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Amir Hamed
ISSN 1688-1672

 



TIEMPO EN FUGA - KIESLOWSKY, ANDREI - TABUCCHI, ANTONIO - SARAMAGO JOSE - ANGELOPOULOS, THEO - LITERATURA - LITERATURA URUGUAYA - LISSARDI, ERCOLE - ECHAVARREN, ROBERTO - LEVRERO, MARIO - DI GIORGIO, MAROSA - REACTIVO -

Relatos necesarios para el tiempo en fuga*

Amir Hamed
Las predicciones apocalípticas no hacen más que explicitar que aquello -hasta hace no tanto- calibrado como un riguroso eje histórico se ha reconvertido en tiempo en fuga. Se trata menos del tiempo que transcurre que de aquel que falta, de la desesperación por encontrar un remate al presente desencanto


Es en el frenesí de los relojes de cierta tarjeta financiera, que pretenden cronometrar los días, minutos y segundos que van faltando para la clausura del milenio, donde más enfáticamente se actualiza el desasosiego de este recodo final del siglo XX, que para algunos, como Eric Hobsbawm, ha sido corto. La pasión por las simetrías no siempre se lleva bien con la exactitud, y es así que Hobsbawm ha señalado que, en rigor, el siglo comenzó recién en 1914, con el estremecimiento de la Primera Guerra Mundial, y que terminó ya hace años, una vez desmantelada la Unión Soviética.

Y lo cierto es que, más allá de las estimaciones de Hobsbawm, está cerrando de apuro, porque, por más que lo que estipulen los calendarios es que el nuevo milenio recién se abrirá una vez pasado el lejano 31 de diciembre del 2000, lo imprescindible es que termine ya, cuanto antes, este mismo y de antemano exhausto 1999. Esas clepsidras digitales están ahí para decirnos que, en lugar de estar viviendo "en el tiempo", deambulamos por una cuenta regresiva y que la historia se ha vuelto un tiempo suplementario, los descuentos de algo al parecer finiquitado.

Si se piensa en la producción intelectual, más que corta, la centuria habría sido un espasmo, por lo menos si se sigue al credo posmo y su proclama de que todo lo que hubieran tenido para hacer y decir los 1900 ya habría sido proclamado (y, en la mayoría de los casos, descartado como un software anacrónico) hace varios lustros. En rigor, parecería incontrastable que se derrumbaron ciertas grandes narrativas y proyectos revolucionarios que, por décadas, inflamaron a hombres, mujeres y relojes. También remotas se ven las vanguardias, los empujes liberadores, las grandes empresas del arte y, en su lugar, se aposentan un furor milenarista y ciertas predicciones desasosegantes, como que, según las nebulosas Centurias de Nostradamus -y también la más puntillosa cronología de Terminator- el mundo vería un ensayo general de clausura en julio de 1999 o no más allá de setiembre.

De seguir al pie de la letra estas revelaciones, lo único que estaría sucediendo sería que, como vaticinara T.S.Eliot, en vez de habernos dado una explosión espectacular, el extenuado globo se habría desvanecido en la levedad de un suspiro. Estas predicciones apocalípticas, lo mismo que los relojes financieros, no hacen más que explicitar que aquello -hasta hace no tanto- calibrado como un riguroso eje histórico se ha reconvertido en tiempo en fuga. Se trata menos del tiempo que transcurre que de aquel que falta, de la desesperación por encontrar un remate al presente desencanto.

Tiempo en fuga

Lo más sencillo acaso fuera sumarse al descrédito y disimular un bostezo ante las abundosas ciénagas de la producción cultural de los últimos tres o cuatro lustros. A fin de cuentas, bien puede ser tomado como signo de estos tiempos el dato de que la sesuda tríada de los más traducidos hasta 1986, compuesta por Lenin, Marx y Engels, se haya desbarrancado en la tabla de los top translated y que su trono, hasta el día de hoy, haya recaído en la afanosa Agatha Christie.

Lo que era cultura, o proyecto cultural, ha cedido ante el entretenimiento, la fórmula estadounidense para imponer lo suyo en todos los rincones del planeta. Difícil, en primera instancia, parece la tarea de alentar a quienes, más allá de la inmediatez de la diversión, continúan persiguiendo certezas o interrogantes, por lo menos si se atiende a lo más promocionado
(sobre todo para los pobladores de la América no angloparlante, desde siempre pendientes de las clarinadas del Norte para saber si es hora de hacer revoluciones, de imprimir panfletos o llamarse a la espera).

Las máquinas culturosas europeas, que otrora nos hicieran la cortesía de proyectar a Proust, Clair, Lang, Tarkovsky o Kafka, en los últimos tiempos han convencido a muchos -es de reconocer que con facilidad algo empavorecedora- que las firmas de Kieslowsky, Tabucchi, Saramago o Angelopoulos, en vez de atragantarnos con bodrios, nos regalan obras maestras. Si se compara con lo que realizaran, cada uno en su rubro, los pioneros del modernism, la labor de estos cuatro
(que, lejos de ser una nómina exhaustiva, es apenas una punta abrillantada de lo que se promueve como magisterio) ni siquiera alcanza a ser epigonal.

Si Proust, Lang o Kafka fertilizaron con sus narraciones el lenguaje
( "abriendo" su era), Tabucchi trata de disimular su banalidad confundiendo al lector con un débil mental, Saramago reitera trabajosamente lo que, con bastante mayor destreza, realizaran Guimaraes Rosa o los escritores del boom hispanoamericano, Angelópoulos, detrás de un buen ojo fotográfico, escuda su torpeza narrativa y la cursilería desasosegante de sus diálogos, en tanto que Kieslowsky no agregó nada, ni siquiera una fusión alentadora, a lo que entre Zanussi o la nouvelle vogue propusieran como variantes del relato cinematográfico.

En este sentido, resulta engorroso rebatir a quienes consideran que no se trata más que de un fenómeno de marketing, ya que, así como Argentina, Brasil o Uruguay no pueden demorar más de dos años sin promocionar un nuevo crack de fútbol, así el Festival de Cannes y ciertas linajudas casas literarias europeas se impacientan si no consiguen, de apuro, saludar a un nuevo "maestro".

Habría que agregar, como refuerzo a ésos que, como George Steiner, achacan a la deconstrucción o al festejo de la posmodernidad la escasez de grandes obras, que las trasnacionales del libro han multiplicado sus esfuerzos, en los últimos años, para imponer una cultura de lo inane adjuntándole rúbricas de magisterio y que abundan los lectores desconsolados que, en lugar de arte (es decir, aparatos cuestionadores) sólo encuentran etiquetas reafirmantes (femenina, homosexual, tercermundista, alternativo, underground, generación x).

Aquello que no encuentre alojamiento en este tipo de nomenclator difícilmente alcanzará una promoción razonable, salvo que el autor tenga una resistencia de atleta. Al respecto, no deja de ser simpática la contraportada de la primera novela del anglohúngaro Tibor Fisher, Bajo el culo del sapo, que ostenta el gran mérito
(acaso una suerte de récord olímpico) de haber sido rechazada por más de 50 editoriales de lengua inglesa. El dato se vuelve asombroso una vez leída la obra, en la que es arduo encontrar los elementos que hicieran razonar a 50 genios de media centena de casas editoras que el sapo, o su culo como un toldo, estaban condenados a una venta ínfima. Acaso, el problema haya radicado en que, al tratarse de una narración dotada de verdadero buen humor, la de Fisher sea obra que algo cuestiona, aunque los editores ignorasen qué.

En última instancia, dirán los desencantados, la consigna editorial parece radicar en promover papelería tan poco alarmante como la de la señora Christie, aunque, como la de Isabel Allende o Laura Esquivel, esté bastante peor escrita y sea definitivamente menos ingeniosa que los misterios de la señorita Marple.

El arte de ser contemporáneo

De todos modos, sería pertinente recordar la añeja proclama de que el servicio de la historia ha consistido en enseñarnos sobre nuestro presente y también sobre lo venidero. Para los manuales escolares, el errático Cristóbal Colón agrandó sin querer el mundo de los europeos y dio las primicias de la modernidad cuando tropezó, en las postrimerías del siglo XV, con tierras impensables y hombres semidesnudos. Pero, como es bien sabido, Colón habría de morir, lustros después, en el siglo del Renacimiento, ignorante de la naturaleza de su hallazgo.

Cuando se historiza, por otra parte, se suele contar con una perspectiva que permite discriminar la relevancia de los hechos, distancia que casi nunca se compadece de los coetáneos: se peca por omisión o grandilocuencia. Si un aparato de asesores de la NASA o un murmullo selenita le sugirió a Neil Armstrong que su alunizaje comportaba "un pequeño paso para el hombre, un gran paso para la humanidad", pasados 30 años no estamos en condiciones de medir la exactitud o falsedad de semejante afirmación.

Hasta ahora, la bota de Armstrong sobre la corteza lunar no ha producido beneficios tangibles a los ajetreados humanos, y la verdadera modificación del mundo se produjo cuando, más cerca de nosotros, más lejos en el tiempo, comenzara a techarse la atmósfera con satélites.

Por contrapartida, no hubo cronista o historiógrafo, en vida de Colón, que le ayudara a ganar sus infinitos reclamos, enumerando los grandes beneficios que había aportado el genovés al reino de España. Después de haber perseguido oro en vano, de diezmar americanos, de ser enjaulado, Cristóbal murió en la miseria y sin poder testimoniar cómo, tres décadas después de su hallazgo, Hernán Cortés desayunara a la corona sobre los réditos de conquistar tierras incógnitas. Para decirlo de otro modo: en tanto un oscuro navegante genovés besaba la tierra de Guanahani, cambiando para siempre las eras, no faltaban en Europa los predicadores que, para el inminente año1500, pronosticaban el fin del mundo.

Se puede decir que no era para menos, ya que el navegante que prometiera inmensos tesoros regresó a España cargando loros, chucherías y criaturas bípedas adornadas con plumas que se murieron de tristeza y que confundieron a los sabios de entonces, escépticos de su naturaleza humana. Es posible que en la corte de Isabel y Fernando no haya faltado, entonces, la voz compungida que, como la mayoría de nosotros, rogara a las horas que precipitasen el fin del siglo con la esperanza de así liberarse de semejante hojarasca.

En las historias del arte y literatura suele darse algo similar. Las voces finiseculares de Sade, Kant o los poetas lakistas abrieron el siglo XIX, y las de Nietszche o Wilde el vigésimo, si bien buena parte de ellos fue incapaz, siquiera, de sobrevivir a su siglo. Hay casos, como el de Rubén Darío, en que cierta salud, azar o longevidad les permite recoger, en vida, y para su provecho, parte de lo que habían cosechado. Pero el aura triunfal de Darío corresponde por sobre todo al siglo XX; otra es la situación de un lírico mestizo, recopilando con pasión de filatelista decimonónico su colección de "raros", declamando un entonces inaudible verso azul y acaso preguntándose, como Mallarmé -otro oscuro poeta de entonces, refugiado entre las faldas de su señora y su hija- cómo coño se hacía para ser contemporáneo.

Para Mallarmé consistía, en buena medida, en captar -y así delinear, decantar de la entrópica tempestad de impulsos- las fuerzas que darían la urdimbre del devenir. Para Nietzsche, en encontrar los hombres y las ideas fuerza, la negatividad de la era que, dialécticamente, haría un futuro. Tal vez, para nosotros, lo provechoso sería investigar dónde están las obras que sirven de reactivo al fárrago insulso que nos inflige este tiempo en fuga. Es decir, rescatar los autores que, con estridencia o sigilo, han venido realizando la labor que ya está leyendo el siglo que viene, o al menos cerrando las puntadas deshilachadas del que culmina.

Es sensato argumentar que esta tarea, en caso de ser aceptada, debería contar con la participación de brigadas de entusiastas omnívoros, con estómagos coriáceos y cierta simpatía por el suicidio. Si tradicionalmente los productos culturales han alertado sobre lo que nos aguarda, o han proyectado, como diría Croce, la sombra de lo que aún no es llegado, en la actualidad ensanchado está el mundo, numerosas son las disciplinas y -faena del relativismo y los estudios culturales- cada vez son más los géneros atendibles y también las artes.

Dentro de este marco, trasladar la interrogante realizada en su momento por Kant -en el aire guillotinado del siglo XVIII subsecuente a la Revolución Francesa- acerca de qué podemos conocer y así llegar a plantearnos qué es dable esperar, se presenta como un recorte razonable. En este ambiente pseudoglobalizado, que nos demuele con productos e informaciones que más que mostrar ocultan, la tarea puede resultar excesiva. Es muy posible que exista un genio tanganiqueño (de seguro menos resistente al rechazo que Tibor Fisher) que el mundo todavía no haya descubierto; sin embargo, incluso si tuviésemos acceso a su obra hipotética e ignota, ajenos nos resultarían los protocolos que habrían de revelar la intensidad a su obra. De forma análoga, para referirnos a las películas revulsivas deberíamos atender a un sinfín de festivales alternativos que ofrezcan lo que unánimemente niegan las salas de estreno.

Como contramedida, parece pertinente observar lo que un paisaje llamado Uruguay -que a lo largo de todo su siglo XX, y sin mayor tregua, ha gozado de una crítica deficitaria- ha aportado en los umbrales del tercer milenio, sobre todo porque en casi todas las disciplinas lo ha hecho con un furor cuantitativo que no había conocido antes. Entre otras cosas, los noventa saturaron la cartelera montevideana de piezas teatrales, nunca -para mal o bien- se produjo, en un período equivalente, similar número de películas, jamás hubo semejante explosión de grupos de rock ni tampoco se publicaron tantas novelas.

El suelo de la novela

Este último rubro marcó un cambio con respecto a la producción literaria anterior. Si en su momento Juan Carlos Onetti apuntaba que en Uruguay había buenos escritores pero no una literatura, la década final del siglo XX transformó ese estado de cosas. La afirmación de Onetti se dirigía a la carencia de "suelo" literario que, por ejemplo, existió siempre en Argentina.

Un horizonte de hacer profesional que, en Uruguay era alcanzado, sólo por unos pocos. Dicho de otro modo, Juan Carlos Onetti o Felisberto Hernández crearon en total aislamiento, porque en su entorno no había lo que, en términos cuantitativos, se pudiera llamar producción. A fines de siglo, los aportes sostenidos de por lo menos una docena de narradores han hecho la novedad de una narrativa uruguaya, cuyo oficio hace posible que sean canjeables -para un lector- por la "mercadería" que viene del exterior.

Este umbral de profesionalismo se ha verificado en el hecho de que algunos de ellos han logrado salir del estrecho mercado uruguayo y proyectarse en el extranjero. A fin de cuentas, no hay nada que los haga menos interesantes, en la mayoría de los casos, que el promedio de los narradores de occidente.

No es un logro menor el de estos autores si se toma en consideración la insipidez de la crítica vernácula, institución siempre ansiosa y obediente a celebrar lo que es importado y, en cambio -sería pertinente recordar a Rodríguez Monegal, amparándose en el nombre de Joyce y explicándole a Felisberto cómo tenía que escribir-, paternalista para juzgar la labor de sus conciudadanos. Incapaces de un verdadero juicio, los encargados de la crítica en Uruguay tradicionalmente han medido con distinta regla lo que llega de lejos y lo que produce el prójimo al que a veces se saluda en la vereda.

La mezquindad de este procedimiento se convierte en dolo cuando la obra de algunos de esos vecinos no es sólo francamente más interesante sino también más necesaria que la mayoría de lo que proviene de afuera. Esta necesidad no agota el consumo local, sino que -en caso de contar con un mínimo de promoción, es decir, de buena lectura- debería trasladarse, como mínimo, al dominio de la lengua castellana de la última década.

Reactivos

Incluso dejando de lado la infrecuente tensión de la prosa, el vigor de muchas de sus escenas y la geopolítca transoccidental que impone, es casi imposible no observar que Ave Roc, la novela de Roberto Echavarren, pulveriza una etiqueta recurrente que, en Uruguay, se le ha pegoteado con alevosía: la de novela homosexual. Para cualquier lector, Ave Roc provoca un replanteo de la erótica: no es una narrativa gay, no se deja apresar por esos gestos interpretativos reafirmantes. Por el contrario, exige -sigue exigiendo cinco años después de publicada- la formulación de una nueva política de lo erótico, reclamo que encontrará, eso es seguro, respuesta en el siglo XXI.

Si lo de Echavarren anula un formato interpretativo, los relatos de Camino de las pedererías, de Marosa di Giorgio, producen una alarma que, para el gran público, ha permanecido insonora. Di Giorgio es una mujer que escribe, pero no recurre a las tristes muletas de la novela femenina, que han servido para festejar narraciones tan ñoñas como las de Gioconda Belli o Suzana Tammaro, amparadas en un aparato crítico que recurre sin miramientos a lo políticamente correcto.

La lectura de Camino de las pedrerías no tolera envíos a la reivindicación de género: atraviesa las fronteras de lo humano. La voz narrante es sencillamente mutante; en ocasiones mujer, otras bestia, otras vegetal, muchas veces híbrida. Más aún, debería tomarse como uno de los mejores antídotos formulados, en los últimos años, a la pandemia de la "escritura femenina".

Un caso por completo distinto es el de la última, y acaso la mejor, novela de Mario Levrero, El discurso vacío, que alcanza una levedad prodigiosa. A partir de unos supuestos "ejercicios de caligrafía", Levrero termina exponiendo cuán ominosa puede resultar la exigencia de ligereza que han impuesto las editoriales grandes y chicas en los últimos lustros. "Dejarse llevar es la forma de ser protagonista de las propias acciones -cuando uno llega a cierta edad", dice el texto en la última página. Terminada ésta, el lector descubre que el relato se ha disuelto como si fuera apenas polvillo. Levrero ha resumido la vacuedad de lectura y escritura: El discurso vacío nos enseña que todos hemos llegado a cierta edad -a este tiempo en fuga- en la que sólo nos hemos dejado llevar.

Es probable que, una vez superada esta era, podamos leer El discurso vacío bajo otra clave, y pensar que el texto de Levrero ha cumplido con el deseo de Hamlet de que la carne, demasiado sólida, pudiera esfumarse en el rocío. En la obra de Levrero las escenas eróticas (es en el erotismo donde se cuantifica de algún modo la colisión de los cuerpos) son producto de sueños.

Como contrapartida a este deseo vaporizante habría que considerar a otro narrador uruguayo de finales de siglo: el misterioso Ercole Lissardi, escritor sin cuerpo visible ya que se trata de un seudónimo.
En cuatro obras hasta hoy (Calientes, Aurora Lunar, Ultimas conversaciones con el fauno, Interludio, interlunio), Lissardi ha planteado un género anómalo. Se puede decir que administra discursos que borbotean desde hace décadas, ya que a la necesidad de proceder con el crescendo del registro erótico/pornográfico -y la exigencia de excitar al lector- se le entremezclan un léxico culto, buenas observaciones de escritor realista y un paquete ideológico que es una especie de fiambre del Eros y Civilización de Marcuse.

Estos requisitos, que en buena medida hacen a la rúbrica llamada Ercole Lissardi, son a priori una sumatoria destinada al fracaso. Sólo un narrador como éste, dotado de un empuje colosal, es sin embargo capaz de cornear los obstáculos y transformar la narración, si no en un gozo, en una experiencia estallante. Los clisés y cursilerías son vapuleados por la escritura, que termina abismándose en su propio sinsentido: en buena medida, en la obra de Lissardi se pueden repasar muchas de las promesas que el siglo XX dejó insatisfechas. Se trata de un quiste en el que, residualmente, se puede leer un itinerario de ese siglo XX que ya dejó de ser y que, acaso, un tiempo venidero alcance a curar.

¿Será posible encontrar la pausa para leer estas obras ya mismo, en este tiempo que supura por su propia premura? Si no posible, es por cierto recomendable. Vendrán fatalmente otra edad y otros relatos del mundo, para los que cualquiera de estas narraciones nos ha venido preparando.


*
Publicado originalmente en Insomnia Nº 86

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