H enciclopedia 
es administrada por
Sandra López Desivo

© 1999 - 2013
Amir Hamed
ISSN 1688-1672

 



ESTADOS UNIDOS - OPERACIÓN "JUSTICIA INFINITA" - IMPERIO NO ASUMIDO - SISTEMÁTICO LINCHAMIENTO DEL MAL - LA NUEVA GUERRA DE ESTADOS UNIDOS - GUERRA SONÁMBULA -

New York, setiembre 20, 2001: La guerra sonámbula

Amir Hamed
Con el correr de los días, los eslóganes han ido variando. América se une, América se levanta. Desde hace días, con agobiante fervor patriótico, nos han informado que son los días de La nueva guerra de América. Coalición o nada Pero algo falta. Ni bien se supo que habían cesado los "ataques", se estaba pidiendo sangre urgente, pero no sólo para donar, sino también para cobrar


Hace unos días tengo una rutina. Con esfuerzo, apago el televisor, camino unas cuadras, bajo escaleras, paso molinetes, tomo el metro que me lleva a Manhattan. En el tren, verifico que tanta tecnología me transporta en el tiempo: así, exactamente, hace dos mil años, era Roma. En el subterráneo, lo más difícil de hallar es una cutis blanco. Yo, curiosamente, tengo uno de ésos. Cierro los ojos, hablan en incomprensibles lenguas asiáticas, en árabe, en castellano con acento de México, murmuran algunas palabras en inglés. Como siempre, me cuesta algo más entender la entonación de los negros.

También cada día trato de creer que se trata de una alucinación subterránea. Pero en Broadway, en la avenida de las Américas, en la Quinta, en la calle 32, es prácticamente lo mismo. Japonesas, chinos, vietnamitas, negros, hispanas, pakistaníes, tailandeses: aquí tres personas blancas, que hablan un francés complejo. Seguramente, es belga. Salpicados aquí o allá, comparecen algunos wasp
(los tradicionales blancos, anglosajones, protestantes). Abundan los indios de la India pero brillan por lo ausentes los nativos americanos. Hacía cuatro años que no estaba en Nueva York. En ese lapso, el paisaje babélico se ha intensificado. En estos días otra cosa es acrecida: el número de fotos que amigos y parientes de las víctimas pegan en postes, en paredes, pidiendo cualquier tipo de información que nunca habrá de llegarles.

Pero lo que parece inamovible es CNN o los noticieros de las grandes cadenas, o los locales de Nueva York, que están igual que hace 10 años. Las mismas y los mismos wasp a cargo de las noticias y los comentarios. Por alguna parte, como intentando romper la monotonía, una reportera negra. Pero todos, como hace una década, como hace 15 años, con idéntica letanía, con la misma cháchara acongojante. Hace ocho días, cuando dos aviones suicidas hicieron de las torres gemelas escombro y polvillo de huesos machacados, había desaparecido el gobierno. Sólo quedaban los noticieros perplejos, contando catástrofes, pidiendo sangre urgente, pero no sólo para donar; también para cobrarse el atentado que padecieron aquí y en Washington.

Durante horas, sólo hablaron ex gobernantes, periodistas y el escritor Tom Clancey, previsor de catástrofes. En ese interin, los titulares cambiaban con pasmosa velocidad: ¿accidente o atentado?, atentado en el World Trade Center, caen las torres, finalmente, América
(es decir, Estados Unidos) está siendo atacada. Cada parte de noticia se transforma en eslogan publicitario. Para cuando finalmente, ya reinstalado en la Casa Blanca, el presidente Bush comenzó a hablar, los noticieros habían decretado que se trataba de una guerra. No se podía esperar otra declaración que la que finalmente dio; ya en los medios se había decretado que no se trataba de craso terrorismo sino de una declaración de guerra.

Con el correr de los días, los eslóganes han ido variando. América se une, América se levanta. Desde hace días, con agobiante fervor patriótico, nos han informado que son los días de La nueva guerra de América. Coalición o nada Pero algo falta. Ni bien se supo que habían cesado los "ataques", se estaba pidiendo sangre urgente, pero no sólo para donar, sino también para cobrar. Antes de que el gobierno lo enunciara, el nombre de Osama Bin Laden resonaba en todos los canales. Comenzó la urgencia por producir o reproducir documentales, montando escenas que luego se verifica no pertenecieron (como por ejemplo el de un militante baleando una imagen de Bill Clinton, que acabo de ver ilustrando un video con imágenes aportadas por la inteligencia india, desde Nueva Delhi: el grupo en cuestión, pakistaní, nada tiene que ver con Bin Laden).

La información de los documentales es regada sesgamente, y si bien se menciona que Estados Unidos lo apoyó, durante la guerra contra la Unión Soviética, nadie se atreve a decir que Bin Laden es la encarnación del monstruo, y que Estados Unidos, siempre tan urgido por resultados inmediatos, es su Doctor Frankenstein. Y lo que más falta, todavía, para tanto televidente apaleado, instigado a linchar y no pensar, acicateado hacia la venganza: las imágenes de los poderosos bombarderos estadounidenses destruyendo blancos en alguna parte del mundo que la teleaudiencia no logra ubicar.

Queda la sensación de que la mastodóntica coalición que el averiado Pentágono y la Casa Blanca quieren crear no es más que una salida urgente para mostrar algo, una acción compensatoria que pueda paliar, de momento, la escasez de sangre enemiga, incluso, la imposibilidad de producir evidencia contra el archivillano Bin Laden. Por eso, Bush y luego todos sus asistentes reiteran: "make no mistake about it", es decir, no se vayan a confundir. Es la promesa de que habrá sangre, en coartadas de absoluto secreto, para disimular que, de momento, no pueden producir nada.

El pedido monotemático es "tengan paciencia", mientras armamos este mamut que llamamos coalición. Vean cómo lanzamos hacia algún lugar secreto aviones, y bautizamos la operación "justicia infinita".

Esperen hasta el infinito y nos verán golpear hasta el ídem. Los posibles aliados, sin duda, están contemplando con asombro este bautizo fundamentalista, pero acaso tampoco terminen de darse cuenta de que Estados Unidos tiene que responder, primero, según sus reglas internas. No son muchos los que saben aquí, o mejor, los que aquí quieren recordar, de que se trata de un imperio. A fin de cuentas, todas las decisiones bélicas de este país, históricamente, se han presentado como actos de defensa
(incluso Vietnam o, hace dos siglos, la Doctrina Monroe) o como actos justicieros de superhéroe de cómic. Ese desconocimiento de la geografía tan distintivamente made in Usa no es inocente, no puede serlo. Les permite vivir sin pensar en su relación con el resto del mundo, sin asumirse imperio.

¿Por qué nos odian tanto?

Pero cuando la realidad no se corresponde con los discursos sobre la realidad, estalla el sinsentido. ¿Por qué nos odian tanto? Esa pregunta rebota en los talk shows, en los noticieros. La primera respuesta que dieron Bush y su entorno es inclusive inverosímil para Supertribi. Evidentemente no es porque quieran acabar con la libertad y la democracia. Hay algo más, algo que tiene que llenar el vacío entre la arenga patriótica y la incontrastable realidad de que han muerto miles y de que ya nunca más se verán las torres gemelas. Entonces, casi en un susurro, casi siempre en la vocalización mordida de algún extranjero, se hace oír una fraseo afantasmado que notifica que Estados Unidos tiene una política imperial, que alcanza los confines del mundo.

Así van apareciendo, de a poco, países hasta ahora desconocidos, llamados Afganistán, Pakistán, Indonesia.
Sobrevive, supongo, hasta por la forma en que se dieron los atentados, la sensación de que el horror no provino de este mundo armonioso y liberal que nos habían contado sino, como en ciertas películas, de las fronteras del espacio exterior. Bin Laden ataca es algo así como Marte, o Brainiac ataca. Salvo que es demasiado cierto, dolorosamente cierto.
¿Por qué nos odian tanto, entonces? Porque hay gente que está tan lejos del paraíso neoliberal y democrático como los Talibanes, en una tierra tan agujereada que parece los cráteres de la luna.


Ese otro mundo

Como discriminando estrellas de una galaxia lejana, Bush y la CNN comienzan a identificar países de este mundo. Y, lo más curioso, lo más difícil de decir, el gobierno ha informado a todos los que se creían más allá de todo que es imprescindible realizar alianzas con esos estados ignotos, de los que, curiosamente, proviene buena parte de la población de Nueva York. ¿Cómo es posible, entonces, que tanta gente, con lazos con el resto del mundo, con historias que vienen de todas partes del planeta, se sume a la mentalidad de linchamiento, borre de sus mentes, con tan devota rapidez, su pasado y la geografía más elemental?

La única respuesta que consigo encontrar, después de haber vivido años aquí, ahora que la Nueva Guerra parece encontrarme de nuevo en el momento de su incubación, es ésta.
Se trata de una alucinación colectiva. Porque no basta negar la realidad, o la verdad más elemental: se necesita millones de cómplices. Acaso es una gran confabulación lo que ha hecho de este país el imperio más veloz, poderoso y avasallante de todos los tiempos. Una gramática elemental, una fábula maniquea, a la que tantos inmigrantes, tantos de ellos perseguidos por el hambre y las guerras, se aferran. El sueño de un paraíso, donde todo se abre para los dispuestos a trabajar y dejar su dolorosa historia atrás y el Mal puede ser sistemáticamente linchado. Un paraíso todavía voceado por voces de blancos, que acaba de ser averiado.

Las últimas elecciones fueron una demostración, para los que quisieran ver, de que "el sueño ha terminado (the dream is over)". Quien quisiera despertar habría descubierto que la tan estadounidense democracia, valor en nombre del cual se comenzara tanta guerra, tenía muchos más vericuetos y averías de lo que muchos creían. Ahora, el sueño de invulnerabilidad y aislamiento acaba de ser despedazado por pilotos suicidas. Pero, si el país más poderoso de todos los tiempos persiste en esta somnolencia o catalepsia implacable, la pesadilla que para el resto a menudo implican sus movimientos terminará de rebotar hacia sus fronteras. De momento, el gigante sonámbulo se mueve, lento, no se sabe del todo hacia dónde. Si no despierta en el camino, lo infinito será el terror.


* Publicado originalmente en el Semanario Brecha, Año 16 Nº 825

VOLVER AL AUTOR

             

Google


web

H enciclopedia