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ISSN 1688-1672

 



TERRORISMO - EL CASTILLO DE OTRANTO - HASHSHASHIM - ESTADO - VIOLENCIA - ROBESPIERRE, MAXIMILIEN -

El horrorismo de Estado*

Carlos Rehermann

Cuando Estados Unidos define al enemigo de Occidente -el terrorirsmo- sigue al pie de la letra las reglas convencionales del género de horror. Si Robespierre emblematiza a los inventores del terrorismo de Estado, Bush encarna a los creadores del horrorismo: los malos están ocultos en cuevas o bajo la tierra

Estetización del terror


En el horror hay asesinatos macabros, profecías indeclinables, fantasmas de espantosa facha, amores que bordean el incesto, desgracias que caen sobre bellas muchachas de tiernos cuellos amenazados por espectrales garras de uñas amarillas, todo eso entre viejísimas y malditas ruinas, pasadizos secretos, lúgubres mazmorras y pesadas trampas de piedra.

El terror es más austero. En galpones de piso de hormigón, en garages abandonados, en celdas de cuartel: tortura, violación, asesinato, desaparición, saqueo, crucifixión, hoguera, infierno. En el horror uno está a merced del Destino; en el terror, en manos del Poder.
El horror produce asco, repugnancia y rechazo; aparece ante la visión de algo terrorífico. La visión, en el horror, es muy importante, porque mantiene una lejanía espacial y temporal, impide la confusión entre la causa del miedo y su aplicación efectiva.

El terror es miedo en estado puro, y aparece ante el conocimiento de una amenaza que se cierne sobre el que teme. El conocimiento, en el terror, es esencial, porque identifica la cercanía de la amenaza y el potencial de uno como víctima. El horror nació con una novela, El castillo de Otranto, del inglés Horace Walpole, en la década de 1760. El terror nació treinta años más tarde, al mismo tiempo que la santa trilogía cívica libertad, fraternidad, igualdad. Robespierre lo definió: es necesario que la virtud tenga fuerza gracias al terror; y el terror tenga sentido gracias a la virtud. El horror, como el acto del que proviene -la lectura- es individual; el terror, como hijo de una estrategia política, es social.

Aunque confundamos las palabras y hablemos de "cine de terror", hay que distinguir entre lo que un espectador siente frente a una imagen del monstruo de La Cosa, de lo que siente una niña que huye del napalm en una aldea vietnamita. El horror es una estetización del terror. El horror se domina, puesto que, detrás de la emoción intensa del espectador, siempre yace la conciencia de la ficción.
En el terror nunca se es espectador, sino protagonista.

Hitos del terrorismo


Los ludditas del siglo XIX pueden ser considerados los primeros terroristas no estatales modernos. Eran grupos de trabajadores desplazados de los puestos de artesanía tradicionales por la fuerza del vapor, supuestos seguidores de un fantasmal Rey o Ned Ludd, que, en hordas poco organizadas, intentaban destruir las máquinas causantes de su miseria.

Mucho antes, una secta chiíta asentada en Irán había inventado el atentado político. Según cuenta Marco Polo en su libro Viajes, había en aquellas tierras un misterioso líder llamado El Viejo de la Montaña
(en realidad una mala traducción de los cruzados para "jefe montañés") que entrenaba comandos para realizar crímenes políticos. Según Marco, el Viejo de la Montaña drogaba a sus seguidores con hachís, y les hacía creer que los llevaba de visita al paraíso, donde pasaban una noche de refocilo con bellísimas muchachas. Estas eran, decía el pícaro viejo, las famosas huríes, vírgenes reservadas para los fieles en el otro mundo. Los comandos eran capaces de proezas increíbles. Una leyenda muy difundida dice que acostumbraban dejar una pancito humeante, recién sacado del horno, en las habitaciones más privadas y custodiadas de sus víctimas, como única advertencia antes del golpe fatal. Como consumían hachís, se les llamaba hashshashim, origen de la palabra asesino, que los cruzados llevaron a Europa para nombrar a quien atenta contra un dignatario.

El hashshashim tiene todas las características de la figura que hoy el gobierno de Estados Unidos propagandea como terrorista: implacable, inconmovible, eficiente, con un desprecio absoluto por la vida -incluída la suya propia-.
Los ingleses y los estadounidenses apoyaron, durante la Segunda Guerra mundial, los atentados contra jerarcas nazis, las operaciones de sabotaje, y en general cualquier acción que favoreciera sus metas, más allá de cualquier consideración ética. Preferían los asesinatos de altos oficiales que los actos de sabotaje, porque los efectos desequilibrantes del miedo son mucho mayores que el corte de una carretera o la pérdida de una línea eléctrica.

Durante las luchas anticolonialistas posteriores a la guerra, los ejércitos revolucionarios emplearon ampliamente tácticas terroristas: los argelinos contra Francia y los israelíes contra Gran Bretaña marcaron hitos tanto en la violencia de sus acciones como en el éxito de su lucha. La impotencia de esos Estados, y su fácil disposición a emplear métodos aún más sangrientos que los de sus enemigos, se manifestó con claridad en el escándalo que se produjo ante las torturas que el ejército francés practicó contra los miembros del ejército revolucionario argelino. Menachem Begin e Yitzak Shamir fueron terroristas y luego gobernantes, lo mismo que ahora es Yassir Arafat -salvo que poderosas fuerzas, que se disiparán sólo con la última llama de petróleo, le impiden asumir con claridad ese rol-; los nazis acusaban de terroristas a los comandos ingleses infiltrados detrás de sus líneas, pero para Churchill eran luchadores por la libertad.

Algunos ejércitos revolucionarios, en cambio, fueron muy cuidadosos en la práctica guerrillera: en Cuba, Nicaragua y El Salvador, el terrrorismo fue patrimonio exclusivo de los gobiernos, y las guerrillas exhibieron una ética militar digna de aristócratas prusianos.

El terrorismo de Estado no ha cesado desde que fue explícitamente definido por Robespierre. Los países que sufrieron dictaduras conocen el terrorismo que se plasma en policía secreta, tortura, asesinato y desaparición; pero hay muchas otras formas de terrorismo, algunas enmascaradas dentro de una guerra. Hiroshima y Nagasaki sólo pueden interpretarse como actos destinados a producir el más profundo terror, y hasta las mentirosas versiones de guerra quirúrgica inauguradas en la guerra del Golfo son acciones terroristas: de ser cierta semejante precisión, es aterradora.

Hollywood manda


Cuando Stanley Kubrick hizo El resplandor, jugó abundantemente con las convenciones del género de horror, con una cuidadosa dosificación de sugerencias y explicitaciones, metáforas y desafueros. La plana de cientos de hojas llenas de una sola frase escrita por Jack una y otra vez es una seña de identidad que convierte una imagen banal en un horror absoluto. Los fantasmas llenos de chancros y pústulas aparecen en los momentos en que precisamente el espectador los espera, de manera de sobresaltar el sobresalto. Una catarata desmesurada de sangre es desmesuradamente abstracta, y por eso abre un abismo. Un sobresalto como el hachazo que termina con la vida del cocinero del hotel, único golpe de efecto típico, está, por su aislamiento, extremadamente potenciado. La mayor sorpresa, la más horrorosa, sin embargo, ocurre cuando Jack camina por un corredor, comienza a escuchar música de fiesta y entra, en una sola toma continua, acompañado por un travelling que nos mete, como al protagonista, en un baile de gala de fantasmas perfectamente maquillados y vestidos a la moda de sus pasadas vidas.

El resplandor, como el Drácula de Coppola, permite cualquier clase de espectadores, pero a quienes otorga mayor placer es a los que son capaces de descubrir el comentario acerca de la obra o el género en que se basan.
El horror es la ficción del terror.

Cuando Estados Unidos define al enemigo de Occidente -el terrorirsmo- sigue al pie de la letra las reglas convencionales del género de horror. Si Robespierre emblematiza a los inventores del terrorismo de Estado, Bush encarna a los creadores del horrorismo: los malos están ocultos en cuevas o bajo la tierra (Al-Qaeda, o las mazmorras y subterráneos de Otranto o de Vathek); tienen poder económico y tecnológico para producir emanaciones venenosas (Saddam Hussein, o el laboratorio y la ciencia del doctor Victor Frankenstein); emplean esbirros que desconocen la muerte (los pilotos de los vuelos del once de setiembre, o los amarronados y envarados muertos vivientes de George Romero); atacan básicamente a inocentes (ilegales camareros colombianos del World Trade Center, o doncellas virginales acosadas por vampiros); no hay ningún lugar seguro en todo el planeta (un teatro de Moscú o el hotel Overlook de Kubrick); sólo es posible terminar con el peligro por exterminio (guerra total contra Afganistán, Irak o Irán, o el chorro de fuego que sale por las toberas de la nave de Alien, a la vez impulsor hacia la salvación y purificador absoluto).

Que la lógica de la respuesta estadounidense se volverá contra el Imperio ya fue demostrado por una película de horror: en El regreso de los muertos vivientes, de Dan O'Bannon
(fuera de toda cuestión, una encarnación del vidente Tiresias), la bomba atómica que se emplea para terminar con los comedores de cerebros sólo dispersa el virus letal, difundiendo la plaga.


* Publicado originalmente en Brecha

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