque consumidora por demás entusiasta.

Y ni qué hablar de que negarse a la negatividad (y resignarse a un positivismo atropellado) es mutilarse cualquier posibilidad de izquierda, de recuperación dialéctica en un plano superior, en un proyecto, en un mínimo de teleología. De no ser fatigoso, se podría exponer que el universo es negatividad, que toda creatividad es negativa, que Dios (Jehová) creó el mundo por negación, discriminando entre luz y tiniebla, que los hindúes la tienen clara y que toda acción es karma, porque es negativa. Se debería agregar, entonces, que el hacer, y el conocer son darse a la negatividad, salir del aturdimiento y tedio heideggereanos, por así decirlo, y permitir el mundo (es decir, que el mundo se descorra). Suficiente, de todos modos, es este otro ejemplo, más bien profiláctico: usted acaba de tener sexo casual y se hace un análisis de HIV. ¿Cómo quiere que le dé? 

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