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ISSN 1688-1672

 



LECTURA - ESCRITURA - LECTURA GESTUAL/ESCRITURA GESTUAL - LECTURA LINEAL/LECTOR LINEAL - LEGIBILIDAD - ESCRITURA HIPERGESTUAL - LECTURA DE INVENTIO -

La línea mortal de la escritura*


Sandino Núñez

El lector siempre tiene algo de inocultablemente pasivo, un aire de soldado obediente de las disposiciones del gusto, de lo interesante, de lo inteligente, de lo serio. Pocos, sin embargo, se preguntan acerca de cómo se lee. Si se lee de la misma manera hoy que hace algunos años

 

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Muchos han dicho que leer es posterior a escribir. Es -decía el maestro- un ejercicio más reposado, más civil, más intelectual. Mucho también es lo que se dice y se especula hoy con la lectura: se lee menos, hay más estímulo audiovisual, se enciende la TV y se cierra el libro, o bien, se lee más, hay un notorio boom editorial, etc. Hay también observaciones sobre qué se lee: explosión de la bibliografía innoble, de la autoayuda, del testimonio y la biografía, de la narrativa lineal y aditiva, casi oral. Todos estos comentarios dan la sensación de entender a la lectura encerrada en el protocolo pasivo y solitario de abrir o cerrar el libro, de leer menos o más, de recibir la lista de lo-legible y tratar de cumplir con ella.

Algo de eso hay: el lector siempre tiene algo de inocultablemente pasivo, un aire de soldado obediente de las disposiciones del gusto, de lo interesante, de lo inteligente, de lo serio. Pocos, sin embargo, se preguntan acerca de cómo se lee. Si se lee de la misma manera hoy que hace algunos años. Si han cambiado o están cambiando los estilos de lectura, si se continúa educando y haciendo circular texto y escritura para un determinado tipo de lector, etc. (1)

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Algunas de las llamadas "publicaciones subterráneas" de Montevideo, hace algunos años, entre el defecto y el efecto, jugaban con la desprolijidad, con los errores ortográficos, con comentarios como "el culo te abrocho" debajo del número 8 de la página correspondiente. En un artículo de este mismo suplemento se observaba que la escritura política del MLN evitaba los beneficios de un trabajo -digamos- conceptual, para manejar giros coloquiales, nombres propios y seudónimos allí donde cabía esperar investiduras o abstracciones socioculturales.(2) ¿Qué significan estas "desviaciones"? Absolutamente nada. Son pura gestualidad, en el sentido literal de la palabra. Son como un insulto, puro procedimiento indicativo, acción pragmática, action writing.

Exhibición de la retórica y la táctica -modalidades un poco teatrales e ingenuas de hacer cosas con el discurso: provocar, denunciar, rechazar, descalificar. Están más cerca del discurso oral interactivo que de la escritura propiamente dicha: actúan, responden, dialogan, reaccionan y provocan reacción. Se procesan, por así decirlo, "en caliente". No solamente responden, en el sentido de la acción refleja (aquel que devuelve el golpe) sino que también anticipan la posible respuesta del interlocutor. Mantienen una discusión oblicua y perversa, dentro de la escritura pero lejos del significado o la representación, con las formas rectas de la propia escritura. Pero también mantienen un diálogo de seducción, un filrt populista con aquellos que están al margen (o aburridos) de la escritura recta. Las escrituras hipergestuales exhiben su retórica, su construcción -desnudan deliberadamente toda la ingenuidad de una táctica, y, lo más importante, promueven un tipo de lectura fatalmente gestual.

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En Uruguay, toda la restauración que siguió a la dictadura consitió, en gran medida, en hacer las cosas legibles -y no necesariamente escribibles. Esta legilibilidad era un a priori de toda escritura: escritura puesta al servicio de un tipo de lectura que llamaré lineal.(3) La lectura lineal me envía -al significado, al refernte, a la realidad, al sujeto, a la fábula, a la disciplina, a la ciencia, a la tradición, al pasado legitimante. Es lo que la retórica clásica llamaría lectura de inventio. La lectura lineal funciona en la referencia y en la representación -la soberbia inocencia del lenguaje.

El lector lineal es fácilmente reconocible. Toma toda escritura como si estuviera puesta al servicio del ritual tranquilo y confirmatorio de la lectura: es la lectura del que empieza en la página 1 y termina en la "N" de la palabra FIN, del que anota, apunta y subraya, del que se deja llevar a la fábula, del que consulta la bibliografía conexa en las notas al pie, en una especie de deriva en las aguas quietas de la referencia, de los protocolos de géneros, andariveles y disciplina.

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Hay muchos ejemplos emblemáticos, desde 1984, de escrituras legibles, de escrituras que, a diferencia de los ejemplos citados, funcionan como instrucciones para leer. Escrituras que marcan, indican, y en suma, actúan su linealidad, el envío, la transparencia. Sería apropiado hablar del estallido del periodismo político, de las conferencias, del discurso sociológico, técnico, politológico. Pero, curiosamente, como paradigma de escritura legible, en la restauración, pienso sobre todo en la revista Relaciones. La literatura política o politológica, si bien son lo más característico de la restauración, ocurren como emergencias prácticas, como polémicas partidarias o sectoriales, y por tanto están más cerca de la gestualidad, de la táctica y de la administración.

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Esto no ocurre con Relaciones, por encima del murmullo político, revista "al tema del hombre", lejos de la circunstancia histórica y política, episteme, juego de la trascendencia. Después de la dictadura, el vasto territorio humanístico y social requería discursos, y, sobre todo, requería mapas, cartas, cuadrículas, ciencias y andariveles disciplinarios. Relaciones fue -al menos al principio- nuestro estructuralismo tardío. Psicoanálisis, semiótica, antropología -discursividad torrencial que llenaba el vacío político de las humanidades (dictadura, intervención universitaria, cancelación del disent intelectual), pero también discursividad medida, cronometrada, que intentaba vaciar la discursividad política torrencial de las humanidades ("resistencia", apertura, recuperación atolondrada de espacios). Fue la máquina restauradora por excelencia, independientemente de qué decía, era una máquina menos de escribir que de leer.

Definía el lugar intelectual (operación que, aunque fue hecha por el partido de gobierno, nadie explicitó): lo delimitaba en una franja imposible entre el vacío y el desborde, entre el silencio y el griterío oral, entre lo trágico y lo cómico, entre la inactualidad del ambiente humanístico universitario posdictadura y la tentación de suplir y llenar esa inactualidad y ese hiato cultural con militancia, agitación y recetas políticas infantiles. Fue más que una escritura política. Fue una escritura civil, laica.

Esa franja, además, no debía ocuparla la escritura, sino la lectura. Es decir, no el trabajo y la producción de texto sino su consumo. O mejor, la escritura funcionando clásicamente, siendo ella misma no más que instrucciones de lectura. Lugar de lectura del universo de las disciplinas sociales. Lugar de administrativo anclaje del discurso en una escritura que dice (gestualmente) saber más de lo que expone: no soy ciencia, no soy disciplina, no soy academia, no soy una revista especializada, pero sí soy una muestra de la prodigiosa potencia, o de la prodigiosa seriedad, de la ciencia social y del rigor académico como programa. La preexistencia de andariveles disciplinarios, y su promesa, aseguran la legibilidad, el éxito de la performance escrituraria como deseo de un lector lineal, que ande a la deriva.

La restauración no podía sino escribir "en nombre de". Espejo de esa imposibilidad, Relaciones no puede sino escribir en nombre del sicoanálisis, de la semiótica, de la disciplina. Relaciones "escribe", pero la institución (académica, científica, disciplinaria) sabe más. O mejor, escribe porque la institución sabe más. Eso hace que escribir sea leer (si se tolera la libertad, diría que la performance no es sino el índice de cierta competence, de cierta autoridad), que la escritura sea un mero fenómeno de administración del ejercicio lineal de la lectura. Relaciones no dice "yo escribo", sino "yo leo".

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Las escrituras hipergestuales que vimos al principio no dicen "yo leo", y ni siquiera "yo escribo". Dicen "yo hablo". Efecto paradojal de exhibición de una escritura gracias a un simulacro de oralidad. El lector interpelado por esta escritura no es el fabulativo sino más bien el gestual, el que es capaz de comprender la economía de la producción discursiva o textual en contextos complejos y problemáticos de interacción social (y no como envíos y remitencias a una entidad fundante, anterior y superior al discurso). Lo que ocurre es que ser lector gestual de escrituras hipergestuales es fácil, y hasta inevitable. (Alguien educado por y para la lectura lineal no tolera -y en definitiva, no entiende- lo tontamente enfático de la escritura hieprgestual.)

Más difícil -comienzo de toda posibilidad de crítica cultural- es realizar lecturas gestuales de cualquier tipo de escritura. Pues, en última instancia, toda escritura, aunque sea sin su consentimiento, es gestual: habla de su historia, su pasado y su geografía sin significarlos ni representarlos, es una máquina de guerra, un ingenio táctico-estratégico -discute, elogia, califica, descalifica, excluye, incluye, conquista alianzas, insulta, se repliega, inventa su legitimidad, persuade, admira para ser admirada, rechazada o excluida.

Toda escritura puede ser leída gestualmente -como performance gestual global. La lectura (lineal), en cambio, es la operación que trae los cerrados, las cancelaciones lineales del discurso en la metafísica de la referencia, en las ontologías formales y las lógicas, en los Sujetos Trascendentales. Por eso, lo que llamé lectura gestual parece estar más cerca de la escucha (no en un sentido sicoanalítico) que de la lectura propiamente dicha, en un sentido clásico.

La lectura lineal es bidimensional, planar, paisajística. La lectura gestual es tridimesional, holográfica, ambiental. La lectura gestual descubre el lugar, el tiempo y la economía de lo que lee (escucha), acompaña y descubre los procesos de producción del texto, no consume el texto como producto fetichizado, identifica la táctica cubierta y enmascarada por los envíos fáciles, oye las voces locales que se entreveran por debajo de la homogeneidad del autor o del género.

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Allí donde la lectura lineal había creado la familiaridad ritual de la inventio, la lectura gestual, ambiental, descubre, en suma, al objeto barroco. Escucha excéntica y descentrada, no lee la frontera desde el continente, sino el continente como frontera. Desterritorialización, palabra larga. El ejemplo de Relaciones es bastante claro. Allí donde ella quiere e inventa un lector lineal, un lector que vea lo que ella misma ve -tópicos, ideas, disciplinas académicas, seriedad- el lector gestual se descentra, sale de órbita y se ve fatalmente otra cosa: la restauración como soporte de verosimilitud (como condición de posibilidad), las interlocuciones, los anclajes tácticos, la cita de cita, las poses, el sueño ingenuo de la extensión universitaria como lugar utópico, el deseo de leer para ser leída para volver a leer, etc., sumándose al ciclo autofágico de la lectura fabulativa, donde nadie escribe, donde la propia escritura no quiere ser sino el flujo espontáneo e inmaterial de La Idea. Eso es barroco: punto de absorción, stage, escenario donde Heidegger, el 68, Greimas, la lectoescritura, el sicoanálisis de la poesía, Vattimo, la sicología cognitiva, Winnicott, la arqueología del nazismo, Sebeok y la semiótica de lo femenino, quieren, pretenden y creen sostenerse como proyecto serio y coherente (se podría decir algo acerca del animal mitológico compuesto por una tópica seria y una diagramación puzzle, típica de la prensa escrita después de la TV).

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El lector gestual no sigue los criterios de presentación del texto legible: la redundancia, el entramado fino, la lógica argumental lineal. Desarrolla en cambio la capacidad de adelantar el texto, de inferirlo, de producirlo. Tiene criterios rápidos de evaluación, de situar texto, contexto, intertextualidad. Por eso, no "refuta" ideas o argumentos; evalúa y comenta performances. El lector gestual es, hasta cierto punto salvaje. A veces basta que no comparta el ritual y la euforia discreta del gusto correcto, del interés del buen sujeto cultural, de la seriedad (el tropicalero oyendo a Saltie).

Los medios electrónicos promueven lectores gestuales propiamente salvajes, desencuadrados, casi fuera de todo verosímil. Esa lectura ansiosa, multiplanar, que combina y alterna varias estrategias, más productora de texto que consumidora, no se estimula, no se educa, no se plantea como problema -las consecuencias son graves: la inteligencia de varias generaciones se desaprovecha cuando sencillamente no se la estropea y se la arruina.

Es relativamente simple (?) hacer lecturas ambientales retrospectivas, escuchar el pasado; la lectura gestual es casi inevitable en textos y discursos que ya no están legitimados por un contexto, por un verosímil, por una actualidad (el historiador o el arqueólogo leen textos documentales generalmente de esta manera; la lectura ambiental que yo me permití hacer sobre Relaciones es sobre todo retrospectiva, tiene que ver con la desactualización; ¿cómo leeríamos hoy el legendario "suplemento sepia" de El Día, su empaque parnasiano, las sextinas de las sexagenarias?).

Varios autores del Jet-set (Nietzsche, Borges, Joyce, Barthes, Kant) decían leer poco. No creo que se trate de una pose. Borges decía que escribir vastos libros (lectura, textos legibles) es inútil; mejor es ofrecer un resumen, un comentario (ansiedad del lector global). Barthes (que también clasificó tipos de lectores) decía leer básicamente de dos modos; una lectura ansiosa irregular, de muchos libros, o fragmentos de libros, simultáneamente, cuando trabajaba: una lectura productiva, al servicio de la escritura; la otra, en la cama, con la bolsa de agua caliente, era lineal, procesando el texto como una máquina fonológica boba: en esas circunstancias, generalmente, leía cualquier cosa -catálogos de agencias de viajes, el Paris Match, prospectos de medicamentos. Enseguida se dormía.


Notas
:

(1) Generalmente la lectura interesa técnicamente como escolarización, como una habilidad que una vez adquirida por el niño permanece inalterada. Lo mismo ocurre con la cognición, adquisición de estructuras conceptuales, adquisisción y desarrollo de estrategias lectoras y comprensivas, de procesamiento y programación de textos, etc. Si es verdad que la infancia es la "etapa cognitiva" por excelencia, también es cierto -diría Mc Luhan- que hay momentos históricos profundamente "cognitivos". Sobre esta historización de lo cognitivo se dice y se investiga bastante poco. Cosa bastante grave si sospechamos que estamos justo en medio de uno de esos momentos históricos.

(2) "Cuando la política huye de la política". La República de Platón Nº 9.

(3) Barthes hace una clasificación más bien cultural -caracteriológica de lectores- aunque él decía que no era "psicológica". El profesor Ruben Tani ("La tragedia del origen", conferencia dada en el IPUR, Nov 92) propone una clasificación entre cultural y cognitiva de tres tipos: a) lector parafrásico b) lector fabulativo (estas dos categorías coinciden con la de lector lineal y c) lector holográfico (aquí lector gestual o ambiental).


*Publicado originalmente en la República de Platón Nº 12

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